martes, 10 de junio de 2008

El abuelo José "Chepe" Gamboa y sus dos libros

El Abuelo Gamboa
Entre algunos documentos que rescaté de la casa de mi madrina, la tía Carmen, tengo un fólder del abuelo, que dice:
EL HILO DE ORO

José Gamboa
Tel fabrica 47 05 41
47 02 36 casa.

En la solapa interna del fólder dice JOSE GAMBOA y tachado: “Huellas en el Camino”. Y, en sus hojas amarillas y en borrador de máquina de escribir, lo que imagino, son las correcciones de la tía, porque tienen muy pocos errores ortográficos, de lo que el abuelo quiso escribir y la tía le fue “acomodando” de acuerdo sus propios conocimientos e ideas de un escrito.

Me volví a leer todo el borrador (corregido) de EL HILO ORO, y me pregunto ¿quién tendrá uno de los originales de “MEMORIAS”, el primer libro de abuelito? Libro que incluyera, sabiamente, en El Hilo de Oro, sino, nos quedamos sin la primera parte.

En un sobre de manila, encontré material inédito, que no se incluyó en el segundo libro. Además, algunos borradores, con errores ortográficos, que asumo son del abuelo también, por cuanto están todas escritas en borrador de máquina de escribir, con papel copia azul.

La idea de volver a escribir la historia del abuelo en este espacio, es para que todos, de alguna manera, podamos ser parte de esta historia, interesante, emotiva e increíble, antes de que los tiempos la borren y la declaren una mentira.
Al final de ella, incluiré el material inédito, con el deseo de que sean reconocidas algunas personas que él quiso incluir y no fue posible (desconozco las razones) y además, tengamos acceso a la forma de escribir del abuelo, sin los cambios que le dieron las tías y las editoriales

MARGINAL

Este pequeño libro se gana nuestra simpatía y respeto, por muchos motivos, desde el primer momento. En forma hábil y amena, como sin esfuerzo, surge la presencia de una Costa Rica que ya nos parece producto de la imaginación, aunque apenas nos separa medio siglo de su realidad. En nuestro caso se trata de ese privilegiado jardín que se llama San Ramón, pero tal como era en los primeros lustros del siglo, cuando había que llegar a caballo o en carreta y tras la fatiga del trayecto se encontraba el viajero con el milagro de una sociedad refinada y progresista que al miso tiempo guardaba con veneración las viejas tradiciones costarricenses. Así vemos desfilar en el libro los antiguos edificios, la gente de antes, su estilo de vida, sus afanes, sus creencias folklóricas, y a esa sobra la muchachada de entonces, muchos de los cuales ocupan ahora el puesto distinguido que merecen y a los cuales conocemos y estimamos con sus nombres y apellidos.
El autor del libro, don José Gamboa Alvarado, también es digno de simpatía y respeto por la trayectoria de su vida, ejemplar desde muchos puntos de vista. Sin medios económicos allá en su juventud, sin estudios académicos completos, ha logrado triunfar a fuerza de trabajo y de inteligencia hasta convertirse en promotor de empresas prósperas, las cuales desarrolla con un moderno sentido de cooperación social.
Ahora ha querido don José Gamboa darnos el regalo espiritual de este libro en que su prosa es artística por su estilo sencillo y vigorosa por su sinceridad y en que nos pone en contacto con las primera épocas de su vida. No ha sido don José un profesional de la pluma, pero es un hombre inquieto que sabe pensar y que sabe decir con gracia lo que piensa y siente, y así lo escribe. Cuando tiene algo que debe decir en público, sale al periódico y da su contribución de ciudadano. Y a pesar de que dedica sus fuerzas en otras tareas, ha escrito estas memorias para aleccionar y divertir a sus descendientes de hoy y de mañana, un manojo de recuerdos del ambiente en que transcurrió su infancia y su mocedad, y las presenta con interpretaciones de nuestro gran artista Juan Manuel. Ha sido como grabar, en prosa alegre y optimista, las charlas que en el hogar lo sirven para transmitir a hijos y nietos la vigorosa filosofía de su vida, visible ya en este muchacho del libro, para el cual todo suceso, bueno o malo, era lección preparatoria de la siguiente hazaña.
Grandes y chicos disfrutarán del manjar fresco de este libro y al cerrarlo, agradecidos por el desfile de los cuadros patriarcales y el relato de las inocentes travesuras e ingenuas ilusiones, fondo y figura de una vida sana y fuerte, el espíritu se queda esperando los próximos libros que digan cómo el esfuerzo las siguientes etapas, mas complicadas, le permitió salir de esa mina que él recuerda con tanto cariño y hasta orgullo, para trabajar en otras, de distinta índole donde, más precioso que el oro, su familia, sus amigos, sus conciudadanos, pueden hallar siempre una riqueza espiritual sabiamente administrada por un corazón generoso.


Salvador Umaña (?)
(firmado)

BAJO EL CAMPANARIO

Todo el paisaje y la vida del pueblo se abarcaban desde el alto campanario.
La villa de San Ramón era linda. En el centro de la plaza verde con sus viejos higuerones y al frente la iglesia grandota, de piedra y calicanto. Sus dos torres macizas se erguían mirando hacia las serranías del oeste; la del sur con una escalera de piedra dura que conducía al campanario donde estaban de por vida las tres campanas. Con el campanero subí a veces a la torre a repicar: estos repiques de campana de campana eran un verdadero arte, el de la misa mayor se comenzaba con la campana grande; los golpes lentos que se iban acelerando hasta el máximo y que decrecían después hasta llegar a ser pausados; seguía la segunda en la misma forma, y al terminar su repique largo, respondía la campana chiquita. Mezclaban sus toques las tres campanas en una sinfonía musical que cabalgaba en la brisa para perderse por los rincones del valle.
Al costado norte de la plaza se levantaba el palacio municipal. Era de dos pisos y construido de piedra y calicanto. A la par de la escuela, separada por una gran tapia en dos secciones; la de varones y la de mujeres. Al costado oeste la tienda y la pulpería de los Campos, el billar de don Alfredo, la casa de alto de los Pipper y el negocio de los Orlich; opuesta a la esquina suroeste de la botica de don Fausto Montes de Oca. Al costado sur, la casa de los García Solano, la del doctor Tamayo y la barbería de tío Ricardo Vargas. El tío Ricardo, gordo y de cara bonachona, me decía:
-Mirá, Chepe, hoy te voy a poner agua cananga a ver qué te dice tu mamá.
Recuerdo su voz cansada y grave como un eco de la campana grande.


EL PADRE PIÑEIRO

De la barbería del tío Ricardo, dando vuelta a la manzana, estaba la casa del padre Piñeiro. Este era un cura que decía: “No hagan lo que yo hago sino lo que predico”.
Una noche le robaron la caja fuerte de hierro como con diez mil pesos. La tenía en el cuarto contiguo al suyo. Se creía que lo habían dormido, porque no se dio cuenta sino a la mañana siguiente, cuando al salir del cuarto se encontró con las puertas atrancadas con barrotes de madera. Los ladrones no podían estar muy lejos porque la caja pesaba mucho. Dos días más tarde los policías la encontraron rota y sin plata. La gente achacaba el robo a un señor y a sus cuatro amigos que además de saber de herrería eran muy descreídos. El padre Piñeiro en la misa del domingo maldijo y excomulgó por el púlpito a los ladrones por haberse robado cosas de Dios.
Aquel extraño suceso quebrantó la vida apacible por aquellos días.


EL ACORDEON

En la esquina opuesta a la sureste de la plaza estaba una casa de madera. De ella me quedan recuerdos de cuando era muy pequeño. En ella vivíamos. Papá tenía una pulpería y un acordeón que tocaban de vez en cuando los clientes. Me interesaba aquella música que sacaban del instrumento. Aproveché un descuido, alcancé el acordeón, me lo llevé al patio y con un cuchillo lo desarmé para encontrar la música; lo que encontré fue la primera zurra que recuerdo.


TIA RAMONA

Frente al costado sur de la Iglesia estaba la tienda de mi tía Ramona.
La tía Ramona, gruesa, siempre de mal ceño y de mirar severo, infundía respeto. Tenía bozo muy pronunciado y por eso le decían, doña Ramona bigotes. Era viuda de un español y entre sus reliquias conservaba la bandera de España.
Tuvo una vez la tía Ramona un pleito con tío Procopio Gamboa, el Jefe Político. Recibió la notificación de presentarse en la Jefatura, y se negó a cumplir la orden. Llegó a su casa tío Procopio con tres policías a llevarla a como diera lugar. Ella, que estaba sobre aviso, tenía la bandera de España tendida a lo largo del zaguán. A los toques de la autoridad abrió la puerta y dijo:
-Entrá, entrá, Procopio, pero para llevarme tendrás que ultrajar la bandera de España.
El tío Procopio y los policías se devolvieron porque sabían que la tía tenía revólver y que era capaz de disparar si lo juzgaba necesario.
Aquella mujer brava tenía un jardín de claveles y rosas en su patio colonial. El aroma salía por las puertas hasta la calle.
En la tienda vendían muselinas, encajes y cintas. Había marcos suspendidos con pañuelos de colores. Ahí seguramente compró la viejita Patricia el suyo que usaba en triángulo sobre la camisa blanca de gola.
Más que los claveles y las muselinas atraía a la tienda la prima Marcelina, alta, sonriente, levemente pálida, con aquel hablar suave y distinguido que era sólo suyo.
Ella, con Vicente, la mujer que le sirvió fielmente a tía Ramona hasta la muerte, ponían el portal de la Nochebuena. Aquel portal era la maravilla del pueblo. Llenaba la gran sala con sus prados de aserrín y montañas de musgo. Allí se desplegaba la imaginación de la tía que iba dirigiendo el arreglo de las mil figuras de barro y porcelana, sin que sus anchas enaguas y fustanes engomados trastornaran aquel mundo diminuto de fantasía.
Me parece estar viendo los potreritos y sus ovejas de algodón; los cisnes en el lago de espejo; las filas de indios de Guatemala, el negro de cuerda que bailaba sobre una caja de música; el matrimonio representado con muñecos de trapo entre los que había un cura y sacristán y, especialmente, el árbol mecánico con farolitos y chilindrines que giraban al compás de una música de navidad.
Por un caminito iban los pastores y los Reyes Magos hacia el pesebre. El Paso, traído de Guatemala por la tía Ramona, era lo más llamativo del portal. Las figuras eran artísticas y podían colocarse en cualquier postura. San José y la Virgen estaban vestidos de raso y terciopelo, y el niño lucía desnudo sobre fina paja entre la mula y el buey. Sobre el establo había una estrella, y un ángel inmenso que sostenía una cinta con un letrero dorado: Gloria in Excelsis Deo.

TIA CHEPA

Tía Chepa, la hermana de tía Ramona, vivía a la par. Su marido era el mejor sastre del pueblo. Como la barbería del tío Ricardo, su casa era un centro de tertulia de los mayores. Ahí se comentaban los acontecimientos del lugar y de la política: “que volaban membrillo a los electores de Alajuela, que si don Rafael Iglesias se quedaría en el poder y que si habría revolución”.
La tía Chepa, se parecía físicamente a tía Ramona, pero era de carácter dulce y bondadoso. Tenía a la venta enana urna de vidrio las famosas bollas de pan dulce con huevo, redondas y esponjadas; las cajetas de leche con pétalos de rosas de Jericó; los suspiros con el corazón de caramelo, y el pan de rosa. Una vez al pasar por la acera me quedé mirando aquella urna.
Gila la prima que estaba en la sala, me dijo:
-¿No querés pan dulce? Está caliente.
-No Gila, no tengo el diez.
-Llevate una bolla ahora que no está mamá, pero no lo contés.
Salí corriendo para mi casa pellizcando a poquitos aquella bolla de pan.


EL CERRO DEL TREMEDAL

El cerro se encuentra como a mil varas del centro de la villa. De su cima se divisa todo el pueblo, las torres de la Iglesia, lasa casas con sus tejas de barro colorado, la piedra de San Isidro donde se cree que existe un tesoro, la montaña de Pata de Gallo que dicen que se abre mostrando rocas escarchadas de oro el día de San Silvestre, y los montes de San Juan y de La Paz.
Muchas veces, a la salida de la escuela, por las tardes, Copetilla, Miguelín, Guillermo el hijo de don Casiano y yo, después de pasar por Orontes, nos íbamos al cerro a resbalar con las tablas que cargábamos a la espalda.
Copetilla que era el mayorcito nos decía:
-Mire: donde está este monte había antes una planicie. Aquí tenían los indios un altar de oro, y de miedo a que los españoles se lo robaran, lo fueron tapando con tierra y tierra hasta formar este gran cerro; por eso es tan redondo y tan bien hecho.
Yo me quedaba pensando: “?Quién hiciera una cueva hasta encontrar todo ese tesoro?”. Hablando de tesoros escondidos olvidábamos resbalar tablas. Corríamos por la pendiente cuando la neblina de La Paz empezaba a cubrir los montes del norte, pues teníamos miedo de que nos saliera el cadejos o la carreta sin bueyes.


EN LA ESCUELA

En el primer grado dibujábamos con pizarrines y llenábamos la pequeña pizarra con ruedas y palotes. Don Macario, el maestro de la disciplina, matemático y exacto, nos enseñaba a palmetazos. No así el maestro de segundo, don Héctor Naranjo, que era afable y generoso. En sexto grado hicimos con don Héctor, que no era entonces nuestro maestro, un periódico, el primero que se publicaba en la escuela. Para su impresión fabricamos un polígrafo usando una mezcla de gelatina y cola granulada.
El maestro de tercer grado era resignado y muy bueno. Delante de él decíamos, Don Carlos, pero detrás le llamábamos Cartucho. Un día de tantos le dimos una broma. Llenamos cartuchos con agua y, en un momento dado, todos al tiempo los disparamos con tan buena puntería que estallaron debajo de la mesa y sobre los zapatos del maestro. Don Carlos se paró enojado y todos reventamos de risa. Sus palabras unidas a sus golpes en la mesa no acallaron nuestro alboroto. A la bulla vino don Federico, el director. En su presencia quedamos enmudecidos. Nos dio una reprimenda que terminó, hablándonos con su bondad acostumbrada, en una lección de urbanidad.
Y, mientras tanto, ¿dónde estaba el maestro? Lo suponíamos; estaría donde Garrido tomando un traguito que calmara sus nervios. Muchos malos ratos hicimos pasar a don Carlos pero, sin embargo, lo queríamos mucho.
En sexto grado éramos una pandilla de muchachos listos y estudiosos; todos amigos y buenos compañeros. Algunos teníamos sobrenombres. A Marco Tulio por alto y delgado; Pinza; a Rafael María, La Ju del León por ser el novio de la hija de don Luis a quien apodaban el León Manso; a Chico, el de uno en caligrafía, por moreno, Zopilotillo, y a Toño, Sapa, porque en sus bolsillos encontrábamos las cosas que se desaparecían en la clase. Miguelín era el más jovial y chistoso; Copetilla, el de las historias maravillosas; Luis el que tocaba el cornetín en la filarmonía del maestro Prado. A mi me decían Siete Cabezas, seguramente por mis fantásticas ideas. Arturo, el grande, era el más malo, el mismo que inventó lo de los cartuchos a don Carlos. Una vez quemaron azufre en su casa y los vecinos al sentir el olor dijeron:
-A Arturo se lo está llevando el diablo.
El otro Arturo, Moncada, era hijo de doña Amanda. Se distinguía doña Amanda en las actividades sociales y en las labores del hogar. Desde el amanecer ordeñaba las vacas y dirigía los quehaceres de su casa. En el pueblo era conocida por su don de gentes y por su esclarecida inteligencia.
Recuerdo que el patio de su gran casa fabricamos un inmenso globo de papel periódico. Lo inflamos por la noche pero con tan mala suerte que al encumbrarse se incendió. Entre todos, con la ayuda de doña Amanda, lo apagamos. Con poco le prendemos fuego a la casa.
En horas que no asistíamos a la escuela sucedieron algunas de nuestras más famosas aventuras.

LA BOTIJA

En 1902 vivíamos en una casa que alquilábamos a la tía Ramona. Era una casa famosa porque en ella asustaban.
Con frecuencia, habiéndonos acostado, después de las faenas del día, de rezar el rosario y de encomendarnos a Dios, oíamos caer en diferentes lugares de la sala un chorro como de monedas de plata. Se levantaban papá y mamá y con la candela buscaban por todos los rincones sin encontrar nada. Otras veces oíamos como si movieran los armarios y la máquina de coser. Al día siguiente estaban esas cosas en su sitio. Una noche, después de atrancar todas las puertas y de tomar agua dulce con tortilla calentada en la brasas, nos dirigimos a los dormitorios: mamá adelante con la candela, detrás Angélica, Adelaida la cocinera, Nina y yo de último. Cuando atravesé la puerta del pasadizo del cuarto de la leña sentí en la cara un palmetazo de mano dura y áspera. A mis gritos de horror mamá, que había oído, se devolvió diciendo:
-¡Santo Dios! ¡Santo Fuerte! ¡Santo Inmortal! ¡Líbranos, Señor, de todo mal!
Mas tarde, cuando llegó papá ella le dijo:
-José, mañana tenemos que buscar casa. Aquí ya no se puede vivir.
Esa noche dormimos con las candelas encendidas.

Dos años más tarde se corrió la noticia de que la tía Ramona había encontrado la botija. Un peón de la tía contó que una noche había ido a la casa con ella; entre los dos despegaron unas tablas del piso y allí no más vieron el gollete de una gran tinaja llena de morrocotas de oro. Días después fui con unos compañeros a la casa vieja; quitamos las tablas flojas que encontramos en el piso de la sala y allí estaba el hueco de donde seguramente sacaron la botija.


EN EL RIO GRANDE

Algunas veces aprovechaba un descuido de mamá y le cogía unos puros iztepeque de a tres por cinco y unas cajetas de las de la venta. Me juntaba con unos de mis compañeros y en vez de ir a las lecciones de la tarde, nos íbamos por el bajillo de la calera y llegábamos al remanso que formaba la poza de Ñor Concho, colindante con la finca del padre de Lisímaco Chavarría.
Repartía con los amigos los puros y cajetas mientras ellos hacían lo mismo con melcochas, bizcotelas y polvorones.
A nadar los que sabías, y los que no, nos echábamos a chapalear en la cola con calabazos amarrados a la espalda. Algunas veces hacían los mayores una balsa de palos atados con bejucos para remontar el río hacia lo desconocido, y nos encontrábamos a las orillas con una selva impenetrable llena de bejucos. Allí había ardillas, pájaros bobos, curres, puercoespines y pericos ligeros. Regresábamos al atardecer, esperando la tunda que nos darían en las casas si descubrían nuestras zafadas.
Una vez fuimos a la poza de don Macario, por el camino de San Isidro. Arturo Moncada, Luis Estrada y Miguelín Castro la atravesaron de un lado a otro mientras yo me quedé en la orilla con deseos de probar a cruzarla por lo hondo. Ese día no había llevado los calabazos.
-Chepe, animate –dijeron mis compañeros.
Bueno, me animé. Cuando iba por el centro quise tocar tierra y me fui al fondo. Horrorizado apenas pude sacar la cabeza y las manos. Sentí de pronto la ayuda de alguien, lo agarré y nos hundimos. Empecé a ver tornasol y no supe más. Cuando me di cuenta estaba debajo de una árbol del potrero.
Me contaron que Coyolito, que apenas sabía chapalear, como no había nadie que se animara se tiró a salvarme.

Si no hubiera estado cerca un renco pata de palo que nos sacó de la poza, de seguro nos habríamos ahogado. Siempre recuerdo a Coyolito como a un héroe.


EN EL MERCADO

Las compras en el mercado se hacían los domingos. Después de misa me decía mamá:
-Aliste la carreta, que vamos por el diario.
Me había hecho la carreta mi abuelo Manuel y la había decorado con dibujos de colores. Yo estaba orgulloso pues ninguno de los muchachos tenía una carreta como la mía. Por ese tiempo vivíamos en casa propia, situada cincuenta varas al norte de la del tío Ricardo Vargas.
Los domingos salía de mi casa con la carretita, daba vuelta a la esquina del norte frente a la panadería de Dionisio Villegas, seguía hacia el oeste y después de pasar por el costado norte de la iglesia, cruzaba en la esquina del palacio hacia el norte, para llegar al mercado, cincuenta varas adelante.
Este ocupaba media manzana y estaba rodeado de negocios: pulperías y carnicerías. En el centro del mercado y sobre el suelo se encontraban las verduras en montones de forma cónica: tiquizques, plátanos verdes y maduros, chiverres, yucas, repollos. En sacos, el maíz, los frijoles y el arroz. En una esquina estaban los barriles de chinchibí. Por cinco céntimos se compraban tres vasos de ese licor espumoso con sabor a jengibre. El mejor lo hacían Víctor y Mario Hidalgo. Al lado opuesto estaba la venta de rosquillas de maíz envueltas en fibras de cáscara de plátano; en una larga urna había rosquetes y rosquillas lustradas de azúcar de colores y además, cajetas negras de cachaza.
Con cinco colones compraba mamá el diario para la semana. Regresábamos con mi carreta llena hasta los parales; traíamos la cajuela de maíz para las tortillas y para las gallinas, el cuartillo de frijoles negros, el arroz, el dulce, la carne y toda clase de verduras.


ÑA ANDREA

De las travesuras con mis amigos en ese mercado, recuerdo la que hicimos a Ña Andrea. Ella era la esposa de Ñor Sancho, el cual se dedicaba a fabricar chirrite de contrabando con la ayuda de su mujer allá en La Paz, donde tenían una pequeña finca. Ella era muy fuerte y capaz de pegarle al hombre más valiente del lugar.
De Ña Andrea se sabía en San Ramón que una vez cuando llegaba con el almuerzo para Ñor Sancho que estaba en una voltea en la montaña, lo había encontrado tendido desangrándose. Tenía la mano derecha aplastada por un árbol que le había caído encima.
Como en muchos kilómetros a la redonda no había a quién pedir auxilio y ella no podía levantar el árbol, rompió entonces en tiras sus fustanes, ligó fuertemente el brazo para contener la hemorragia y tomando su machete le cortó la mano de un tajo. Se echó a Ñor Sancho a las espaldas y lo llevó al rancho. Inmediatamente cogió telas de araña, café molido y una gran cuecha de tabaco que ella mascó, y revolviendo esas cosas formó una pasta que colocó en el corte de la muñeca. Forró y ligó después con pedazos de tela fuertemente apretados. Mientras tanto Ñor Sancho estaba desmayado. Ella logró que volviera en sí dándole tinta de café. Cuando el viejo se quejaba del dolor le daba un trago de chirrite al tiempo que le empapaba el vendaje con guaro alcanforado.
Poco tiempo después regresaba a la villa Ña Andrea con su esposo, coto pero ya restablecido. Ella se vanagloriaba de haberlo operado salvándole la vida.
Cuando Ña Andrea llegaba los domingos al mercado, los muchachos le hacíamos rueda; le gustaba hacer ostentación de su fuerza alzando por los codos a hombres pesados. Además, tenía un vocabulario terrible: hablaba siempre fuerte, casi a gritos, con voz hombruna. Se sentaba de cuclillas frente a una pila de camotes y decía al dueño:
-Idiay, hijo de tal, ¿por qué tan caros los camotes si están podridos?
Nadie se atrevía a contradecirle. Escogía los mejores y decía al vendedor:
-Dame un cuartillo de éstos, y tomá dos reales que a treinta no te los pago, desgraciao.
Siempre alrededor de Ña Andrea se formaba escándalo. Después de sus corrientes regateos, si no sacaba ventaja, se levantaba de donde estaba arrodajada con sus enaguas y fustanes extendidos dejando un charco que corría por el suelo. Se volvía al vendedor diciéndole:
-Ahí te dejo para que aprendás.
Los mirones reventaban de la risa.
En una ocasión nos pusimos de acuerdo los compañeros para dar una broma a Ña Andrea. Conseguimos en el potrero de Jeremías Salas un atarrá (colmena de abejas, que al alborotarse se enredan en el pelo y cuesta trabajo desprenderlas) y lo metimos en un saco de harina. Al domingo siguiente cuando Ña Andrea estaba en el mercado de cuclillas frente a una venta y llegó el momento oportuno, dos de nosotros le levantamos las enaguas y los fustanes y otro le vació el atarrá ya alborotado.
En cuanto Ña Andrea sintió aquel animalero por debajo se paró de un golpe.
-Desgraciados, hijos de tal, con que quieren verme chinga, pues ahora verán.
Se levantó los fustanes hasta arriba y empezó a quitarse las abejas. Naturalmente no quedó mujer alguna que no corriera despavorida del mercado. Mientras tanto, nosotros corríamos y corríamos con la policía detrás.


LA CUEVA DE TIO MERCEDES

Por el camino de San Isidro tenía tío Mercedes González un potrero. Yo lo conocía muy bien porque todos los días a las cinco de la mañana iba a buscar la yegua retinta de la niña Blanca Mora, maestra en Palmares. Por ese trabajo me ganaba un diez cada día. Ese diez me costaba mis sudores porque la maldita yegua cuando me veía empezaba a correr. Llevaba un mecate, que amarraba de un extremo cerca de una esquina; con éste iba arrinconando a la yegua hasta dejarla encerrada.
Un buen día nos reunimos los más valientes y nos dirigimos a la cueva del potrero del tío Mercedes. Llevamos un rifle viejo por si nos salía el león o el cadejos. Al pie de la montaña y muy cerca del río estaba la boca negra y oscura por donde salían murciélagos. Para nosotros aquella era una aventura y más después de que nos contó Copetilla que al fondo encontraríamos una gran sala alumbrada por una luz misteriosa y llena de árboles con frutos de esmeralda con en el cuento de Aladino.
La cueva era estrecha y por ella corría un pequeño arroyo. Entramos encendiendo las candelas que llevábamos. Los murciélagos fríos y pegajosos nos daban en la cara; no nos asustaron porque estábamos familiarizados con ellos en nuestros viajes a la torre de la iglesia. Caminamos un largo trecho, despacito, con miedo a lo desconocido pues nadie había entrado tan adentro, y sintiéndonos al mismo tiempo orgullosos de la fantástica aventura que contaríamos al día siguiente a los compañeros de la escuela. Queríamos darle fin y encontrar las maravillas del tesoro de los duendes. Casi sin respirar seguimos caminando. La cueva era cada vez mas estrecha; de pronto se llenó de nuestros gritos y del chillido de un animal peludo y horroroso que salía en carrera y rozaba nuestras piernas con sus pelos duros y erizos. ¿Sería el león o el cadejos? Se apagaron las candelas y presos de pánico nos apretamos unos contra otros. Cuando de nuevo logramos encenderlas ya algunos corrían hiriéndose en las afiladas piedras de la cueva.
Nunca supimos qué animal tenía ahí su casa y se nos quitó el deseo de hacer excursiones en busca de tesoros escondidos.


SEMANA SANTA

Llegó la Semana Santa que todos esperábamos ansiosos. Desde el martes dejamos en la casa de hacer trenza para los sombreros y mamá guardó su máquina de coser.
El miércoles, por la mañana, temprano, llegó a la casa de Nino Paniagua, mi primo. Me dijo mamá:
-Ahora que está Nino, vayan los dos en una carrerita a San Rafael donde Camilo Hernández y le dicen que me mande las hojas de plátano para los tamales, y no olviden traer las cáscaras para las amarras.
Tomamos el camino y nos detuvimos un ratito en la casa de Tinina y de Tía Marta,a las que encontramos haciendo los ricos tamales, famosos como los mejores de San Ramón.
Nos dijo Tinina:
-Vengan a la nochecita, que les voy a dejar la costra. Era ésta el resto de la masa de los tamales que quedaba adherido a la olla donde se habían cocinado.
Poco después pasamos por la esquina de don Macario en la calle ronda. Ya en el camino de San Rafael, Nino comenzó a hablarme de Franca, de quien estuvo siempre enamorado. Sacó un papel de la bolsa del pantalón diciéndome:
-Mirá, hice un soneto que voy a publicar dedicado a Franca en el día de su cumpleaños. Le llevé a Lisímaco los versos y me les dio una arregladita: ¡Mirá que lindos me han quedado ahora!
Lisímaco, que vivía por ese tiempo en San Ramón se ocupaba en hacer versos y santos de madera.
Me leyó Nino el soneto del que recuerdo la primera estrofa:

Es la primicia de mis pobres versos
como un manojo de silvestres lilas,
vaya su aroma hasta tus labios tersos
mientras la luz fulgura en tus pupilas.

Le dije:
-Nino, esos versos son muy bonitos, pero no podés firmarlos porque están hechos por Lisímaco.
El me contesto:
-Callate, no digás nada, los voy a publicar con mi firma para que los vea Franca, tal ves así logre que me quiera.
Por fin volvimos de donde Camilo con las hojas para los tamales.
Adelaida, la cocinera, las soasó en las llamas, Angélica les quitó las venas, mientras Nino y yo dividíamos las cáscaras en tiritas. Mamá, que ya tenía lista la masa, envolvió los tamales. Estos eran tamales bastos, de masa con sal, no como los que hacía Tinina con chicharrones, arroz amarillo y carne de cerdo. Eran muchos, pues desde el Jueves Santo hasta el Sábado de Gloria no se volvería a prender el fuego, y en lugar de pan y tortillas, comeríamos los tamales bastos en rebanadas blancas y redondas. También hacía mamá para esos días unos deliciosos tamalitos de frijoles negros.
De San Rafael vendrían a pasar con nosotros para asistir a los oficios del Jueves y Viernes Santo, los abuelos tatita Manuel y mamita Rafaela, el manco Gabriel y Zoila, la buena tía.
Yo saldría de apóstol. Mamá con la ayuda de Angélica y de tía Zoila me había hecho una túnica amarilla con muchos pliegues, un cordón blanco para la cintura, una capa de raso verde y unas sandalias. Tatita Manuel me había labrado el cayado de madera. Naturalmente, salir de apóstol era una de mis mayores dichas.
Blanca, que había sido novia mía y de Luis Estrada saldría de Samaritana. Sería la mejor en las procesiones porque era muy linda. Por cierto que por esa niña habíamos sido rivales Luis y yo.
Nos daba cuerda a los dos. Un día muy valientes llegamos ambos a su casa. Yo le dije:
-Se queda con Luis o conmigo; hoy tiene que decidirlo.
Se chilló toda, y al fin dijo:
-Chepe, yo quiero más a Luis.
Me fui con mis calabazas pensando que de seguro prefería a Luis porque tocaba el pistón en la filarmonía.

Por la tarde del Miércoles Santo los apóstoles desfilamos hacia el altar mayor: nos sentaron en grandes sillones formando un semicírculo. Llegó el Padre Piñeiro. En una jofaina grande empezó a lavarnos los pies; nos secó con un paño y luego nos regaló a cada uno una moneda de un cuatro que para mi fue lo más importante.
Al otro lado de la baranda que separaba el altar del resto de la iglesia, estaba una gran mesa tendida con un mantel blanco bordado y alumbrada con candelabros de plata. Frente a cada silla había una copa de cristal alta y redonda, llena de vino y una bolla de pan. Nos sentamos: el padre Valverde ocupó una silla más alta: se puso de pie, de espaldas al altar, rezó algo en latín y después bendijo el vino y el pan. Levantamos las copas, tomamos el vino y cominos el pan.Mis compañeros los apóstoles comentaban que el vino y el pan eran del cielo por ser el cuerpo


y la sangre de Nuestro Señor Jesucristo. A mi el pan me supo igual al que hacía tía Chepa. En esa cena no estaba Judas; nos dijeron que se había ido a jugar las monedas que le pagaron los judíos por vender a su Maestro.
El Jueves Santo por la mañana se callaron las campanas y en el campanario empezó a sonar una matraca grande de madera. Miguelín Castro, Paco Bermúdez, Carlos García y yo subimos para ayudar al campanero: trac - tararac – trac.
Llegó el Viernes Santo, día de las procesiones más solemnes. Al toque pausado de las matracas empezó el desfile: adelante las Siete Palabras vestidas de blanco; seguían las tres Marías, la Samaritana, la Verónica y la Magdalena y los Ángeles en sus andas. Luego el padre Piñeiro con el incensario, detrás Jesucristo con la cruz a cuestas y ayudándole el Cirineo. Atado con cintas moradas llevaban los judíos al Señor. En dos filas seguíamos los apóstoles. Al llegar a una esquina nos topamos con la procesión de la Virgen María y San Juan. Después del encuentro de Jesús con su madres, seguimos a la iglesia.
Por la tarde fue la procesión triste del Sepulcro. La filarmonía tocaba el Duelo de la Patria. Los fieles se arrodillaban con reverencia.
Cuando oímos de nuevo las campanas el Sábado de Gloria por la mañana, corrimos a escarbar la tierra para encontrar carbones. En ese momento todas las cosas de la tierra están benditas. Guardamos algunos carboncillos que nos servirían para aplacar las tormentas.
Por la tarde estuvimos los muchachos en el paseo de Judas, al que llevamos en un desventurado caballo, piojoso y alunado que recogimos en la calle ronda. En cada esquina nos parábamos, y uno de la comisión se subía a un banco y leía escrito en verso el testamento de Judas. Era éste una crítica festiva y punzante para autoridades, comerciantes y otras personas de la comunidad. Acompañados de las risas y gritos de las gentes desfilábamos por todas las calles para llevar a Judas finalmente a la casa de Patrocinio, el polvorista, quien tenía el encargo de alistarlo con bombas y bombetas para la quema del día siguiente.
La diversión no terminó con el paseo de Judas. Ya muy tarde de la noche, los jóvenes y viejos más bromistas se distribuyeron por el pueblo para traer a la plaza las cosas que pudieran recoger: muebles, carretas, escaleras, rótulos. Hasta una gran olla llena de tamales se trajeron esa noche. A la mañana siguiente, después de la procesión del Resucitado y de la quema de Judas se llenó la plaza de curiosos. En el centro se encontraba la olla de tamales, ya sin tamales, y haciéndole rueda en posiciones divertidas, sillas, mesas, mecedoras, bancos, carretas, escaleras, y en los árboles, rótulos de pulperías y tiendas. Entre ellos se hallaba el de la barbería del tío Ricardo.


JUEVES DE CORPUS

Hacía días que se trabajaba en los altares, frente a las cuatro esquinas de la plaza y al lado de los negocios de don Fructuoso Garrido, don Alfredo Salazar, don Francisco Orlich y don Gerardo Carvajal. Cada mantenedor quería que su altar fuera el más lucido.
Hubo dos de ellos que impresionaron mi imaginación infantil: el de la peña con la catarata y el de la ballena.
Salió la procesión: la filarmonía del maestro Prado a la cabeza, detrás el padre Valverde que era coadjutor, bajo el palio de bordados de oro e padre Piñeiro con la Custodia del Santísimo, que nadie podía ver de frente; a su paso los fieles se hincaban y bajaban la cabeza.
¡El primer altar! Una gran peña de roca cubierta de musgo. Del centro caía una cascada cristalina que se perdían en el fondo; a los lados de ese torrente y encima de la peña; ángeles y querubines de alas blancas. Quedó en silencio la música: el señor cura salió y por una alfombra de flores se encaminó hacia aquella roca. Todos los muchachos quedamos con los ojos muy abiertos pues no sabíamos dónde colocaría el padre el Santísimo; de pronto, ¡el milagro!. Se paró la cascada y se abrió la peña. Me parecía estar en presencia del cuento del compadre rico y el compadre pobre cuando decían:
-Sésamo, ábrete.
Apareció un altar blanquísimo donde colocó la custodia el padre mientras multiplicidad de oropeles de colores descendían de lo alto. En efecto era tan bello, que hasta los grandes estaban emocionados. Empezaron los cantos de las muchachas del coro acompañadas por don Manuel Mora el maestro de capilla.
Terminados los cánticos y las alabanzas al Señor tomó el padre el Santísimo y al salir se cerró poquito a poco la pena y, de nuevo, cayó la cascada.

En otra esquina había un altar que representaba la ballena de Jonás. En el fondo se veía el mar y la playa con rocas por donde asomaba una gran ballena de color gris. Por todas partes había ángeles y macetas con flores. Cuando llegó el Santísimo se abrió la boca y, en el fondo, apareció el altar forrado en nubes de colores. El cura entró y colocó ahí la custodia. Cuando después de la ceremonia el sacerdote la retiró, lentamente se cerró la gran boca con hileras de dientes afilados de la ballena de Jonás.


EL ABUELO ALVARADO


El abuelo Alvarado se parecía a la tía Ramona. Era de cara redonda con barba cerrada, canosa, que se unía al bigote dejando apenas visible la boca que de tanto fumar tenía un color amarillo cenizo; de cejas gruesas, ojos profundos de mirar severo; contextura fuerte; brazos gruesos y velludos. Tenía las características de un bravo español de la conquista. Temido en el pueblo por su fuerza le gustaba hacer demostraciones de ella. Cuando aparecía en la villa algún joven bravucón con fama de valiente, el fijo se acercaba, y le decía:
-¿Qué tal amigo? Le daba la mano y apretaba fuertemente hasta que el guapo se hincaba con la cara contraída por el dolor y le rogaba:
-Ya no más, don Juan.

Con los nietos era poco cariñoso. Cuando llegábamos al trapiche pro espumas, regañaba:
-¡En la paila no metan las paletas chupadas! Después, él recortaba la ronda y nos servía las espumas en guacales.
Me contó la tía Ramona que por el año de 1885 fue el abuelo Juan a Guanacaste a buscar minas. En ese tiempo muchas personas de Costa Rica hicieron exploraciones. El tío Procopio descubrió la veta de San Gerardo y el abuelo Gamboa también estuvo interesado en las minas.
El abuelo con instinto de buscador salió rumbo a Guanacaste. Tomó el camino de Nicaragua que después de pasar por Esparta atraviesa la llanura. En varias jornadas llegó a la Tutela, hoy San Juan de Abangares, donde se encontraba la única casa de sestero para los viajeros que se dirigían a Nicaragua.
Con un baquiano de ese lugar, el abuelo se internó en la montaña hacia el norte por donde se veían algunos cerros de poca vegetación, con característica minerales. Pasó el río Abangares y siguió monte arriba buscando vetas y cateando; llegó a una quebrada y en su orilla encontró el primer hilo. Después de catear con su cuchara de cuerno se dio cuenta de que había oro. Ese lugar lo llamó Alajuelita, nombre que aún conserva. Siguió haciendo cortes por la ladera hasta llegar a la cima de la montaña donde halló una veta riquísima. En los pedazos de cuarzo podía verse el oro escarchado. A este lugar lo llamó Los Limones porque en él encontró limoneros cimarrones. Cuando se le terminaron los víveres regresó a San Ramón con piedras escarchadas de oro.
La tía Ramona se entusiasmó con las noticias y ayudó a su hermano con dinero para que pudiera denunciar la mina y comenzar a explotarla.
Después de obtener los derechos, alistó carretas para llevarse la familia, los víveres y las herramientas necesarias: martillos, barrenos, pólvora y azogue.
Con su esposa Brígida, su hijo Joaquín y sus hijas María, Rosalina y Chica, partió para Guanacaste. Los acompañaba el tío Ricardo que abandonó su barbería con la ilusión de hacerse rico.
Después de muchas jornadas llegaron a la Tutela donde el abuelo dejó a las mujeres en la posada de las García y siguió con los hombres a Alajuelita a construir los ranchos. Allí se establecieron para empezar la explotación.
A la orilla de la quebrada hicieron la rastra rústica. Consistía en una olla hecha de piedras ajustadas, de cuyo centro se levantaba el eje o vara de madera en posición vertical, el cual estaba sostenido en su parte superior por un marco fuerte del que sobresalía un guijo del mismo eje. A este último lo hacía girar una pieza o volador como en los trapiches de bueyes. Al rotar, tirado por un caballo, movía grandes piedras que eran arrastradas por cadenas que pendían de una cruz del eje principal.
Unos peones sacaban el mineral de la veta, otros en talegos de cuero o en canastos de bejuco lo cargaban a la espalda y, bajando la ladera, lo traían a la quebrada. Aquí, sobre grandes lajas lo quebraban con martillos hasta dejarlo menudito. Echaban este material en pequeñas porciones a la olla de la rastra poniendo a su vez el agua necesaria y pequeñas cantidades de azogue. Después de un día de molienda desaguaban y lavaban con agua clara la taza de la rastra recogiendo en guacalitos el mercurio amalgamado con el oro. Ponían la amalgama enana tela fuerte y, retorciendo, la exprimían para sacar parte del mercurio, quedando el resto en una bola de oro en pella. Colocaban la última en una planilla sobre un fogón hasta que se volatizara el azogue. La pelota de oro obtenida era más o menos grande de acuerdo con la riqueza de la veta.
Por largos meses estuvo el abuelo en esa explotación rudimentaria. Salía de cuando en cuando a Puntarenas a vender el oro para abastecerse de provisiones. En una salida encontró a sus primos, los tres hermanos Acosta. Entre trago y trago empezaron a hablar de la mina. El abuelo era bueno para el trago, tomó más de lo conveniente y, cuando se percató, ya había vendido la mina en mil pesos. Desde entonces se llama la mina de Tres Hermanos.
El abuelo regresó a San Ramón después de perder la mina y a su hijo Joaquín que murió de fiebres en esa aventura. Compró una finca por la calle ronda, camino a la Paz y se dedicó a cultivar café y caña.
Años más tarde los Acosta vendieron la mina a una compañía inglesa por ochenta mil pesos.
De sus exploraciones mineras siempre conservaba el abuelo la cuchara de catear, de cano, negrita y pulida.

HISTORIAS EXTRAORDINARIAS

Una madrugada de enero emprendí viaje con mi primo Rigoberto Mora a la finca de los tíos Epifanio y Adelina. Salimos de San Ramón a pie por el camino a Esparta. No había amanecido cuando pasamos por Santiago y empezamos a subir la cuesta del Toro. Como a las nueve de la mañana estábamos en el alto de los potreros de los Orlich. Me dijo Rigoberto, que ya conocía esos lugares:
-Mirá Chepe, aquel río que ves en el fondo de la montaña es el Barranca; el otro que le cae es el Jesús María, y allá donde se juntan los dos está la mina de San Gerardo descubierta por el tío Procopio Gamboa.
Como a las doce del día llegamos a la casa de los Cambronero; almorzamos y descansamos un poco. Seguimos el camino. Se veía el caudaloso río Barranca serpenteando en las profundidades de aquellos montes que se perdían en la lejanía. Llegamos a la Angostura, trecho peligroso: a la izquierda una peña casi cortada a plomo, y a la derecha un abismo donde apenas se veían en el fondo las copas de los árboles cubiertas de neblina. Empezamos a bajar por un camino lleno de vueltas; al rato divisamos la casa de los tíos.
Estaba como a cien varas del camino; era de madera con techo de tejas y palmas; tenía un gran corredor con vista al mar; en el corral caballos y un par de vacas con sus terneros; a la derecha sembrados de caña y de plátanos.
Salieron los perros ladrando y en seguida la tía Adelina.
-¡Capitán!. ¡Terrible!, vengan para acá. Mirá, Epifanio ¡si son Rigoberto y Chepe!
Empezamos por saludar a los tíos y a los primos.
Dijo Epifanio:
-A tiempo llegan, vamos a comer.
Nos sirvieron una sabrosa carne de venado con tortillas y un jarro de agua dulce.
Al anochecer salimos al corredor cuando aún se distinguían el Golfo de Nicoya y las luces de Puntarenas. Después de conversar del viaje y de la familia empezó Epifanio a contar historias extraordinarias.
-¿Ven ustedes aquellos tres cerros muy juntos? Por las noches una bola de fuego se levanta del primero, salta al segundo y luego al tercero; así sigue por largo rato, de uno a otro. Las gentes dicen que allí hay un encanto o un tesoro. Pronto la verán ustedes.
Nosotros nos quedamos sin hablar mirando aquellos ceros altos que se recortaban en la oscuridad; parecían tres centinelas alumbrados por las estrellas.
Al rato empezó a aparecer como un resplandor tenue detrás de las copas de los árboles de uno de los ceros, y luego lo que creíamos un cuento del tío. Vimos una bola del tamaño de una naranja, amarilla, de luz suave y temblorosa. La vimos elevarse y bajar al otro cerro; se posó encima de los árboles y saltó al tercero. En ese vaivén duró como cinco minutos; luego se fue haciendo más pequeña hasta desaparecer.
Epifanio dijo:
-Ya ven como era verdad: cuando la luna está clara no sale. Ustedes han tenido suerte muchachos.
Nosotros estábamos perplejos y medio asustados. Rigoberto me dijo al oído:
-Chepe, parecen luces de muerto.
-Callate, le dije- puede oírte.
Dormimos en un camón de varas que sostenían un cuero seco y tenso de res. La suavidad del pelo nos daba una sensación agradable que compensaba el olorcillo a albarda de sabanero.
Cuando amaneció nos llamaron los primos:
-Chepe y Rigoberto, vamos a traer la caña para el café.
Nos lavamos la cara en un yurrito que corría detrás de la casa y nos fuimos al cañal a cortar las cañas. Cuando volvimos Lina ordeñaba las vacas en el corredor.
Llevamos las cañas al trapiche hecho por Epifanio. Consistía en dos rodillos o mazas de guapito de cuatro pulgadas de diámetro, las cuales tenían en uno de sus extremos, dientes gruesos que engranaban unos con otros. Estaban montados los rodillos en marcos de madera fuerte. En un guijo saliente de una maza había una manigueta grande que servía para mover el trapiche. Metimos las cañas una a una empujándolas por entre los rodillos, los cuales al exprimirlas, hacían salir el caldo en chorrito delgado que caían en un balde. Llevamos éste a la cocina para que las muchachas prepararan el agua dulce del café.
El tío Epifanio era un hombre pintoresco: blanco, alto, huesudo, de mirada maliciosa y siempre sonriente; listo a contestar nuestras preguntas agregando alguna historia de su inagotable imaginación.
Nos invitó a salir con él al bajo de la mina Santa Clara que colindaba con su finca.
En cuanto Epifanio descolgó el rifle, Capitán y Terrible empezaron a ladrar alegremente. Se puso a la cintura el cacho con la pólvora negra; alistó la bolsa de cuero con balas de plomo, tacos de papel y una cajita bien tapada, con los fulminantes.
-Vamos, dijo.
Empezamos a bajar por un trillo de la ladera; los perros adelante con el hocico a ras del suelo buscando huellas de tepezcuinte o de armadillo. Entramos a la montaña; lo primero que vimos fue congos negros brincando de rama en rama en alegre algarabía.
Nos dijo Epifanio:
-A esos monos no se les mata porque tienen cara de cristiano.
Cuando llegamos al galerón de la mina oímos a lo lejos los ladridos de los perros. Nos dijo el tío:
-Quédense aquí y me esperan; seguramente ya han levantado un venado.
Yo había oído hablar de minas pero por primera vez veía una, aunque casi abandonada. En el galerón destartalado estaba una gran rueda de agua, tenía un eje de hierro que, unido a unos engranajes, hacía mover cuatro enormes piedras arrastradas por cadenas en una gran pila circular hecha de piedra. Como siempre me había interesado por las cosas mecánicas empecé a explicar a Rigoberto cómo creía yo que se movía aquello para sacar oro.
Caminando después por la orilla de la quebrada dimos con la boca de un túnel aterrado. Continuamos explorando con el deseo de hallar una veta de oro como la del abuelo Alvarado. Localizamos una arcilla blanca y suave, escarbamos y al poco rato apareció doradito y brillante, el primer pedazo de lo que creíamos oro puro. Era como de tres pulgadas de largo por tres octavos de pulgada de grueso, de forma prismática y completamente pulido.
Seguimos sacando aquella arcilla y lavándola en la quebrada hasta encontrar como diez pedazos parecidos al primero. Teníamos tal entusiasmo por hacernos ricos que nos olvidamos del tío Epifanio. Cuando él llegó con un venado a la espalda ni importancia le dimos a lo de la cacería.
-Encontramos oro – le dije – y le mostramos los pedazos dorados en las manos.
Puso en venado en el suelo y empezó a reír.
-Pero muchachos, si eso es puro sulfuro; aparece mucho en las vetas de jabonada; el oro natural no brilla, es de color paja y pesa mucho.
Tuvimos una gran desilusión, pero de todos modos nos llevamos en los bolsillos aquellos pizarrines dorados.
-¿Y cómo fue los del venado, Epifanio? –le preguntó Rigoberto.
-Pues verán: como tengo bien enseñados a Capitán y a Terrible sabía que lo echarían por el corredero quebrada abajo. Me aposté en un altillo como a mil varas de aquí, frente a un despeñadero. El venado no tenía más remedio que pasar por donde yo estaba. Los perros habían ido lejos, se adivinaba por los ladridos, de pronto se oyeron más cerca; oí el ruido de cañas quebradas, me preparé con el rifle que no debía fallar porque como ustedes saben, es de un solo tiro.
Diciendo esto con gestos y movimientos rápido, se acomodó el rifle en posición de acecho y continuó: -Se asomó el venado al despeñadero y, ya acorralado por los perros, salto y ¡pum! lo alcancé en el aire en la pura paletilla; cayó a la poza muerto y ahí lo tienen ustedes todavía chorreando agua con los siete balines bien pegado.
-¿Y por qué siete balines? –le pregunté.
-Es que los rifles deben cargarse con números nones porque los pares traen mala suerte.
-Caramba tío, ¡qué puntería!
-Si señores, donde yo pongo el ojo va la bala.
Regresamos a la casa para almorzar. Epifanio y los muchachos arreglaron y salaron la carne par el consumo de la semana.
Llegó la noche y con ella la esperanza de oír más cuentos del tío.
Acompañados por los primos nos sentamos en las bancas del corredor. Esa noche no vimos la bola amarilla que saltaba por los cerros. Por fin apareció Epifanio con su puro encendido; se pasó un rato paseándose y echando bocanadas de humo, luego empezó a contar:
-Hace años, cuando todavía no habían éstos, hicimos un viaje a San Carlos para conocer las tierras que había denunciado Ruperto Gamboa.
Decían que de un cuartillo de maíz se recogían una cosecha de diez fanegas.
Salí de San Ramón con el tío Diego y el abuelo Manuel. Pasamos por San Isidro y Zarcero. Seguimos por un trillo entre la montaña espesa que ya conocido por Diego cuando Procopio Gamboa formó parte de las tropas que fueron al río San Juan a atajar a los filibusteros. Empezamos a bajar a bajar las montañas y de pronto vimos las grandes llanuras de San Carlos. Acampamos en un claro y nos sentamos a almorzar en un árbol caído cubierto de lana. Terminado el almuerzo frío sacó Diego de la alforja una tapa de dulce, la puso sobre le árbol y con el machete, de un tajo, la partió en dos, cortando también la cáscara del palo; éste dio una sacudida y empezó a moverse. Nos levantamos de golpe pensando que era un temblor y asombrados vimos que se arrastraba lentamente. Diego que era baquiano y el más sin miedo, empezó a cortar charral para averiguar qué era la cosa. De pronto gritó:
-Vengan, en una gran culebra y estamos cerca de la cabeza.
El animal comenzó a bufar hasta meternos miedo; fuimos siguiéndola con cuidado y nos dimos cuenta de que de vieja casi no podía moverse. Tenía como treinta varas de largo y calculamos que por lo menos mil años de edad. No nos atrevimos a matarla por temor de mas bien nos tragara a todos. ¡Era su boca inmensa?
Al terminar Epifanio su historia acompañada de gestos y ademanes expresivos, se quedó mirándonos para darse cuenta de si alguno dudaba. Todos permanecimos en silencio. La tía Lina, que seguramente había oído el cuento muchas veces, sonreía; al vernos tan serios y asustados, dijo:
-Seguí contando lo de San Carlos, hombre.
Epifanio siguió:
-Al anochecer llegamos al rancho de Ruperto; con él estaba Petra su mujer y su pequeño hijo José. Después de los saludos nos dieron de comer. Conversamos de la familia y de las novedades del pueblo, y nos contaron que un tigre que estaba llegando por las noches se había comido a una ternera. Nadie se atrevía a buscarlo porque a un perro que se le metió los desjarretó de un manotazo.
Les dije:
-Pues conmigo se va a entender ese animal; mañana saldré a pastorearlo.
Al día siguiente muy temprano, con mis perros Capitán y Terrible, las municiones, el rifle y un peón de Ruperto salí del rancho. El peón era un nica, flacucho y medio marrullero; llevaba además de su machete una vaqueta de sabanero, según dijo, para sortear al tigre. Nos metimos en la montaña; bien lejos del rancho hallamos un comedero de tigre donde había huesos y olor de mortandad. Los perros se pusieron grifos y empezaron a ladrar; siguieron por un trillo dejado seguramente por alguna danta ente aquella maraña de bejucos; nosotros atrás orientados por los ladridos; de pronto se pusieron furiosos, lo que nos hizo suponer que ya lo tenían acorralado. Cuando nos acercamos vimos al tigre encaramado en una horqueta de un gran árbol como a dos varas del suelo. Al nica, pálido de pánico ante la fiera que lanzaba bramidos terribles, se le mojaron los pantalones, según me dijo después. Recogí machete y vaqueta; me fui acercando agachado por entre los matorrales; ya como a veinte pasos me enderecé por encima del monte y apunté con cuidado. En el momento en que jalé el gatillo, el tigre me vio. Se tiró por encima de los perros pero ya había yo disparado; ¡Santo Dios! –me dije- no le pegué; como mi rifle no falla lo había herido en una paleta. El tigre ya herido se amparó de espaldas a un tronco y empezó a tirar zarpazos a los perros que lo acosaban. Los rugidos del tigre y los ladridos de los perros eran como para erizarle el pelo a cualquier cristiano. Ya sin tiempo de nuevo de cargar mi rifle me persigné y me fui acercando con el machete en una mano y la vaqueta del nica en la otra.
Cuando el tío contaba esto, eran tales sus gestos, sus brincos y ademanes que nos hacía vivir y sentir sus emociones. A mi el corazón me golpeaba aceleradamente al imaginar aquel terrible animal despedazando a Epifanio.Siguió contando:
-Me acerqué y le tiré el primer filazo; se me vino encima, lo capié con la vaqueta, y en el quite caí de espaldas enredado en los bejucos. Rugiendo se volvió y atacó de nuevo pero Capitán y Terrible se le colgaron de las patas traseras salvándome la vida. Logré levantarme rápidamente y mientras el tigre atacaba a los perros, le di con las dos manos un machetazo a toda alma que le partió la cabeza en dos.
Cuando ya pudimos hablar porque la emoción nos tenía mudos, le preguntamos:
-¿Y qué fue del nica?
Riéndose nos contestó:
-Viendo que el tigre estaba muerto se bajó de un palo, todavía pálido del susto, y me dijo:
-Ydiay puej, don Epifanio: casito se lo come ese animal. Por lo menos pesa nueve arrobas.
-Mirá –le dije-, como estás descansado y fresquito, andate al rancho y les decis a los muchachos que vengan a ayudarme a cargar este animal.
Cuando llegamos al rancho, al ver al tigre, Ruperto se quedó asombrado. Le quitamos el hermoso cuero que yo guardé durante muchos años.


LOS ROSARIOS DE LA VIRGEN

En los primeros días de diciembre celebraban los rosarios de la Virgen en la casa de mis abuelos. Habían terminado las clases y yo quería estar con ellos para participar de los rezos, los cantos y la fiesta. Tuve el permiso de mamá a condición de volver los domingos para ayudar en las compras y traer el diario del mercado.
Como estaba grandecito me fui solo a San Rafael. De la esquina de don Macario seguí el camino polvoriento, pasé por la Quebrada Gata donde los domingos algunas muchachas del barrio se lavaban los pies y se ponían zapatos para entrar a la villa calzaditas y asistir a la misa. Jugueteando con las mariposas encontré la casa de don Camilo Hernández.
-¡Adiós, don Camilo!
Me contestó:
-¿Ya vas para los rezos de la Virgen?
-Si, don Camilo.
Me alcanzó su hijo Julio, quien después de darme un diez me dijo:
-Llévale memorias a Zoila.
Con esos recaditos a la tía gané muchos dieces.
Al bajar la cuesta de Río Grande recordé lo que una vez me dijo mi primo Rigoberto.
-Mirá Chepe, si querés aprender a mascar tabaco como tatica Manuel tenés que tragarte el caldo. Me dio a morder una cuecha que traía, y cuando tuve la boca llena me dijo:
-Ahora, tragátelo.
Bueno, empecé a toser y a vomitar y sólo me calmé cuando bajamos al río a tomar agua.
En el bajo, a la vuelta del puente. Miré a través de los bastiones la poza azul sombreada por ramas llenas de flores y bejucos, y sentí deseos de bañarme, pero seguí adelante. Al subir la otra cuesta miré a la veta de pedernal del paredón derecho de la que en otras ocasiones arranqué piedras para sacarles chispas. Del alto divisé el camino recto, casas a las orillas, muchachas en los cafetales cogiendo la repela y, a lo lejos, el beneficio de don Francisco Orlich. Llegué a la esquina y entré a la pulpería de mis padrinos don Nicolás Coglivina y doña Catalina Orlich, hermana de don Francisco.
-¿Cómo estás Chepillo? - me dijo el padrino que estaba tocando el acordeón.
Después de contestar a su saludo entré a ver a la madrina que me dio un refresco con unas tajadas de pan dulce acabadito de sacar del horno. Me despedí y seguí adelante por el camino llano.
El chirrido del portón avisó mi llegada al abuelo, que me miró desde el corredor, al lado de su banco en que cepillaba los parales de una carreta. A su alrededor es suelo estaba lleno de colochos.
Me pareció que tatica era San José, con su cabeza casi blanca y los ojos de mirar bondadoso, tan bueno y tan santo. Nunca echaba un ajo.
Juntando las manos me hinqué y le di el Bendito.
-Bendito y alabado, sea el Santísimo Sacramento del Altar. Buenos días, tatica.
-Dios te haga un santo, Chepito. Andá para adentro, Rafaela Y Zoila están arreglando la Virgen y el altar.
Atravesé el corredor de piedritas redondas y pulidas y entré a la sala grande. En el fondo estaba el altar, y ahí la Virgen María en un inmenso camarín de madera con vidrios.
La Virgen sonrosada tenía un manto de raso celeste y estaba rodeada de flores de papel. El piso de la sala lucía como un espejo pues ese día empezaban los rosarios. Zoila, morena y agraciada, estaba adornando la sala con guirnaldas de papel de color.
Me hinqué de nuevo para dar el Bendito a mamita. Ella, después de darme la bendición, me dijo:
-Mirá, hay mucho que hacer. Pedíle el cuchillo a Manuel y vas a cortar uruca para arreglar el corredor.
Corrí a cumplir lo mandado a toda prisa porque a la abuela no se le podía desobedecer; a todos infundía respeto. Lo del cuchillo era indirectamente para que tatica fuera por la uruca y trajera de una vez las matas de plátano.
El viejito sin contestar nada cogió el cuchillo y dijo:
-Vamos, Chepito.
Cruzamos la acequia que se encontraba detrás de la casa, y por el cañal llegamos al bajillo. De la cerca cortó uruca que llevamos en brazadas al corredor.


El cerco de la casa era mi encanto. En él había una cepa de caña extranjera dulcísima, anonas, granadas, granadillas, jocotes y flores de piñuela. Al lado, en el potrero, el caballo del abuelo, manso y bueno como él, pues se dejaba montar sin jáquima y en pelo.
En la acequia, otra de mis delicias, encontraba olominas y cangrejos. Allí estaba mi entretención de todos los días. A una naranja le metía una varillita de bambú por el centro, en un extremo le colocaba una carrucha y alrededor unas paletas de hojas de piñuela. Así tenía una rueda de agua. A lo largo y en los bordes de la acequia ponía horquetas de café, y sobre ellas colocaba varias ruedas uniendo las carruchas con correas de cáñamo aplanchado. La corriente presionaba las paletas y el movimiento rítmico de las ruedas de agua me parecía maravilloso. Mi trabajo llamaba la atención de mi abuelo que alguna vez dijo a mamita:
-Mirá, Rafaela, este muchacho va a ser mecánico.

A las tres de la tarde nos llamaron a comer. Nos lavamos en la acequia y entramos en la gran cocina. Allí estaban los largos molederos de cedro, en el centro la plantilla del horno sobre un fogón de piedra y ladrillo: encima las ollas negras y panzudas, las cazuelas y el comal de las tortillas y, colgando de las soleras por alambres, un tabanco donde estaban guardados el dulce, las conservas y el queso.
El comedor tenía una gran ventana al jardín. De ahí se veían girasoles, rosas de Jericó, camelias, mosquetas y varitas de San José. En el centro, en una parcela bordeada de tejas rojas, la corona de Cristo, planta la más cuidada por la abuela. La vista y el aroma de las flores hacía de este comedor el lugar más agradable de la casa.

Mamita se sentó a la cabecera de la mesa. Todos nos persignamos y rezamos con ella en voz alta el Padre Nuestro. En el centro de la mesa ya estaba un platón de China con dibujos de colores, allí estaban la carne y verdura humeantes: tacacos, ayote, yuca esponjada, camote y repollo. En otros platos había arroz amarillo, sueltito y reluciente; picadillo de chayote y frijoles negros con culantro. A nuestro lado un tazón con caldo de olla. Terminada la comida Zoila sirvió conserva de toronja, dulce y amarguita.

Al oscurecer alumbraron las candelas y la lámpara grande de canfín. El chirriar del portón anunció la llegada de los primeros vecinos: Tío Diego Gamboa y tía Rafaela con sus hijos Gencio, Abel, Amelia, Laura, Rosa y Herminia, tío Ruperto y Petra con los muchachos.
El mantenedor del rosario de esa noche era don Inocente Palma. Para las siguientes noches habría otros mantenedores. A mis abuelos les correspondía la celebración del último rosario, el ocho de diciembre.
Los vecinos se acercaron a saludar:
-¿Cómo le va, don Manuel?
-¿Cómo está, doña Rafaela?
En los largos escaños del corredor se sentaron cerca de setenta personas.
Mamita empezó el rosario con su voz clara y profunda.
Un ratito después me habló en secreto mi primo Rigoberto.
-Chepe, es hora de escabullirnos.
Entramos a la cocina por la ventana que de antemano dejamos destrancada; pusimos un taburete a la orilla del fogón y alcanzamos del tabanco algunas de las cajetas y roquetes que para distribuir entre los concurrentes habían traído los Palma. Nos llenamos las bolsas y llegamos a la sala calladitos. Había terminado el primer misterio y las muchachas entonaban cánticos y alabanzas a la Virgen.

“Del cielo ha bajado
la madre de Dios,
cantemos el ave
de su Concepción

Sus pies virginales
desnudos dejó
y en ellos dos rosas
de eterno esplendor.

Por una y dos veces
La Virgen sonrió:
soy Inmaculada
en mi Concepción.”

Cuando terminó el rezo todos los hombres se sentaron en fila en el largo corredor. Las mujeres repartieron en bandejas las cajetas de cidra, el pan de rosa y el tamal asado.
Rigoberto y yo nos arreglamos para cambiar de sitio en la fila. Así logramos que nos sirvieran varias veces para aumentar la guaca. Las familias reunidas se quedaron un largo rato hablando de las cosechas, de las enfermedades y de los aparecidos. Después, desfilaron silenciosamente a sus casas alumbradas por las estrellas.

EL CABALLITO BAYO

Después de que papá, con la herencia que dejó el abuelo Alvarado a mi madre, construyó la casa de madera humilde y sencilla en que vivimos por varios años, se fue a trabajar con Mr. Hopkins a la mina de Abangares, la misma que descubrió el abuelo, y que por esa época explotaba una compañía norteamericana.
Mr. Hopkins era el administrador de Tres Amigos, una de las explotaciones mineras de Abangares.
En la ausencia de papá quedó mamá con la responsabilidad del hogar. Incansable en el trabajo continuó con la industria de sombreros iniciada antes, hizo cajetas y cigarros para vender en las pulperías, y agregando a las entradas obtenidas el poco dinero que recibió de mi padre, logró sostener los gastos del mantenimiento y de la educación de la familia.
Una mañana llegó a nuestra casa el tío Gabriel Gamboa, que también trabajaba en las minas, con un caballito bayo con montura nueva de chapitas plateadas. Cuando yo salí al llamado de mamá, ya estaban los chicos de la vecindad admirando el caballito.
-¡Hola Chepe! –me dijo Gabriel- . ¿Te gusta este caballito?
-Claro, tío, pero debe costar mucho. ¿De quién es?
El tío con una sonrisa maliciosa dijo:
-Lo traje para venderlo.
-¡Achará que nos somos ricos para que mamá me lo comprara!
Después de hacerme padecer y ante la admiración de todos mis amigos dijo:
-Es tuyo, Chepe, te lo mandó José de las minas.
Bueno, me quedé loco de alegría y de orgullo porque no había caballito igual en todo el pueblo.
Como ya había aprendido a montar en pelo en el caballo de la niña Blanca More, ahí no más me monté. Naturalmente estaba presente Miguelín Castro.
-¿Me llevas en ancas, Chepe?
-Si, montate.
Nos fuimos a pasear por el pueblo y al momento nos siguió un rueda de muchachos.

Era fino y trabadito en el andar mi caballito bayo. Ese día quedó agotado de tanto cargar a mis amigos.
Durante la noche no podía dormir pues pensaba en mi caballo para ir a San Rafael a ver a mis abuelos y a Palmares a dejar los sombreros de palma.

Días después le llegó a mamá un pedido de sombreros de Atenas para el almacén Jenkins. Yo insistí con ella rogándole me mandara a dejarlos.
Me dijo:
-Ese caballo suyo no aguanta la jornada. Además, usted es muy pequeño y se puede perder.
-Pero mamá, me voy con el correo.
Por fin accedió. Y a preparar el viaje. A la madrugada del día siguiente, tenía el caballito listo con doce docenas de sombreros que pesaban casi nada pero que hacían mucho bulto. Me pusieron estibas de sombreros bien apretados por detrás de la montura y otras por delante que colgaban hasta mis rodillas. Yo en medio de aquella sarta de sombreros apenas podía sacar los brazos para guiar al caballito.
Pasó por mi, Lencho, el posta del correo.
Mamá me dijo:
-Persígnese, y que Dios le acompañe.
Emprendí el camino al paso menudito del caballo. El de Lencho iba a trote, y yo, para no quedarme atrás, muy seguido tenía que galopar. Después de pasar Palmares, en el camino real, el posta me dijo:
-Mirá Chepillo, yo no puedo esperarte mucho pues tengo que llegar a Río Grande a la hora del tren. De aquí, ya no te perdés, seguí más despacio para que no se te canse el caballo.
Bueno, quedé atrás hasta que lo perdí de vista por aquellas cuestas largas y polvorientas; no tenía miedo, recordaba lo que nos decía mamá: “el que boca tiene a Roma va”. A cuanto carretero topaba le preguntaba:
-¿Voy bien para Atenas?
-Si, muchacho; seguí por el camino ancho y no te perderás.
Por fin, después de subir cuestas y más cuestas llegué a una cima desde donde podía ver un poblado en la lejanía que supuse sería Atenas. Al las doce del día entraba al pueblo; preguntando llegué al negocio de los Jenkins, entregué los sombreros y una carta de mi mamá para que me pagaran la cuenta de sesenta colones. Al pagarme me dijo el señor Jenkins:
-Cuidá esa plata, que te la pueden robar.
Me apuñé bien los billetes en la bolsa del pantalón y quedé preocupado. Bajé las alforjas del caballo, saqué el almuerzo que me había preparado mamá y me lo comí allí mismo sentado en una banca de madera.
Apurado, porque tenía que estar de vuelta en San Ramón antes de que me cogiera la noche, y ya sin aquella montaña de sombreros, me despedí del señor Jenkins y tomé el camino de regreso. Al trepar las primeras cuestas noté que el caballo no podía caminar ligero y que andaba cada vez más despacio. Tuve que apearme y seguir el camino con el caballo de diestro. Como a las cuatro de la tarde, cuando llegaba a la llanada de San Josecito, el caballo no daba paso. Me acerqué al portón de la primera casa grande y grité:
-¡Upe! ¡Señora!
Salió un señor y le dije:
-¿Me quiere dar posada por esta noche? Pues mi caballo está cansado y le tengo miedo a los ladrones.
El señor sonrió bondadoso y me dijo:
-Pase, cómo no, muchacho. Y llamó:
-¡Joaquín!
Salió un muchacho como de mi edad.
-Andá con éste.
Y dirigiéndose a los dos:
-Suelten el caballo en el cerco y ponen en la baranda del corredor la montura y los aperos.
Desensillamos el caballo, le dimos agua en la pila del cerco y lo echamos al corral de los terneros. Nos vinimos al corredor de la casa y el señor me dijo:
-Sentate, que debes estar cansado, mientras las mujeres sirven la comida. ¿Cómo te llamás?

-Soy Chepe Gamboa de San Ramón y vine a dejar sombreros donde los Jenkins.
-¡Ajá!, yo conozco a los Gamboa y también a tu mamá, ¿no se llama María Alvarado?
-Si, señor.
Me volvió el alma al cuerpo al saber que conocía a mi madre porque con el platal que llevaba tenía mucho miedo.
Nos llamaron a comer. Esta familia, como la de mis abuelos, rezaba la oración de gracias antes de comer.
Ya oscureciendo comenzaron a llegar al sesteo que se encontraba en un recodo del camino, frente a la casa del señor Pineda donde me hospedaba, carretas de Río Grande cargadas de mercadería con destino a Palmares y San Ramón.
Los boyeros comenzaron por desenyugar y bajar de las carretas las cargas de caña para dar de comer a los animales. Con un cuchillo corto pelaban aquella caña que ponían en el hocico de uno de los bueyes, cortando rápidamente un trozo; la misma operación se repetía con el otro que paciente esperaba su turno. Comieron los bueyes, se echaron y empezaron su rumiar lento.
Los hombres prepararon una gran fogata y todos a su alrededor empezaron a calentar los frijoles, los huevos y las tortillas que traían en unas ollitas.
-Vamos, que ahora empiezan los cuentos –dijeron los muchachos de la casa.
Nos acercamos más al grupo, iluminado por la tenue luz del brasero de la fogata.
-Contate algo –decían los hombres al que parecía mayor.
-Pues verán, cuando yo era muchacho, y trabajaba en la mina del Aguacate, conocí a un hondureño en una de las mesas de juego en donde dejaban todos los días de pago casi todo el sueldo los mineros. Ese hombre siempre ganaba y esa noche dejó limpios a los de la mesa. Empezaron a discutir porque pensaban que jugaba con dados cargados. Yo, que estaba de mirón me di cuenta de que aquél hombre jugaba sin trampa. Estaba de suerte.
Relumbraron las crucetas y todos se pusieron contra el negrito de Honduras que estaba desarmado. Como yo me sentía muy hombre saqué la mía y les dije:
-No sean cochinos, no ataquen a un hombre desarmado. Me les fui encima a puro filo y como vieron que la cosa conmigo era de veras salieron huyendo.
Me quedé con el negrito que, dándome la mano, me dijo:
-Me llamo Noguera, vos sos mi hermano pues me salvaste la vida y sólo a vos te voy a dar el secreto de ganar siempre en el juego y de ser derecho en el amor.

Sacó de la bolsa del pantalón tres negritos como de hule del tamaño del dedo gordo, que me mostró en su mano abierta. Estaban vivos. Se movían y hablaban con voz finita haciendo movimientos como de saludo. Yo me quedé con la boca abierta de ver aquella maravilla.
Pues, mirá – me dijo - : yo los tengo desde hace años, y si querés puedo decirte cómo podés conseguirlos.
-Claro Noguera, que me gustaría tener tres negritos como esos.
-Como vos sos hombre sin miedote lo voy a decir. Tenés que conseguir tres gatos negros y dos ollas grandes de hierro. Un día que caiga martes trece, por la noche te vas al cerro más alto, lejos del pueblo. Una vez en el lugar y bien antes de la medianoche pendés un fogón y en tres tinamastes ponés una olla, metés dentro los tres gatos e inmediatamente la tapás con la otra olla. Atizás el fuego hasta que las ollas se pongan coloradas, sacás entonces la cruceta y esperás la media noche. A las doce en punto salta la olla de encima y entre la humareda negra aparece el diablo con un sable en la mano y con vos estruendosa te grita:
-¿Qué querés de mi?
Vos le contestas sin miedo, pues si te acobardás, te lleva.
-Quiero los tres negritos, y empezás a tirarle filazos sin parar hasta hacerlo recular, y entonces, el diablo se para y te dice:
-Tomá los tres negritos que me has ganado. Y después de decir esto desaparece en una nube espesa y hedionda a azufre.
El viejo terminó su cuento con estas palabras:
-Yo nunca me he atrevido a entenderme con el pisuicas pues de seguro vendría por mi alma el día de mi muerte.
Siguieron los boyeros contando cuentos de aparecidos y botijas.
Nosotros nos fuimos a la casa con miedo del diablo. Dormí en la sala en una estera sin quitarme la ropa, con la mano en la bolsa apretando los billetes de la venta de los sombreros por miedo, que dormido, me los fueran a robar. A las cinco de la mañana, al ruido del trajinar de las mujeres en la cocina, me levanté y, después de tomar café con tortillas y natilla, fui al corral y me despedí de aquella buena familia.
Con el caballo descansado empecé a subir las empinadas cuestas y después de pasar por Palmares llegué a San Ramón a las once de la mañana.
Mamá, que estaba muy asustada porque Lencho, el correo, no le había dado noticias mías, dio gracias a Dios cuando me vio llegar.
Me dijo:
-Nunca más lo vuelvo a dejar ir solo a lugares lejanos.
Al día siguiente desperté el asombro de mis compañeros con la nueva aventura.


EN LAS MINAS DE ABANGARES

Terminé la escuela primaria con un certificado de honor. Con el propósito de que pudiera completar mis estudios en el Liceo de Costa Rica empezó mamá a hacer gestiones para solicitar una de las becas que para estudiantes de provincias ofrecía el Ministerio de Educación. Llegó en esos días una carta de papá procedente de la mina de Abangares en que decía tener la posibilidad de conseguirme un puesto de aprendiz en los talleres mecánicos de la Sierra.
Mi madre me hizo muchas reflexiones: estaba en juego mi porvenir y mi educación. Ella creía que a mi edad sería peligrosa la influencia de los mineros que tenían fama de malas costumbres. A pesar de sus preocupaciones, como era respetuosa del pensamiento de los demás, me dijo que decidiera.
Resolví estudiar mecánica y le prometí no olvidar sus consejos. Días después llegó a casa el tío Gabriel Gamboa montado en una mula y con un caballo retinto de diestro.
-María- dijo Gabriel- vengo por Chepe para llevarlo a Las Juntas por encargo de José. Saldremos la semana entrante para Esparta, y de ahí por el camino del arreo hasta Las Juntas.
-Está bien –dijo mamá con lágrimas en los ojos- le alistaré la ropa.
Para mi era una aventura conocer la mina de que tanto había oído hablar, la misma mina que había descubierto el Abuelo Alvarado. Se me hizo larga la semana. Por fin llegó el lunes, día de la partida. A las cinco de la mañana, después de abrazar a mamá que me dijo al despedirse: -Dios le acompañe, y no olvide encomendarse a El todos los días-, dije adiós a mis hermanitas y monté en el caballo grande de papá. Por el camino me explicaba Gabriel cómo era la vida en Las Juntas y en las minas. El administraba la finca Las Mesas, de Mr. Crespi, quien abastecía de ganado y de mulas a la compañía minera. A las siete de la noche llegamos a Esparta y nos alojamos en una finca de sesteo. Soltamos los caballos en el potrero después de darles un cuartillo de maíz con sal. Nos acostamos en tijeretas de lona. Yo casi no pegué los ojos por los alepates. Muy temprano del día siguiente continuamos el viaje tomando el camino del arreo que era a su vez la comunicación con Nicaragua. Llegamos al pueblo de Miramar y seguimos un camino interminable con un sol que picaba y teniendo que atravesar varios ríos pedregosos que maltrataban las patas de los caballos.
Como no estaba acostumbrado a jornadas largas, con frecuencia cambiaba de posición en la montura.
Viendo mi incomodidad me dijo Gabriel:
-Olvidaste ponerte un poco de sebo, muchacho.
Al atardecer llegamos a Las Juntas. Papá, salió a recibirnos. Entramos al negocio que él tenía en ese lugar. Había dejado de trabajar en la mina para convertirse en comerciante.
A la mañana del día siguiente salí a explorar aquel pueblo nuevo para mí. A los lados de una calle larga paralela al río Abangares, se encontraban los establecimientos comerciales, la oficina de Correos y Telégrafos, la Agencia de Policía, y algunas casas de habitación. Me dijo papá que ese pueblo estaba muy silencioso, pero que el próximo sábado, día de pago, se llenaría de gente y de bullicio.
Llegó el sábado. El pueblo se llenó de mineros de Tres Hermanos, Gongolona y la Sierra. Por el camino de Manzanillo entraron tahúres y mujeres de la vida licenciosa que esperaban pasar tres días del jolgorio y llevarse el dinero de los mineros. Durante estos días se oían marimbas por todos lados; los hombres pasados de licor armaban escándalos y sacaban a relucir pistolas y crucetas.
Papá, por el daño que podía producirme el observar la locura de los mineros en días de pago, me dijo a la mañana siguiente:
-Esta tarde, se va para la Sierra a trabajar con don Manuel Marín mientras se resuelve lo de su puesto en el taller mecánico.

Llegué con mi pequeño equipaje a la casa de don Manuel. Me recibió amablemente y me alojó en un cuarto con su hermano Ismael, un muchacho de una edad semejante a la mía. Inmediatamente nos hicimos amigos.
La Sierra era un pequeño caserío: tenía comisariato, hospital, Agencia de Policía y una fábrica de hielo administrada por el señor Marín.
Ismael, que ya sabía manejar las máquinas, empezó a enseñarme su mecanismo. Todo lo que aprendía me parecía maravilloso. Recordaba algunas de las lecciones de física que en ese momento se hacían realidad. Supe cómo un compresor hacía pasar el gas de amoniaco por una tubería que en forma de serpentín estaba dentro de un gran tanque de agua salada y cómo el constante circular del gas iba extrayendo el calor del agua y bajando su temperatura. Durante ese proceso que duraba veinticuatro horas, cuarenta moldes de acero llenos de agua colocados dentro del tanque, se convertían en hielo.
Por las tardes, después del trabajo del día, salía a conocer los diferentes departamentos de la Sierra. Al frente de la fábrica de hielo estaba el taller mecánico dirigido por Mr. Daly. A un kilómetro del pueblo, al borde de una ladera se encontraba el edificio de los mazos.
Con un ruido atronador que hacía vibrar toda aquella enorme estructura de hierro, se oía el golpear seguido de sesenta enormes mazos de acero que trituraban el cuarzo.
El mineral extraído de los socavones de la mina de Tres Hermanos era transportado por un andarivel de unos ocho kilómetros de largo hasta un lugar llamado Los Chanchos. De allí a los mazos por una locomotora “La María Cristina” , bautizada con ese nombre en honor de la señora de Mr. Keith, presidente de la Compañía Minera Abangares Gold Field y su mayor accionista.
Las baterías de mazos se componían de diez por sección. En un eje de acero de siete pulgadas de diámetro estaban colocadas unas lengüetas excéntricas que iban levantando vertical y alternativamente una barra con un mazo en su extremo inferior de unas doscientas libras que caía en un mortero de acero. Esta batería era alimentada con mineral quebrado y solución de agua con cianuro de potasio. La molienda que se producía al golpear aquellas seis baterías de mazos pasaba convertida en agua espesa y lechosa a través de cedazos finos de bronce y venía a caer sobre láminas de cobre previamente azogadas con mercurio. Sobre las planchas quedaba la mayor parte del oro convertido en amalgama al unirse al mercurio. Esta amalgama se pasaba a una retorta para extraer el mercurio por el sistema de vaporización y condensación. El oro separado en la retorta se pasaba al crisol. Luego se chorreaba en moldes para obtener barras las cuales eran más tarde exportadas a los Estados Unidos. El agua lechosa o lama después de haber pasado por las planchas conservaba alguna porción de oro. Para extraerlo se hacía pasar la lama por tuberías hasta la planta de filtros. Estaban ubicados éstos en el bajo de la ladera a una orilla del río Abangares. Caía la lama en grandes tanques de madera donde se agitaba mecánicamente para que la solución de cianuro que tenía fuera extrayendo el oro. Después de este proceso pasaba a los filtros. Estos tenían en el fondo lonas muy resistentes por donde pasaban todo el líquido extraído por bombas a cajas llenas de zinc en filamentos; allí se precipitaba el oro de la solución de cianuro. Ya descargada la solución era bombeada hasta las baterías de mazos a sufrir el mismo proceso en un sistema de rotación continua. El precipitado de zinc con oro que se obtenía era fundido en barras de un color gris que se enviaban a los Estados Unidos para su refinamiento.


LAS MINAS DE BOSTON
Y GONGOLONA

Tenía ya seis meses de trabajar en la Sierra cuando mi padre, por medio de don Elías Garita, me consiguió el puesto de aprendiz de mecánico en la mina de Boston.
Una mañana temprano me despedí de mis amigos de la Sierra y salí a caballo rumbo al lugar donde me esperaba mi nuevo trabajo. Llegué a lo alto de la montaña y empecé a bajar una cuesta desde la cual iba divisando allá en el fondo, el pequeño caserío. Bordeando el río Boston, afluente del Abangares, veía una fila de casitas de madera y campamentos en forma irregular y al frente, estrujándose, otra serie de casitas recostadas al borde de una peña alta, en la cumbre de la cual se levantaba, semejando un castillo con sus grandes murallas de piedra, la casa del administrador. Un puente atravesaba el río. A la derecha, con sus techos escalonados que seguían la inclinación de la ladera, el edificio de mazos y filtros. A la izquierda, el comisariato, el hotel de los norteamericanos, la panadería, la química, y más arriba, sobre la ladera, a la entrada de un túnel, el taller mecánico. Del taller seguía el camino caracoleando los cerros de Kroping hacia las minas de Gongolona y Año Nuevo.
Cuando llegué al caserío de Boston me encontré con Elías Garita.
Era el señor Garita el forjador del taller mecánico. Tenía unos treinta años, era bajito, de contextura fuerte y musculosa, con pelo rubio, cara rojiza, nariz quebrada, ojos pequeños y vivos. Se mantenía soltero. Solía decir que no quería estar maniatado al yugo de una mujer.
Me dijo:
-Bueno Chepe, aquí seré tu papá, así es que a portarte bien. Mañana te llevaré al taller.
Me costó conseguir que el macho mister Lapraik te admitiera de aprendiz, pues no le gustan los muchachos. Tengo que decirte que es uno de los mejores mecánicos llegados al país. Es inglés. Por muchos años fue el jefe de talleres de la Northern del ferrocarril a Limón.
Con Garita fue a comer a la casa de Calistenia Jiménez donde por la comisa se pagaba un colón al día.
A la mañana siguiente conocí a mister Lapraik:

era alto, rubio, de barbilla muy pronunciada; mascaba tabaco que botaba en un soplido seco y, de seguido, fumaba en su pipa larga tabaco en hebritas rubias. En muy buen castellano me dijo:
-Tu eres Pepi, vamos a ver si sirves para algo, muchacho-. Y dirigiéndose a Garita le dijo:
-Déjelo con usted en la fragua. Y dicho eso, se marchó a la oficina.
Ayudante de Garita era Salvador Palma, un ramonense como yo. Empecé dando vueltas a un abanico para soplar carbones encendidos y calentar al rojo vivo un enorme pedazo de hierro. Cuando éste estuvo a punto, Garita lo cogió con unas enormes tenazas, lo colocó sobre el yunque y empezó a martillarlo al tiempo que Palma le daba con un mazo de dieciséis libras hasta lograr fabricar una pieza de forma determinada.
En el calentón siguiente me tocó aprender a usar el mazo acompañado de Palma. Decía Garita:
-¡Un, dos, tres!- y el tres era mi golpe. Ese día aprendí a pegar con el mazo. Terminé por la tarde sudoroso y cansado.
Al día siguiente observé cómo se hacían caldas, es decir, cómo se pegaban entre sí dos barras de hierro o de acero.
Los dos pedazos previamente preparados con uno de los extremos en forma de cuña por el martillo de Garita, se colocaban de nuevo en la fragua hasta conseguir que se pusieran casi en estado de fusión; le agregaban un poco de atincar en polvo y rápidamente Garita colocaba el extremo caliente de uno de ellos sobre el yunque; el ayudante corría a colocar encima el extremo del otro y empezaba a martillar rápido el de Garita quien dirigía al mismo tiempo los mazazos de Palma entre un chispero de luces disparadas en todas direcciones. En esa forma la pieza quedaba perfectamente caldada y sin la menor huella de unión.
Los forjadores de aquel tiempo eran verdaderos maestros; hoy casi no se encuentran porque han sido eliminados por la soldadura eléctrica.
En el taller había dos tornos para hierro, un taladro grande de cabeza movible, esmeriles y el equipo indispensable para las reparaciones de las diferentes máquinas de la mina.
A los seis meses de ayudar en varios trabajos –hacer tornillos, roscas a tubos de cañería, limar y pulir piezas- me puso Mr. Lapraik en el torno pequeño a tornear barras lisas de bronce para las bombas de agua. Como avancé rápidamente en otras diferentes obras de torno, Mr. Lapraik me dio por su propio gusto lecciones de dibujo lineal y, desde entonces, dibujaba las piezas que quería obtener en el torno y además la maquinaria mayor en el caso de instalarla. Me dio Mr. Lapraik las llaves de su oficina para que cuidara y limpiara todas las herramientas finas.
En la oficina encontré latas de tabaco inglés en hebritas doradas que fumaba Mr. Lapraik. Yo había comprado en el comisariato una pipa inglesa y cuando el jefe se iba a Gongolona cogía poquitos de tabaco y empezaba a fumar. Me gustaba echar bocanadas de humo perfumado mientras trabajaba en el torno. Garita, desde la fragua, me avisaba cuando venía Mr. Lapraik pues aunque todos fumaban a mi me lo tenía absolutamente prohibido. Una mañana se descuidó Garita y entró el jefe y me vio muy tranquilo fumando; hizo una señal a Garita para que se callara y me desprendió la pipa de la boca con un tirón que por poco se lleva mis dientes. En seguida me dio un rodillazo por la trasera que siempre recuerdo porque me sirvió de estímulo para ser más responsable en el trabajo.
Mr. Lapraik empezó a llevarme con él a instalar bombas a la mina de Gongolona. Nos íbamos en el tranvía eléctrico que transportaba el mineral, pasábamos por el túnel que atravesaba la montaña Kroping en una distancia de un kilómetro y que tenía la entrada a la par del taller, seguíamos por la margen del río Abangares y después de pasar un pequeño túnel llegábamos a Gongolona. Ahí estaba instalado un aserradero y un compresor y, además había campamentos para los peones y algunas casas para empleados.
La línea del tranvía entraba por la boca del túnel de la mina hasta el pozo que comunicaba con los diferentes niveles de donde se extraía el mineral. En un espacio amplio cortado en la roca se encontraba el winche eléctrico con su enorme tambor al cual se arrollaba un cable de acero de una pulgada. Con éste se transportaba desde el fondo de la mina, por un pozo de quinientos pies de profundidad, todo el mineral que se extraía de los diferentes desbancos. Ese pozo forrado de maderos de níspero o chirraca de ocho pulgadas por ocho se componía de dos secciones o pozos; por uno salían todas las tuberías con las que las bombas achicaban la mina; los tubos con aire comprimido para las diferentes máquinas de barrenar y los cables eléctricos para mover los motores del equipo de bombas. Por la otra sección bajaba o subía, encarrilada por dos guías de madera de pochote, una jaula de acero que transportaba en cada viaje un carrito con una tonelada de mineral. Por esta misma jaula bajaban los mineros a sus diferentes trabajos. Cuando faltaba la corriente los hombres salían de la mina por escaleras colocadas en la sección de tuberías. Uno de los trabajos más importantes era el mantener la mina siempre seca, razón por la cual las bombas debían encontrarse en buenas condiciones.
Las bombas que funcionaban en el nivel cinco levantaban el agua al nivel tres donde había un depósito hecho en roca. Del depósito pasaba al nivel uno por medio de otra serie de bombas.
En el nivel cinco del pozo de Gongolona tuve un accidente que dejó para siempre señales en mis dedos. Bajamos por la jaula una bomba eléctrica grande de cinco pulgadas de descarga; apenas cabía ajustada. El trabajo de sacarla demoró una hora; había poca iluminación en la estación de bombero y con el agua que caía de las rocas el piso esta resbaladizo. En el momento en que movía una barra para levantar un extremo de la bomba, resbalé y metí la mano en el engranaje que funcionaba a mi espalda. Cuando me di cuenta tenía machacadas las puntas de los dedos. Tuve que salir para Las Juntas para que mi padre, que tenía una farmacia, me curara.
Poco tiempo después llegó Emilio Aubert a trabajar de tornero en el taller mecánico. Aubert se interesó mucho por mi y me enseñó todo lo que él sabía.
En la compañía minera se trabajaba durante diez horas diarias a excepción de los domingos en los cuales el trabajo terminaba a las tres de la tarde. El día de pago era el único libre del mes. En ese día algunos mineros se iban para Las Juntas. Los otros se quedaban en el pueblo. Por esa noche, en un trecho de la calle, colocaban mesas cubiertas de tapetes blancos o de sábanas, y empezaban a correr los dados. Los mineros tenían gran pasión por el juego, por el licor y por las mujeres. El licor era prohibido; pero a pesar de eso, por entre los matorrales llegaban los contrabandistas con grandes cantidades de chirrite.
Un día de pago, con mi amigo Ismael Alvarado, recorrí el pueblo lleno de música, de marimbas y de gritos de mineros. Buscábamos a Garita que en tal día empinaba el codo; lo encontramos y lo llevamos a la casa.
Al día siguiente, cuando salía del taller para el almuerzo, me encontré con un grupo de mineros alrededor del cepo donde estaban prensados por los pies un campesino, su mujer y uno de sus hijos por el delito de vender chirrite, como podía suponerse, pues a su lado estaban los calabazos. El cuadro era muy doloroso: la mujer con la cara cubierta de lágrimas, de pena y de dolor seguramente, y a su lados dos hijos pequeños llorando. Un minero llevó un poco de agua a esa pobre gente y preguntó a un policía que por qué los tenían así. Le contestó que era por orden del administrador y que ahí estarían hasta que el resguardo viniera a llevárselos. También eran castigados los trabajadores cuando les encontraban piedras con oro. Les ataban las manos a la espalda y a pie los conducían a la prisión más cercana.
Los mineros se fueron murmurando porque en las minas no había más ley que la que imponían los jefes norteamericanos. Yo empecé a sentir contrariedad y resentimiento contra nuestros gobiernos que daban concesiones tan amplias para las explotaciones mineras con poco provecho para el país.


BAILE DE MINEROS

Al cumplir mis veinte años, en 1915, llegó a la mina de Boston el Presidente de la República don Alfredo González Flores en compañía de don Federico Tinoco y otras personas. Allí conocí a don Alfredo a quien después llegué a estimar por su lucha en contra del monopolio de las compañías eléctricas.
Celebrando la visita del presidente González hubo un baile en Gongolona al que resolvimos asistir algunos empleados de Boston. Del grupo recuerdo a don Tuto Quirós, don Venancio Larrad, don Emilio Aubert, el cajero Venegas y Mr Berry. Alumbrados por mamparas, especie de linternas en que, por medio de una caja de latas se protegen las candelas del viento, nos encaminamos a tomar el tranvía que con los carros vacíos salía para Gongolona a recoger el mineral. Paró el tranvía por el túnel de Kroping, siguiendo el camino que bordeaba el río Abangares y quince minutos después estábamos en el baile.
Los mineros rodeaban un piso de tablas hecho para esa ocasión en el patio del aserradero; lucían camisas blancas y pantalones engomados. Unas mujeres estaban sentadas en tucas labradas que se encontraban a los lados de aquella improvisada pista de baile mientras los más jóvenes bailaban al son de una marimba guanacasteca. Esa noche la luna que alumbraba esplendorosa eclipsaba la luz del os bombillos eléctricos. Nos acercamos a mirar el baile; deseábamos que algunos de los que bailaban nos cedieran las compañeras porque casi todas las mujeres de la mina tenían “su hombre” sin el cumplimiento de la ley. Algunos de mis compañeros empezaron a bailar. Yo me quedé sentado en una troza sin atreverme a invitar a una muchacha. De pronto, de aquella multitud de parejas, se desprendió una que vino directamente hacia mi y me dijo:
-Quiero bailar con vos.
-¡Adentro Chepe! –dijo Emilio Aubert.
Yo todo azorado tomé el brazo a la compañera y empezamos a bailar un paso doble. Cuando terminó la pieza la llevé donde estaban las otras mujeres. Ella me cogió del brazo y me dijo:
-No tengas miedo, no tengo novio.
Apenas tendría dieciocho años y me contó que era de Esparta y que se llamaba Digna. Estábamos parados esperando la nueva pieza cuando se presentó un minero joven y buen mozo que me dijo:
-¿Me permitís la compañera?
-Con mucho gusto, -le contesté.
La muchacha asustada le dijo:
-Con usted no bailo ni quiero nada, váyase y no me moleste más.
Intervinieron algunos mineros y se llevaron al galán enamorado al otro extremo del patio.
Yo estaba asustado pensando que iba a haber pleito. Digna me dijo:
-No tengás miedo, vamos a bailar; ese tonto me tiene aburrida.
El hombre desairado miraba a mi compañera con ojos de pasión. De pronto, en el girar de las parejas, cuando le quedamos más cerca, sacó un puñal y lo levantó en alto. Al darnos cuenta de su actitud todas las parejas nos detuvimos temerosas de lo que pudiera suceder. El joven dio un paso y luego sin decir una palabra, bajó su mano con rapidez y violencia clavándose el puñal en el pecho. Así murió ese minero en un acto de heroísmo rebelde por el desamor de una mujer. Yo me quedé horrorizado. Aunque no sentía ninguna responsabilidad por la muerte del joven me quedó el recuerdo amargo de esa experiencia en mi primer baile entre mineros. Nunca supe el nombre del muerto y la Digna desapareció del lugar.


REGRESO DE LAS MINAS

Después de trabajar cinco años en los talleres de las minas me consideré un buen tornero. Comprendí sin embargo, que necesitaba ampliar los conocimientos de mecánica. Con ese propósito resolví trasladarme a San José para buscar trabajo en el Ferrocarril del Atlántico.
Dejé las minas dirigiéndome antes a San Ramón donde pensaba permanecer corto tiempo.
Don Francisco Orlich me dio trabajo en su fábrica de mecate y beneficio de café en San Rafael. Barrio cercano de la ciudad de San Ramón. Me asignó un salario de C1,50 al día.
En mi nuevo empleo comencé pro mejorar la máquina desfibradora que había sido armada sin seguir las instrucciones de la fábrica; hice después brocas para moldes que sirvieran en la chorrea de tapas de dulce y, para ganar algo más, atizé por las noches la caldera y cuidé de la secadora de café.
El motor que en un principio sirvió para mover la maquinaria de la fábrica se utilizaba entonces únicamente para la secadora. El sistema de calentamiento era anticuado. El calor se producía al pasar el escape del motor por los serpentines de un radiador. Como había un gasto innecesario de vapor que me obligaba a atizar con frecuencia la caldera, propuse a don Francisco alimentar con vapor directo los serpentines.
-Mirá Chepe –me dijo- vos no vas a saber más que los ingleses que instalaron ese sistema.
-Don Chico, me gustaría probar.
-Bueno, pero por tu cuenta, no te pago el tiempo que tardes haciendo el trabajo.
En un día dejé hecha la instalación con tubos de una pulgada y con válvulas que regulaban la salida del vapor.
El nuevo sistema empezó a funcionar. Don Chico observaba con desconfianza. No quedaron dudas.
La labor nocturna se haría más fácil. Dos o tres atizadas bastarían para mantener el calor de la estufa y me quedaba tiempo para leer los libros de física que había pedido a la Librería de doña María viuda de Linares, a San José.
Don Chico, además de no pagarme el tiempo que ocupé en la instalación, descubrió que el guarda podía atizar la estufa por la noche y economizar de esa manera, el pago de mis extras.
Dejé el trabajo en la fábrica porque me sentí descorazonado al no recibir estímulo por mis beneficios a la empresa y obtener, en cambio, un rebajo de mi salario.
Cuando me despedí de don Chico, éste me dijo:
-Chepe, piedra que rueda no cría lana.
No se le cumplió el vaticinio porque no era yo una simple piedra que rodaba.


EN SAN JOSE

Durante los dos primeros meses trabajé en el taller de don Alfredo Ramírez torneando pequeñas piezas para combinaciones de cajas fuertes. Me coloqué después en los talleres del Ferrocarril al Atlántico por recomendación de don Emilio Aubert a quien había conocido en la mina de Boston.
El sueldo que me asignaron fue de $1,00 al día que equivalía en esa época a C2,15.
Obtuve hospedaje en una fonda que se encontraba cerca de los talleres del ferrocarril donde tendría que pagar C1,00 al día por alimentación y C10,00 al mes por el cuarto. Debía ser económico porque el pequeño sueldo mensual apenas alcanzaba para agregar a esos gastos el de lavado de ropa y el de gastos personales. Cuando más tarde asistí al Teatro Variedades fui invitado por mis compañeros.
En el primer trabajo que me encargaron en el taller no tenía experiencia. Ayudando de las indicaciones de don Emilio Aubert y de mi ingenio logré hacerlo bien. Debía hacer un cuñero en una enorme rueda de compresor. Comencé por preparar y afilar la herramienta que colocaría después en un cepillo vertical para darle la forma apropiada. Además de ese trabajo se me encargaron otros. Pocas semanas después pasé a ocupar el puesto de tornero que había dejado un mecánico inglés.
En un torno grande y viejo torneaba los pines o ejes para las vielas de las locomotoras y los bushings o camisas de bronce para las mismas. Esa labor que debía ser hecha con precisión en ajuste exacto, me gustaba.
Cada día ponía mayor empeño en mi trabajo. De ese modo logré superarme. Por haber agotado el stock de pines y bronces acumulados, con un rendimiento mayor que el del mecánico inglés, fui felicitado por el jefe superior.
Mientras se preparaba más material para el torno me pusieron en un cepillo horizontal a cepillar cajas de hierro fundido para las chumaceras de los carros del ferrocarril.
Algunos compañeros me dijeron que el inglesito ganaba $4,00 mientras por el mismo trabajo yo recibía C2,15 que alcanzaba para medio vivir. Sin embargo, tenía poca esperanza de aumento porque, cuando lo solicité a mi jefe inmediato me contestó que ya lo había propuesto a Mr. Reny quien le había respondido que yo seguía siendo un aprendiz
Era Mr. Reny un ingles que nunca saludada, tuerto y mal encarado. Resuelto, fui una mañana a su encuentro y le dije:
-Mr. Reny, tengo un año de trabajar aquí. Deseo me mejore el sueldo.
Respondió en forma airada y brusca:
-¡What! ¡What! ¡Vaya a su trabajo!
Me dio la espalda y se fue. Mi mansedumbre se sublevó. Recogí mis herramientas, mi saco y mi sombrero y, sin hacer caso a las reflexiones de mis compañeros, fui a la oficina a entregar mi ficha y a pedir que me pagaran mis salarios. El negro que atendía se asustó pues era raro que algún obrero dejara su trabajo en la forma en que yo lo hacía. Fue a consultar al macho. Regresó y me dijo:
-Tengo orden de no pagarle.
Muy bien. Voy ahora mismo a la Agencia de Policía.
-Espera, espera.
Volvió enseguida y me pagó. Salí de aquella empresa a buscar un nuevo trabajo.



EN LIMON

Esa misma semana tomé el tren hacia Limón con sólo veinte colones en el bolsillo y una carta de recomendación para una casa de huéspedes. La señora de la pensión me dio hospedaje.
Al día siguiente de mi llegada me dirigí a los talleres de la Northern Raiway Company en busca del segundo jefe a qui3en había conocido en San José.
Nos saludamos y él me preguntó:
-¿Qué hace por aquí, Gamboa?
-No tengo trabajo y quería molestarle…
-No se preocupe. Estoy seguro de conseguirle una buena colocación. Me ocuparé de eso. Venga mañana.
Al otro día me recibió apenado y me dijo:
-Nada pude hacer porque Mr Reny telefoneó ordenando que no le diéramos trabajo.
La mano larga y mala del tuerto Reny me había alcanzado hasta Limón.
Me encontraba sin dinero, sin trabajo y lejos de mi familia. Empecé a preocuparme. Recordé que en la ciudad vivía don José María Alvarado, ramonense y amigo de mi madre. Me enteré que trabajaba de bodeguero en el Almacén Knörr. Fui a su casa a hacerle una visita. Recibí una acogida cordial tanto de él como de su señora y de Nina su hija adoptiva, a la cual había conocido de cinco años y veía ahora transformada en una bonita muchacha de quince años.
Al otro día de mi visita me acompañó don José María al taller mecánico de los señores Garnier donde encontré trabajo. El torno era semejante al de la mina de Boston en donde realicé mis primeros trabajos de tornero. Se encontraba detenida, por falta de mecánico, la reparación de una pequeña locomotora de transporte de banano. Había bastante que hacer. Comencé por reparar las herramientas del torno y por afilar las cuchillas.
Cuando finalizó la primera semana de labores se me acercó el Sr. Turenne que dándome una palmaditas por la espalda me dijo:
-No habría podido creer que a su edad fuera usted tan buen mecánico. Por ahora, sólo podré pagarle C4, 50 al día, pero le ofrezco un cuarto con baño en los bajos de mi casa.
Sentí satisfacción por el reconocimiento que era el resultado de mi esfuerzo y, más que todo, orgullo, porque se me decía que era un buen mecánico.
Todos los días a las cinco de la mañana tomaba el desayuno y después me dirigía al muro del tajamar para fumar mi pipa. El sabor agradable del tabaco y la brisa salobre del mar me hacían imaginar barcos de vela que se deslizaban en el lejano horizonte con la belleza de los primeros resplandores del sol naciente.
Del tajamar me encaminaba al trabajo con la cara humedecida por el salpicar de las olas al reventar en las rocas y con una ilusión, la de viajar por aquel inmenso océano hacia mundos desconocidos.

(Acá termina el primer libro del Abuelo Gamboa, MEMORIAS. De seguido, EL HILO DE ORO)


P R O E M I O


Este libro de don José Gamboa Alvarado, titulado con mucha propiedad EL HILO DE ORO, y que en realidad es el libro de oro de su maravillosa vida, completa otro volumen suyo, anteriormente publicado, que modestamente tituló MEMORIAS. En el primero, que tanto deleite produjo a sus lectores, su autor hace desfilar ante nuestra vista, como en una película cinematográfica que no quisiéramos ver interrumpida, su vida de niño y de adolescente en la ciudad de San Ramón, su tierra natal, “Villa linda” como él la llama en el primer capítulo de su libro , y que sigue siendo linda, en sus aspectos físico y espiritual, pues pareciera que la musa de la poesía hubiera derramado el fulgor de la belleza en el alma de los hijos de esta tierra privilegiada. Tal el numen de sus escritores.
Durante su vida de niño y de adolescente, don Chepe, hipocorístico con que lo nombramos cariñosamente sus amigos, como hijo mayor de una familia de escasos bienes, hubo de ayudar con su trabajo a sus padres y hermanos menores. Fue un obrero que pronto se hizo, aún muy joven, un experto en la artesanía de la mecánica. Con un talento poco común, con habilidad para la inventiva y con una fe inquebrantable en sus propias fuerzas, fue destacándose en un oficio que, con el correr de los años, le sirvió para construir las primitivas máquinas con que realizó su sueño: aquel proyecto que muchos consideraron utópico, de levantar en la ciudad de Heredia lo que actualmente es una pujante empresa de importancia para la economía nacional. Esa vida tan llena de contrastes, de peripecias y, en cierta forma, de aventura, merecía ser escrita y nadie mejor para hacerlo que el propio señor Gamboa Alvarado, que ha sido el principal actor en ella.
En el volumen nuevo de sus memorias, el autor nos relata la etapa más importante de su vida de luchador tenaz: la época en que compartió, en las minas de las Sierra de Abangares, de Tres Amigos y de Gongolona, las fatigas, las angustias, los peligros, las tristezas y las escasas alegrías de los mineros. Conmueve la descripción de lugares, de personajes, de costumbres, de la vida de humildes trabajadores que en la profunda oscuridad de la tierra rocosa, buscan el hilo de oro y extraen el metal precioso del cual apenas obtienen un mísero salario para ir tirando de la vida con la angustia de que en un no lejano día morirán, si no de un accidente, de la tisis en la cama de un hospital o en un rancho olvidado en la montaña.
Este libro de recuerdos que los lectores, sin duda, leerán de corrido, se vierte en una prosa llana y sencilla, lo que la hace más atractiva. El autor revela cómo ha logrado escalar, a fuerza de tenacidad y de talento, la cumbre de una vida útil y generosa. La clave de ese lauro, él mismo la revela al final del libro en que nos dice:

“Me detengo en la cumbre de mis sesenta y seis años y miro la senda recorrida.
Un hilote oro encontré entre las rocas pero otro más valioso y más cierto en las
lecciones de la vida. Este hilo nunca roto, se originó en el amor de mi madre y su ejemplo
de abnegación y rectitud. A lo largo de mi juventud se fortaleció en el aprender tenaz,
a la par de hombres trabajadores y buenos, maestros algunos, y humildes muchos de
ellos como los más humildes de la tierra.”

Víctor Ml. Elizondo









MI PRIMERA NOVIA

La descubrí a través del ventanal que daba luz al taller mecánico.
Al frente, adornado con macetas de ramales florecidos, había una ventana por donde todas las mañanas asomaba una encantadora joven de ojos grandes y profundos y cabellos enlazados en dos trenzas.
-Buenos días –con voz cristalina me dijo una mañana.
-¡Qué lindas flores! –contesté.
Sonrió esfumándose en la penumbra de la habitación.
A la mañana siguiente esperaba el saludo de la vecina. Me miró, se puso un dedo sobre los labios y continuó regando las flores. La silueta de un viejo en el fondo de la habitación me explicó la señal de silencio.
Unos compañeros de taller me dieron informes acerca de la joven. Ángela había venido de España hacía varios años en compañía de su tío. El viejo era de malas pulgas. Su negocio de transporte con carretones lo mantenía ocupado durante el día. Mientras tanto, la joven pasaba recluida en aquella casa vieja y triste.
Ahora Ángela venía con más frecuencia a la ventana. Por las tardes se sentaba a tejer. La miraba y cada vez la encontraba más linda. La quería y no me atrevía a decírselo.
Una mañana apareció con una tarjeta en la mano. Estaba maliciosa. De pronto me la mostró. En la tarjeta decía con letras doradas: “¡Te adoro!”
Me atrevería a escribirle; pero…¿cómo hacer llegar la carta? Una tarde, cuando Ángela tejía cerca de la ventana, le mostré un papel doblado con la intención de tirárselo pues la distancia era corta. Me hizo señal de que esperara. De su costurero sacó una carrucha son hilo grueso; la tiró hasta mi ventana y así se estableció nuestro correo con un cordelito.
Tuve el encargo de reparar todas las partes de la locomotora de Monte Verde. Cuando terminé la reparación se decidió que debía ir con el señor Garnier a armar la máquina a la finca bananera. Informé a Ángela que estaría ausente por cuatro semanas y ella me dio la dirección de una amiga para continuar la correspondencia.

La víspera de la partida le manifesté que quería verla para despedirme. ¿Cómo lo conseguiríamos con el viejo tan cascarrabias? Leyó detenidamente el mensaje y poco después me mandó su respuesta.
-Venga a las cinco de la mañana a la puerta de la cocina.
Por ser esta mi primera cita amorosa, esperé emocionado.
Se entreabrió la puerta. Me acerqué con temor al viejo que tosía en el dormitorio. Besándonos, Ángela me dijo en un susurro: -Ahora, váyase, mi jazmín del valle!
Por fin tenía una novia.
En Monte Verde nos alojamos en el segundo piso de una casa grande. Comíamos en la casa del mandador, un moreno que tenía una mujer muy simpática. Era la señora buena cocinera; nos servia magnífica comida pero la condimentaba con aceite de coco. Me costó acostumbrarme.
Al tiempo que montábamos las diferentes partes de la nueva locomotora, ajustamos y centramos la que estaba en uso.
Aproveché la oportunidad para conocer una plantación de banano. Observé largas filas de trabajadores, negros en su mayoría, transportando sobre sus cuerpos sudorosos y quemados por el ardiente sol, enormes racimos que luego estibaban en los carros del tren.
Uno de los trabajadores me dijo que ellos se encontraban expuestos a la mordedura de serpientes venenosas que a veces se escondían en los racimos de bananos. La mordedura era mortal por no contar entonces con el recurso de los antiofídicos.
Todos los días recibía tarjetas en verso y escribía las mías las mías en verso. Seguramente me inspiraban las Brisas de la Paz, el manantial poético de los ramonences.
Pasaron las semanas. Volví a Limón con la ilusión de mi linda novia. Al día siguiente la vi por unos pocos minutos. Continuamos nuestros amoríos por medio del cordelito y los encuentros en la cocina, cita que nunca prolongamos por temor al viejo tío.
Estaba enamorado de Ángela y al mismo tiempo tenía amistad pasajera con la hija de mi amigo José María Alvarado. Con esta joven fui a las retretas y asistí a algunos bailes de la vecindad. Cuando supo la españolita lo mis relaciones con Nina, me devolvió mis cartas y tarjetas por medio de una amiga y, en nota violentísima, me pidió las suyas.
Dos días después del enojo de Ángela me mandó el señor Garnier al muelle de Limón a reparar uno de los motores de la lancha Santa Rosa que hacía viajes semanales a Cahuita, a Puerto Viejo y a otros puertos del litoral Sur. En la imposibilidad de terminar el trabajo antes de la salida de la lancha, se dispuso partir con un solo motor en marcha y arreglar el otro en el trayecto. Viajé por cuatro días. Terminé la reparación de la lancha y la dejé trabajando con los dos motores.
Durante mi ausencia el tío de Ángela encontró las cartas que ella me había escrito; se enfureció y la maltrató. Al día siguiente la sobrina desapareció de la casa. El viejo llegó al taller a buscarme asegurando que yo había raptado a Ángela y que me mataría. No aceptó las explicaciones de Garnier de que viajaba en el Santa Rosa. Al contrario, la noticia confirmó sus sospechas. Por fortuna recibió una carta de su sobrina con la petición de no buscarla porque se iba a Panamá con el hermano.
Pocos días después, pasando por el hotel de Limón con Nina, cayó sobre mi cabeza una cajita que fue tirada desde el segundo piso: la recogí y encontré dentro un papelito escrito por Ángela que decía:
“Venga mañana a las ocho de la noche al pie de la escalera”
Cuando a la noche siguiente nos encontramos me dijo:
-Perdóname, Chepe, por escribirte; me voy a Panamá con mi hermano que llega mañana. De Panamá embarcaré para España donde viviré con mi abuelita. Yo te he querido y te quiero mucho; te llevaré en mi corazón por toda la vida. Ahora despidámonos con la fe de encontrarnos otra vez.
Me abrazó con fuerza y corrió escaleras arriba.


EN HEREDIA

El Gobierno de don Alfredo González Flores estableció la Escuela Normal de Costa Rica en la ciudad de Heredia en 1915.
Con el propósito de que mis hermanas completaran su educación mi madre se trasladó a esa ciudad con la familia.
Me separaban unas pocas horas de mi casa.
Dejé la ciudad de Limón con el recuerdo de mi primera novia y nostalgia por la tierra donde encontré buenos amigos y donde tuve los más felices y penosos ratos de mi juventud. Tenía veinte años cumplidos y un poco de experiencia de la vida.
Mi llegada a la casa fue una alegría para mama y mis hermanos y la mejor dicha para mí.
La casa donde vivíamos era de los hermanos Campos. Estaba a la par de donde está hoy la Ferretería Ulloa.
De la puerta de la casa mirábamos la parroquia, y cien varas al oeste, el Parque Central.
Hice amistad con los hermanos Campos y varias veces los acompañé a Santo Domingo a dar serenatas. Me hice amigo de la familia Quesada. Visitaba su casa por las noches para conversar con las jóvenes y oír su música.
Conseguí trabajo en el aserradero de don Amado Rosabal como ayudante de Homero Pérez el aserrador y encargado de la maquinaria del beneficio de café. El aserradero era movido por una pequeña turbina y una vieja caldera.
Don Amado hacía honor a su nombre por la bondad con que trataba a sus trabajadores.
El sábado me pagaba don Amado mi salario de un colón, veinticinco céntimos al día, con una columna de monedas de veinticinco céntimos.
No podía permanecer mucho tiempo en la ciudad de Heredia: necesitaba ampliar mis conocimientos en mecánica y ganar mejor salario. Debía volver a las Minas de Abangares. Cuando le di la noticia, mi madre se apenó pero me dio la razón.


OTRA VEZ HACIA LAS MINAS
DE ABANGARES

Tomé el tren en San Antonio de Belén arrastrado por una locomotora de vapor que disparaba un torrente de chispas de las que tuve que cuidarme para no llegar chasparreado a Puntarenas. En la roca de Carballo el tren se detuvo mientras quitaban grandes piedras que obstruían el paso. A un lado se veía el mar que en marea alta reventaba las olas sobre la vía, al otro, un corte altísimo en la roca de la cual en ocasiones se desprendían grandes pedruscos. El puente del río Barranca fue otro paso peligroso. A paso del tren, aquel maderamen se estremeció y los pasajeros nos llenamos de terror. Todos los años el río en sus enormes crecientes se llevaba al mar grandes trechos de aquel improvisado puente.
Como si estos sobresaltos fueran pocos, me tocó viajar por el Golfo de Nicoya hasta el puerto de Manzanillo en el Miravalles, un barquito de vapor estrecho e incómodo. El mayor espacio lo ocupaban la caldera, el motor y las estibas de leña de mangle.
Tuvimos mal tiempo desde la Barra de Puntarenas: empezó a oscurecer y a caer fuerte chubasco. El vaporcito pesado y lento se sacudía con cada enorme ola que arremetía por la proa; las olas barrían la estrecha cubierta. Las mujeres rezaban, los marineros con lonas cubrían la abertura que daba a la máquina para impedir que el agua apagara la hornilla de la caldera. El barco caía de una a otra ola. A la una de la mañana se amainó el mar.
A las cinco desembarcamos en el muellecito de Manzanillo. Ahí encontré a Picahueso, el correo. Me traía un caballo que me enviaba mi padre y venía con el encargo de acompañarme a Las Juntas.
En pleno octubre, a las ocho de la mañana, salimos de Manzanillo. Los caballos caminaban con el barro hasta la cincha. Picahueso, a quien anteriormente había conocido en La Mina de Boston, me aconsejó seguir el trillo de su cabalgadura porque, decía él, “las mulas conocen las pisadas peligrosas del camino”. Varios viajeros iban como nosotros: todos en fila al paso lento de los caballos. Habíamos caminado una hora. En el grupo venía una muchacha que montaba muy bien. Nos tomó la delantera. Continuamos por aquella inmensidad de lodo profundo y pegajoso. Adelante divisamos a la joven pidiendo auxilio y haciendo señales con el sombrero. Nos acercamos: estaba hundida hasta la cintura, con la falda extendida sobre aquel mar de lodo.
Del caballo sobresalía la cabeza. Uno de los viajeros cortó una larga vara con la que pudo sacar a la muchacha. Con un mecate logramos, después de bregar largo rato, sacar el caballo. La joven se dio un baño en una quebrada cercana. Uno de los compañeros baño a la bestia.
Después de largo y angustioso viaje llegamos a Las Juntas en donde permanecí la noche de ese día. Al día siguiente salí para la Sierra de Abangares.


EN LA SIERRA DE ABANGARES


En las Minas de Abangares era entonces Mr. Lapraik el jefe del taller mecánico. Lo habían trasladado al taller general de La Sierra de Abangares porque los trabajos de explotación en las minas de Boston y Gongolona se habían reducido. Mr. Lapraik me dio mi anterior trabajo de tornero.
Contiguo al taller mecánico se encontraba el taller eléctrico. En éste trabajaba el ramonense Manuel Miranda. Me ofreció Manuel un cuarto en su casa de habitación. La pequeña casa estaba ubicada en La Bolsa, en el sector norte del caserío de la Sierra de Abangares; tenía dos cuartos, cocina, baño y corredores.
Poseía Manuel un viejo despertador que nos llamaba puntualmente al trabajo. Con frecuencia nos quedábamos sin desayuno porque la mujer encargada de prepararlo no se levantaba temprano. Manuel resolvió que nosotros lo alistaríamos. Conseguimos café molido, leche condensada, una bolsa de manta y una hornilla de leña. Todo resultó muy bien; pero conseguir la leña y prender el fuego nos daba mucho trabajo. Y, además, teníamos que quitar horas al sueño.
Debíamos hacer un calentador eléctrico. Forramos una lata vacía de avena con láminas de mica en la que arrollamos alambre delgado de hierro con el número de vueltas conveniente. Lo probamos en la corriente eléctrica con buen resultado. Lo cubrimos con láminas de asbesto y le agregamos cordón y enchufe. Así estuvo listo nuestro primitivo calentador.
Más tarde nos ingeniamos para hacer que le reloj despertador lo encendiera. Con ese propósito establecimos dos contactos de cobre aislados en el engranaje que hacía actuar la campanilla de modo que, al hacer conexión al sistema eléctrico, se encendía el calentador. Este simple mecanismo nos permitió ahorrarnos las madrugadas y tener café a tiempo.
Poco a poco convertimos la casa en un laboratorio. Manuel Miranda trató de grabar la voz en una cinta de acero por medio del electroimán de un auricular de teléfonos previamente instalado a un sistema con pilas secas, micrófono y otros accesorios. Suponíamos que, al hablar, las variaciones magnéticas de la bovina del auricular se grabarían en una cinta que pasaba por encima del electroimán, y que, al invertir el procedimiento, se oiría la voz. Largas noches de experimentos nos trajeron débiles respuestas. No pudimos comprobar si esas respuestas eran reales o creadas por nuestra imaginación. La idea de Manuel Miranda no fue descabellada pues treinta años más tarde fue posible la grabación en cita magnética.


EL LOCO PALOMO

En la Sierra de Abangares teníamos dos lugares de reunión: el Comisariato de la Compañía y El Palo, refresquería que se encontraba bajo un viejo higuerón frente a la plazoleta del poblado.
Varios empleados y trabajadores llegábamos por las noches al Palo a jugar naipe, tablero o tresillo. Pasábamos el tiempo entretenidos con el juego y la conversación. De rato en rato tomábamos pinolillo y comíamos roscas azucaradas. A la reunión no faltaba el Loco Palomo. Nos divertía con el relato de sus aventuras, sus bromas a los compañeros e informes sobre lo importante en la Compañía y la vida privada de nuestros jefes. Una noche nos dijo:
-Esta madrugada vi salir de la caballeriza a Alomar, a dos policías y a cinco mulas cargadas con barras de oro de 100 libras cada una. ¡Figúrense! ¡Media tonelada de oro! ¿Cuántos millones de colones creen que la Compañía saca de Costa Rica cada mes, sin dejar nada al Gobierno?
A Manuel y a mí nos interesó el asunto y le dijimos:
-Vamos a sacar la cuenta. Como el oro en barra que se exporta no es puro, vamos a suponer que tiene un 25% de plata. La onza de oro puro vale $20,00; con ese porcentaje menos, valdría unos $15,00; ahora 1.000 libras son 16.000 onzas, resultando que la media tonelada de ese oro $240,000.00. con el cambio a C2,15,su valor es C516.000. Palomo los miles de millones resultan apenas medio millón.
-Pues cualquiera se equivoca muchachos. De todos modos, es mucha la plata que nos roban.
-Bueno, Palomo, ¿cuánto crees que paga la Compañía a los tres mil empleados y trabajadores por mes, y cuánto por dinamita y maquinaria? Ahora sacas tú la cuenta y nos das el dato.
-Pues creo que me convencieron. Yo no quería creer que la Compañía tuviera que entregar la explotación a Mr. Popan por tener pérdidas.
Por aquellos días sucedieron hechos extraordinarios. Al comenzar el año 1917 el país fue sorprendido por el golpe de Estado del Ministro de Guerra don Federico Tinoco contra el Gobierno de don Alfredo González Flores.
Poco tiempo después empezaron las manifestaciones de inconformidad en el país. El Gobierno reforzó sus guarniciones. Del interior llegaron tropas a la Comandancia Militar de La Sierra de Abangares. Se estableció un cuartel militar en un viejo edificio de madera frente al comisariato. Al mando de las tropas quedó Quincho Guardia.
Empezaron las restricciones. A las cinco de la mañana nos despertaban los toques de corneta y al golpe de tambor los soldados hacían ejercicios en la plazoleta. En las entradas del caserío se establecieron retenes de soldados que exigían, para el paso, contraseñas o tarjetas extendidas por la Comandancia Militar.
Poco tiempo después hubo levantamientos en San Ramón, Atenas, Escazú y Turrialba que fueron dominados por el ejército de los Tinoco. El escritor Rogelio Fernández Güell, con un grupo de revolucionarios se internó en las montañas cercanas a la frontera con Panamá. El Gobierno mandó tropas al mando de Patrocinio Araya para capturar a Fernández Güell y compañeros. Mientras tanto, el Lic. Don Alfredo Volio y don Julio Acosta estaban en la frontera con Nicaragua preparándose para invadir el país.
Con motivo de esos movimientos, Quincho Guardia y sus tropas hicieron la vida imposible a los pobladores de La Sierra de Abangares. Durante varios meses no se oía de noche mas que “¡Alto ahí! ¿Quién vive?” Como si todo eso fuera poco, a los trabajadores se nos obligó a la práctica de ejercicios militares los domingos por la tarde.
Por las noches Manuel y yo nos encontrábamos en El Palo, con Ramón Castillo, Adolfo Durán, el Loco Palomo y otros. Comentábamos con discreción las últimas noticias. Se rumoraba que Lorenzo Cambronero, con un grupo de ramonenses, se acercaba a atacar el destacamento de La Sierra, para proveerse de armas, dinamita y víveres. Tenían el propósito de unirse después a los revolucionarios en la frontera con Nicaragua. Las tropas de Guardia tomaron preso a un españolito que venía de San Juan Grande con el caballo cargado de verduras, bajo el pretexto de que era espía de Cambronero. Le metieron al calabozo por la noche. Desde nuestra mesa en El Palo, oíamos los gritos dentro del cuartel. Dos soldados que recorrían el caserío nos informaron que a España, por no confesar los planes de Cambronero, le estaban aplicando cincuenta palos.
Por largo rato se oyeron los ayes lastimeros del pobre España. Ese era el sistema de Quicho Guardia y los militares de aquel tiempo. Con esos procedimientos se conquistaban más enemigos.
Una noche llegó más misterioso el Loco Palomo a nuestra mesa y nos dijo a Miranda y a mí:
-Voy a jalarme una parada: conseguí en Los Chanchos unos rollos de mecha y bombas de dinamita para pegarles un susto a estos flojos. Pongan cuidado, tengo las mechas cortadas y medidas para tener tiempo de colocar una bomba en el cerro detrás del comisariato, otra en el cerro del hospital y otra en la ladera que a Los Chanchos, frente al cuartel. Guárdense el secreto, sólo ustedes lo saben.
Se fue Palomo por detrás de la refresquería. Manuel y yo nos quedamos jugando a las damas. Pedimos café y roscas para disimular pues nos parecía que los otros estaban enterados. Pasó media hora y nada de Palomo. Cerca de las nueve llegó y nos dijo:
-Ya está, esperemos; las mechas tardarán un minuto por cada pie. Casi al dar el toque de queda, se oyó un estallido enorme y una lluvia de tierra y arena cayó sobre los techos. Había hecho explosión la bomba colocada detrás del comisariato. Enseguida estallaron las otras cargas.
Empezó el zafarrancho. Hubo movimiento de armas, se apagó el alumbrado, se oyeron disparos de máuser de los centinelas que corrían como conejos asustados. Creyeron que Cambronero estaba asaltando La Sierra.
Al día siguiente llegaron refuerzos a Las Juntas para patrullar los caminos hasta Aguas Claras, Año Nuevo y montañas vecinas; pero nada, Lorenzo Cambronero no aparecía.




TRES HERMANOS


Mr. Lapraik me informó que dejaba La Sierra para trasladarse al taller mecánico de Tres Hermanos y que quería que trabajara con él.
Al día siguiente muy temprano salí montado en una vieja mula de La Sierra hacia Tres Hermanos.
El camino serpenteaba entre cerros. Pasé pro una hondonada donde años atrás se explotó la Mina de Tres Amigos. Comencé a ascender la montaña arrullado por un ruido sordo y monótono.
De la cima de la cordillera pude observar un andarivel soportado por fuertes y altas torres de acero, por el cual se deslizaba una larguísima fila de baldes. Al pasar éstos por la cumbre de las torres producían un golpeteo constante: trac, trac, trac…
Calentaba el sol y el trac, trac se agregaba el cantar de las chicharras. El tren de baldes resplandecía con la luz de la mañana, y en el follaje de los árboles se movían sus variadas sombras.
Las torres estaban ancladas en las crestas de la montaña. El andarivel de varios kilómetros de longitud pasaba, en algunos lugares, a alturas cercanas a los doscientos metros. Por dos gruesos cables corrían dos filas de baldes en sentido opuesto. Unos, cargados con mineral, se dirigían al embono de Los Chanchos, y los mismos regresaban vacíos a Tres Hermanos para cargarse de nuevo y continuar en su trayecto interminable.
En el andarivel, sobre dos sillas de acero, se transportaban las mercancías y el correo de la mina. Cuando no había carga, las usaban los mineros para viajar a La Sierra. Una vez, cuando cuatro mineros usaban una de las sillas, sucedió una tragedia. El cable de tracción que tiraba el largo tren de carritos se rompió y, al quedarse sin control, la fila de baldes tomó cada vez mayor velocidad. Al pasar por la torre del guindo de Tres Amigos, la silla saltó arrojando al abismo a los cuatro pasajeros: dos se estrellaron en la roca de la montaña y los otros dos quedaron heridos y maltrechos entre el follaje de los árboles.
Al llegar a la última torre divisé abajo, asentado sobre cerros y laderas, el pueblo de Tres Hermanos.

En el centro, en una depresión del terreno, se destacaba una torre alta con dos grandes ruedas acanaladas. Por ellas corrían los cables que, en dos jaulas de hierro, sacaban los carros de mineral de la profunda entraña de la mina. Estos carros eran vaciados en el embono, del cual se alimentaban automáticamente los baldes del andarivel.
Las horas restantes del día las ocupé en conocer el pueblo y en observar las instalaciones de la mina.
Atravesaba el caserío una quebrada que se mantenía encauzada sobre el paso de la veta para evitar las enormes filtraciones del agua en la época lluviosa.
Al lado del embono se encontraban el taller mecánico y la bodega de materiales y, al frente, separados por una calle de escalones de piedra, el comisariato y la oficina del timekeeper.
Había que atravesar un pequeño puente para llegar al aserradero donde preparaban grandes cantidades de madera para el adamiaje de la mina. Alrededor de esos edificios se veían diseminadas, en forma irregular, loas casas de los empleados y los largos campamentos de las familias de los trabajadores.
El administrador de Tres Hermanos, Mr. Gordon, era un norteamericano de contextura fuerte y de simpática apariencia, conciso y parco en su conversación.
El taller mecánico había estado sin dirección por largo tiempo y se encontraba desorganizado. Había que reparar varias máquinas de barrenar y bombas eléctricas y de aire. Tenía trabajo para meses.





HUELGA EN LA MINA

Ocurrió en el año 1912. Se explotaba el desbanco El Encanto, nombre que indicaba la riqueza del mineral.
Los trabajadores sacaban pequeñas cantidades de piedras escarchadas de oro escondidas entre sus ropas.
Para evitar las sustracciones, la Compañía trajo de Limón guardas y capataces negros a quienes el capitán Thompson dio órdenes estrictas de registrar a todos los trabajadores que salían de la mina. Esa medida produjo malestar entre los mineros porque ellos, que arriesgaban sus vidas cada día en las peligrosas chimeneas o en los profundos desbancos extrayendo el rico metal, creían tener derecho a sacar pequeñas rebuscas para moler en lejanas y escondidas quebradas.
Una mañana de diciembre, el ramonense Juan Rafael Sibaja, muy querido entre los mineros y contratista en El Encanto, salió del túnel a buscar la pólvora para la fuegueada del tope. Se encontró con el guarda negro que trató de registrarlo. Juan Rafael se lo impidió. El guarda negro, por temor al largo candelero de Sibaja y después de una acalorada discusión, le disparó un tiro en el pecho dejándolo muerto en el acto. El negro, temeroso por lo ocurrido, huyó.
Al oír el disparo salieron de la mina carios mineros y entre ellos Gonzalo, hermano de Juan Rafael. Embravecidos siguieron al guarda hasta el hotel donde se había refugiado. Rompieron las puertas y, al entrar, él disparó de nuevo matando esta vez a Gonzalo. La noticia corrió como pólvora; llegaron más mineros y al grito de “¡A matar negros!”, sacaron de las casas escopetas y machetes.
Entre aquel tumulto se encontraba la Mercedes Panza, que con un palo y en el extremo de éste un pañuelo colorado como bandera, gritaba:
-Vamos, vamos, muchachos, a matar a estos negros desgraciados!
El grupo rodeó el hotel. Sacaron arrastrado al negro y lo mataron a machetazos. El negrito cocinero que se asomó a una ventana fue muerto por el tiro de alguno de los mineros.
Persiguieron a tiros a los otros guardas negros que corrían despavoridos por la ladera. Aquella persecución parecía una cacería de venados.
La única autoridad de la mina era el policía hondureño Pedro Rubio: hombre valiente pero duro y malo. Se parapetó en la oficina y con sus dos pistolas contestó el tiroteo. Los mineros, desde el aserradero, le arrojaron candelas de dinamita encendidas. Las primeras al estallar rompieron un boquete en el techo de su reducto y las otras, al estallar dentro del reducido espacio de la oficina, lo obligaron a salir mal herido. Continuó disparando con sus dos pistolas hasta terminar las balas. Los mineros lo remataron a machete, lo arrastraron al puente, le pusieron diez cargas de dinamita en el estómago y le dieron fuego. Así terminó aquel policía en el cumplimiento de lo que él consideraba su deber.
Un grupo capitaneado por la Mercedes Panza persiguió al negro Incola. Éste era un valiente. Se defendió con el machete y le cortaron una mano; se defendió con la otra y luchó hasta aer muerto en la quebrada de la carnicería.
El capitán Thompson huyó para Las Juntas y allá, de un tiro, lo mató Carmen Serrano.
Ya, a esas horas, los mineros eran dueños de la mina. Se apoderaron de la pólvora de la bodega y, armados de dinamita, se atrincheraron a la entrada de los caminos en el Cerro de Los Limones. Ahí esperaron a la policía que, al mando del coronel Juan Campos, llegaría de La Sierra.
La Mercedes Panza, arremangándose las enaguas, corría de un grupo a otro repartiendo licor y gritando:
-¡No aflojen muchachos! ¡No queremos negros! ¡Que mueran los machos!
Al día siguiente supieron los mineros que fuerzas del gobierno enviadas por el Presidente don Ricardo Jiménez Oreamuno habían entrado por Manzanillo al mando de Chindo Guardia.
Los mineros cantaron un corrido que improvisaron al conocer la noticia del que sólo se recuerdan los siguientes versos:

A sitiar la mina
en lo alto de Los Limones
viene Chindo Guardia
con soldados y cañones

Las fuerzas de Chindo Guardia llegaron a Tres Amigos y reforzaron las del coronel Campos que se encontraba estacionado con sus soldados en el alto de las torres del andarivel. Después de emplazar los cañones mandaron emisarios a parlamentar con los huelguistas. Se les pedía volver al trabajo y, en cambio, la Compañía y los militares les ofrecían no tomar represalias y retirar todos los negros del territorio minero. Aceptaron los mineros y terminó la huelga.
Muy pronto se oyó el ronroneo del winche; los carros volvieron a salir del pozo cargados de mineral y andarivel continuó con su monótono ir y venir sobre la montaña.
El pacto no fue cumplido de acuerdo con el ofrecimiento. A los cabecillas se les siguió causa criminal y algunos fueron sentenciados al presidio de San Lucas.
A la Mercedes Panza, por alborotadora, la expulsaron de la zona minera y allá en Las Juntas seguía rumiando sus rencores. Cuando le daban algunos tragos, arremangándose las enaguas gritaba:
-¡Mueran los negros! ¡Que mueran los negros! ¡Que mueran los machos!


EL POZO SUR

Mr. Gordon visitaba diariamente el taller mecánico, el aserradero y el andarivel. De ahí seguía para la mina. Caminaba con su carbura, su piqueta, su sombrero de anchas alas y su inseparable pipa, grande y curva.
Cumplía bien su trabajo de administrador.
Una mañana me llevó a ver la bomba Camarón del pozo sur que no achicaba. Lo acompañé con las herramientas necesarias y mi carbura.
Tomamos la jaula del pozo general hasta el nivel tres: seguimos en el taladro alrededor de ochocientos metros y llegamos al pozo sur donde, de una gran bolsa, sacaban el mineral rico. El pozo sur, semejante al pozo general, tenía dos secciones con tramos de cinco pies ocho pulgadas por ocho. La roca estaba forrada de tablones de níspero o chirraca. Por una sección bajaban las tuberías de aire y las de tres pulgadas de descarga de las bombas Camarón. Por la otra sección funcionaba una tina de hierro soportada por un cable de acero de media pulgada. Se movía por medio de un pequeño winche instalado en un socavón hecho en la roca. La tina se usaba como medio de transporte para los trabajadores y para el mineral.
Mr. Gordon, con su peso de doscientas libras, se paró agarrado del cable en un borde de la tina. Me invitó a hacer lo mismo. Yo había conocido estas tinas en Gongolona pero era la primera vez que montaría una tambaleante y desplomada con riesgo de mi propia vida. Empezamos a bajar empujándonos de los cabezales para mantener aquel artefacto centrado, porque cada vez que chocaba con la madera, daba tumbos e iba a golpear los cabezales del otro lado. Después de bajar unos sesenta pies llegamos al tramo donde estaban colgadas las bombas Camarón, especiales para trabajar en pozos.
Las mangueras de succión de las bombas eran de hule forradas con mecate para evitar su rotura con las explosiones de dinamita. Las bombas se propulsaban con aire comprimido.
Había tablones atravesados sobre los cabezales del tramo a los cuales bajamos totalmente mojados por el agua fría de las chorreras de la roca.
Encontramos a Perrita –Alberto Arauz- batallando con la bomba que funcionaba mal por tener los empaques molidos.
Empecé por desatornillar los prensa-estopas y sacar los empaques viejos. Mr. Gordon me ayudaba del otro lado de la bomba. Después de una hora de trabajo quedó la bomba reparada. Con baldes de agua que sacamos del fondo del pozo la cargamos. La larga manguera de succión empezó a achicar el agua que había subido cerca de diez pies.
Mr. Gordon se fue escalera arriba a un pequeño desbanco donde había barreteros trabajando.
Me dijo Arauz: “El jefe nunca viene a las bombas. De seguro quiere saber si el nuevo mecánico le tiene miedo a la tina; es un jodido ese macho” y se echó a reír.
Seco el pozo, bajaron los barreteros. Entre ellos reconocí al viejo minero Corrales y a Panzuda. Empezó un ruido ensordecedor, producido por el escape de las bombas y por las mariposas perforando la roca del pozo.
Salí del pozo mojado hasta los huesos y tiritando de frío.
Llegué a mi cuarto. Por fortuna tenía un poco de ron. Me tomé un trago y, después de cambiar de ropa, me fui a almorzar. Recuerdo el plato hondo de sopa de carne con trozos de yuca y plátano verde. Estaba sabrosísima.


JEFE MECANICO


Una mañana Mr. Lapraik me dijo:
-Pepi, me voy de la Compañía. Le recomendé bien con Mr. Gordon y usted será jefe del taller.
Mr. Gordon poco a poco puso bajo mi cuidado el andarivel y los equipos de compresores, bombas, winches y afiladoras de barrenos. Me dio la orden de hacer una inspección mensual de los cables del andarivel en toda su extensión.
Al día siguiente por la mañana le dije a Chico Brujo, el operador del andarivel, que detuviera la silla porque iba a hacer la inspección de los cables. Se le conocía por Chico Brujo porque, por ser de Escazú, lo llamaban así los mineros.
Chico Brujo me dijo:
-Amárrese, Gamboa, porque en cada torre brincan los baldes.
Atendí el consejo. Me amarré al marco de la silla con el lazo flojo para mirar de pie el cable en una distancia de cuatrocientos metros y desde allí miré el panorama de la instalación de la mina y el caserío; al sur el cerro de Los Limones, y en la lejanía, Babilonia y el Cerro Pelón. Más adelante alcancé el aceitador. Me sorprendía su habilidad: cuando terminaba de aceitar una torre, se colgaba de un brazo saliente de la misma y esperaba el paso de un balde del que se agarraba peligrosamente para pasar a la próxima torre y continuar en la misma forma aceitándolas todas.
Llené el embono de Los Chanchos. Bajé un rato a descansar y de regreso continué la inspección. Encontré de nuevo al acróbata aceitador. Un poco de desgaste en las uniones de los cables fue el único daño que observé. En el recorrido no tuve el menor temor. Todos los días es corriente correr riesgos en los trabajos de la mina.
Esa tarde informé a Mr. Gordon que los cables estaban en buenas condiciones y que las uniones habían sufrido el desgaste natural-
-Oh! Muy bien Gamboa, puede ocupar la casa amueblada que tenía Mr. Lapraik. Si necesita alguna reforme avise a Rojitas en el aserradero. Desde hoy, es usted el jefe del Departamento Mecánico.
Estas noticia me impresionó más que el aceitador sobre los cables del adarivel.
Mr. Gordon me dijo una mañana:
-Contamos con muy pocas chicharras y mariposas en buenas condiciones; busque la forma de reparar las que estén inservibles.
Las máquinas eran de acero endurecido y en el taller no había el equipo necesario para su arreglo. Tenía un problema.
Esmerilé y ajusté las superficies de contacto de las partes deformadas de las máquinas. Construí un aditamento que fijé en la torrecilla porta cuchillas del torno, al que coloqué un pequeño esmeril que accionaría con la transmisión superior del torno por una faja de una pulgada. Coloqué un cilindro de chicharra en el check del torno, el que una vez centrado estaría listo para rectificar.
En el momento en que buscaba una tira delgada de cuerpo para empatar la faja del esmeril, llegó Mr. Gordon. Se acercó al pequeño equipo de esmerilar y notando la falta de una correa para empatar la faja, sacó una de sus botas. Con esa correa estuve listo para empezar.
Al moverse de un lado a otro el carro transversal del torno que llevaba el esmeril, dejo lisa y pulimentaba la cara del cilindro. En pocos minutos quedó rectificada la primera pieza.
Mr. Gordon, a pesar de venir de la mina con las ropas empapadas, se esperó para ver el resultado.
Con su mano en mi hombro me dijo:
-Oh! ¡Muy bien!
Augusto Curro, asistente del timekeeper me buscó por la mañana del día siguiente.
Me dijo:
-Te felicito, el jefe dio orden de aumentar tu sueldo a diez colones diarios.


COLGADOS EN EL ABISMO

Cerca de la torre de 40 pies que se destacaba en lo alto de la montaña al borde del barranco, descubrí la rotura de algunos hilos de acero en la unión del cables grueso del andarivel. Descendía el barranco casi perpendicularmente hasta la hondonada por lo que discurría, oculta entre el follaje, la quebrada de Tres Amigos.
Mr. Gordon me ordenó hacer de inmediato la reparación.
Con los materiales necesarios llevado a lomo de mulas subimos por un trillo muy empinado hasta el asiento de la torre.
Venían conmigo el personal del taller mecánico: el herrero Blandón, Salvador Palma, Recaredo Moreira y otros; el mandador Chinandega con su cuadrilla de mineros y Pajuila con sus cuatro yuntas de bueyes.
Recaredo, entro todos los hombres, fue el único que se ofreció para subir conmigo a empalmar los estrobos del cable.
Una vez en lo alto del a torre colgamos del cable los aparejos de mecate y, para mayor seguridad, nos amarramos a éstos dejando nuestras manos libres. Con esos aparejos nos escurrimos balanceándonos peligrosamente sobre el abismo hasta el empalme dañado.
Colocamos un estrobo en cable de tres cuartos de pulgada asegurándolo con doce grapas ya que la tensión que soportaría sería mayor de veinte toneladas. Ayudados por los hombres de abajo, subimos con un largo mecate la carrucha del tecle grande. Colocamos el grueso gancho en la gaza del estrobo. De la carrucha colgaba todo el tecle ya listo.
Con los aparejos nos escurrimos sobre el cable hasta regresar a la torre. Medio entumecidos por haber permanecido largo rato colgados y zarandeados por el viento frío que soplaba entre los nubarrones de aquella altura, bajamos a la plataforma.
Mr. Gordon había llegado en su mula para inspeccionar y dirigir el trabajo. Este administrador, tan respetado y querido por los mineros, era poco comunicativo, pero en casos como éste se reía y gastaba bromas a los trabajadores.
Sonriendo le dijo a Pajuila:
-¿Por qué no das más comida a los bueyes? ¡No ves que están tan flacos como Zancudo?
Un rato de descanso y subimos a colocar el otro estrobo. Lo empalmamos al cable cerca del lugar soportado por la torre. Lo aseguramos con doce grapas; subimos el otro extremo del tecle y colocamos la otra carrucha. Varios hombres jalaron hasta poner tenso el largo mecate del teche. A éste pegó Pajuila sus cuatro yuntas. A la orden de Mr. Gordon: “¡Pajuila, jalen!”, las yuntas, unidas por los yugos, tiraron ayudadas por la cuadrilla de Chinandega. Cuando el sector del cable estuvo flojo, Reca y yo cortamos el empalme por el centro. Otra vez con bueyes y hombres se aflojó el cable poco a poco. Soportamos uno de sus extremos en la torre mientras sujetamos el otro a un árbol.
Estaba oscuro. Se encendieron las carburas que diseminadas por el cerro brillaban como luciérnagas.
Cortamos el pedazo del cable dañado incluyendo la unión. Después trabajamos en el que estaba amarrado al árbol. Introdujimos el extremo por el hueco del copling y lo sacamos por el lado ancho de ese bushing cónico; abrimos las puntas de los alambres de acero y los limpiamos con ácido sufúrico hast dejarlos blanco. Los calentamos y estañamos. Jalamos el cable dentro del copling acomodándolo en el espacio cónico interior. Chorreamos zinc fundido hasta el nivel justo para dejar la rosca libre y limpia.
Esta clase de trabajos se hace rápida y cuidadosamente, con el máximo de precauciones para evitar la paralización del servicio con las correspondientes pérdidas para la Compañía y para los trabajadores.
A las diez de la noche llegó Mr. Gordon con una buena provisión de café caliente y pan con queso que se repartió entre todos.
Chorreamos el otro copling en el extremo del cable dejado en la torre.
Alrededor de la media noche resolvió Mr. Gordon que dejáramos la conexión para el día siguiente.
Temprano, con todos los aparejos de mecates se empezaron a jalar por etapas, cambiado de posición las carruchas del tecle. Conforme se acortaba la distancia subía el cable buscando su nivel hasta llegar a la altura de la torre. Podíamos ver por encima del abismo los dos extremos colgados muy cerca uno del otro. Recaredo y yo subimos a la torre a hacer el empate final.
Montados en la maroma de mecates que sostenía tenso el cable, llegamos al sitio de la corrección. Acercamos los dos extremos y faltaba una pulgada para poder enroscarlos al grupo nabo de acero. Grité a Mr. Gordon:
-¡Falta una pulgada!
Desataron las amarras de seguridad. Tiraron del cable hombre y bueyes muy despacio porque el rechinar de las rondanas del tecle indicaba que éste estaba al máximo de tensión.
De pronto … un estironazo violento de mecates y cables y quedamos agarrados y colgados sobre el abismo entre mecates entrelazados que se sacudían y vibraban violentamente.
Mr. Gordon nos gritó:
-¡No se muevan!
El mismo reforzó el estrobo que había cedido alrededor de doce pulgadas, poniendo más grapas y resocando las otras. El estrobo se detuvo casi al extremo; apenas a tiempo para evitar que cayéramos a la profundidad del abismo.
Reforzando el empalme se empezó a jalar de nuevo hasta tener la distancia justa. Con el puso todavía alterado logramos atornillar el acoplador a los dos extremos y asegurar las roscas con pines remachados. Respiramos tranquilos. La tensión nerviosa estaba pasando. Mirándome, Reca dijo:
-Gamboa, hoy nacimos de nuevo. Demos gracias a Dios.



ELECTROCUTADO DENTRO
DEL AGUA

Este año en la mina de Tres Hermanos los vientos huracanados del verano dañaron las líneas de transmisión y paralizaron el servicio eléctrico.
En la mayoría de los veranos ocurría los mismo con la diferencia de que en éste los daños fueron más serios.
Faltó la corriente cuando se explotaba el nivel siete y empezaban los trabajos en otro pozo para establecer el nivel ocho. La mina comenzó a inundarse. Por teléfono informaron que el daño era grande y que no podían precisar cuándo se reanudaría el servicio. En esas circunstancias era necesario sacar los motores de las bombas para evitar que el agua, al subir el nivel, pudiera dañarlos. Moralón, el electricista, Perrita y yo bajamos por escaleras resbaladizas al nivel siete, para desconectar los motores.
En la estación de ese nivel los trabajadores esperaban el restablecimiento de la corriente para salir por las jaulas. Algunos de ellos, después de esperar largo tiempo, decidieron salir por las escaleras. Quedamos los que queríamos evitar la agotadora subida, especialmente nosotros tres que debíamos subir los dos motores del tecle.
Volvió la corriente cuando el agua nos llegaba al pecho. Las bombas medio ahogadas funcionaron.
Los trabajadores comenzaron a entrar a la jaula. Uno de ellos, con una carga de barrenos al hombro, tocó un switch de 220 voltios. Al contacto, los cincuenta o sesenta trabajadores que estábamos dentro del agua quedamos paralizados con la sensación de un millón de agujas clavándose en nuestros cuerpos.
El minero que recibió la descarga directa, sin un grito siquiera, se contrajo y fue desapareciendo bajo el agua.
Al desconectarse el barreno del switch todos reaccionamos. Sacamos del agua al minero muerto que tenía los brazos y las piernas encarrujadas en forma grotesca e impresionante.
El agua, el lodo, el calor, los gases y las inundaciones son un peligro constante para la vida del minero.

RAFAEL LINO

Mi primo Rafael Lino Paniagua había vivido apegado a su madre, tía Rosalina. Decidió un día dejar su casa y venia a las Minas de Abangares a buscar trabajo. Le conseguí colocación como ayudante de bodeguero. Le correspondía entregar los materiales y las candelas de dinamita con las mechas y fulminantes para las fuegueadas diarias. Trabajo sencillo y a la vez peligroso. Debía hacerlo con cuidado porque si uno de los fulminantes estallaba corría el riesgo de perder las manos.
Rafael Lino no simpatizó con Mr. Gordon que era de pocas palabras y saludaba a los trabajadores rara vez.
Una tarde me dijo:
-Mr. Gordon estuvo de acuerdo en que se me diera el trabajo porque quería que sufriera un accidente que causara mi muerte.
-No –repliqué-. En este, como en todos los diferentes trabajos de la mina, se corren riesgos.
Poco tiempo después por petición mía, don José Rodríguez, el timekeeper, colocó a Rafael Lino de ayudante en la oficina. Debía entregar por la mañana a los mineros las fichas de bronce numeradas y recogerlas en el pozo general a la salida del trabajo.
En esa colocación permaneció varios meses y conoció por sus nombres a todos los trabajadores. Fue popular porque, en los pequeños conflictos de trabajo, estaba de parte de ellos y porque a todos los trataba como amigos.
Era imaginativo, inquieto, un poco bohemio y un poco revolucionario. Tenía finos sentimientos y escribía versos.
Una mañana temprano avisaron del pozo general que había ocurrido un accidente. Fui en compañía de algunas personas a ese lugar.
El winchero nos dijo:
-Una sacudida de los cables de la jaula me sorprendió. Tuve la seguridad de que alguien había caído al pozo general. Cuando la jaula llegó a la boca del pozo estaba vacía.
Del nivel cinco nos informaron por teléfono que el fierrero Zancudo era el muerto. No se conocía su verdadero nombre. Los mineros lo querían mucho. Como la caída se produjo de una altura de quinientos pies el cadáver debía de estar destrozado.
El timbrero del cinco había visto a Zancudo entrar a la jaula con una carga de barrenos larga al hombro que llevaba a la herrería para que los afilaran. Es posible que éstos, al pegar en los cabezales, hicieran perder el equilibrio a Zancudo y lo arrastraran por la abertura de dos pulgadas que separaba la plataforma de la jaula de los cabezales del pozo.
Bajamos al nivel cinco. Detuvimos la jaula a dos pies del piso. Recogimos en una lona la cabeza desprendida, los brazos y las piernas desgarradas, el tronco con el abdomen destripado y pedazos de músculos.
Subimos la jaula lentamente deteniéndola cuando era necesario, para recoger pedazos de su cuerpo que se encontraban prendidos entre los cabezales.
Llevábamos el cuerpo bien envuelto en una lona porque no queríamos que las personas que esperaban a la salida se impresionaran con la vista de los despojos.
Lo dejamos en la carpintería mientras hacían el ataúd.

No acostumbraba la Compañía paralizar los trabajos cuando moría un minero. Simplemente, lo llevaban al cementerio los peones necesarios.
A las once de la mañana, cuando salieron los trabajadores del pozo general, Rafael Lino, al recibir las fichas, dijo a cada uno:
-Nos vamos todos al entierro de Zancudo porque debemos ser buenos compañeros porque lo mismo puede ocurrir a uno de nosotros.
Los mineros compraron manta para el forro interior y una tela gris para el exterior del ataúd.
Por la tarde, ciento cincuenta trabajadores con camisas blancas y con carburas, desfilaron acompañando al amigo muerto hacia el cementerio de Las Juntas. Descendieron por el camino que bordeaba la montaña de Babilonia y el Cerro Pelón. Pasaron por el puente de hamaca del río Abangares y al llegar a Las Juntas tomaron unos tragos en la primera cantina. Invitaron a Rafael Lino que nunca tomaba y que esta vez no se negó, por ser él, el promotor del desfile.
Mientras unos de los trabajadores con picos y palas cavaban la sepultura, Rafael Lino, que había tomado otros tragos, subió a la tumba y habló:
-Un momento, muchachos: quiero despedir a este compañero, humilde trabajador, hombre bueno de gran corazón que servía con gusto a sus amigos, quien pierde su vida en el cumplimiento del trabajo en el que ganaba apenas para alimentarse y vestir mal; varias veces lo vi por loas noches clavando medias suelas a sus zapatos rotos. Ese, que por delgado y frágil ustedes llamaban Zancudo, nos representa a todos.
-¡Bravo! ¡Bravo Paniagua!
Rafael Lino prosiguió.
-Si señores, todos ustedes como este trabajador morirán en esas minas que descubrió mi abuelo Juan Alvarado y que esos machos adquirieron por una piltrafa, morirán como Zancudo, destripados por las rocas o con los pulmones destruidos por los gases o el polvo de los barrenos, y ¿con qué beneficio?; una desnuda caja de madera y el desamparo para la familia. En cambio, cada mes salen las mulas cargadas de barras del oro extraído, por el duro trabajo de ustedes, de esas montañas que pertenecen a Costa Rica.
-¡Que viva Rafael Lino! ¡Viva Rafael Lino”
A las diez de la noche me llamó por teléfono Mr. Gordon.
-Gamboa –me dijo- Yo querer Paniagua no más en la compañía mañana; habló muy malo contra la Compañía en Las Juntas.
Cuando más tarde llegó Rafael Lino con otros mineros le advertí que si quería que no lo echaran con la policía de Tres Hermanos regresara a Las Juntas.
La Compañía acostumbraba expulsar de la mina a los trabajadores que provocaban desorden o causaran otra clase de problemas.
Rafael Lino en Las Juntas trabajó en la reparación de relojes porque, además de poeta, historiador y revolucionario, era relojero. Tuvo mucho trabajo por su popularidad con los mineros.



PANZUCA

En la mina era frecuente el atascamiento en las chimeneas. Cuando esto sucedía era necesario descencampanarlas porque ellas proveían el mineral que los carros trasportaban a la jaula del pozo.
Desencampanar era trabajo peligroso y por ello se asignaba a mineros viejos, experimentados y valientes.
Esta vez se produjo la campana como a sesenta pies de la entrada de la chimenea. Le correspondió hacer el trabajo a Aníbal Varela, Panzuca.
Lo vi alistar un pedazo de candela de dinamita con su fulminante y una mecha de dos pies.
Con la carbura colgada de la faja se metió trabajosamente por el boquete del tubo de madera que sobresalía en el túnel. Subió agarrándose con cuidado de los chiqueros resbaladizos al tiempo que ponía los pies en los espacios libres entre madero y madero. Llegó debajo de la presa de rocas apretadas que sostenía toneladas de mineral. Con la luz de la carbura buscó una grieta e introdujo la carga de dinamita despacio y con gran cautela porque el más leve movimiento de una roca podía bastar para aflojar y desprender el mineral que lo arrastraría a una horrible muerte. Recogió barro de los maderos y solaqueó poco a poco la dinamita hasta dejarla segura en su sitio. Prendió la mecha que tardaría dos minutos para disparar la carga. Bajó rápidamente y salió por la boca del tubo. Un minero que lo esperaba pasó la compuerta y dejó cerrada la entrada.
Panzuda, sudoroso y agitado, se tendió a la orilla del taladro.
Segundos después se produjo la explosión y el caer estruendoso del mineral.
En ese momento tuvo Aníbal un respiro de alivio. Se quedó en silencio. Le dio gracias a Dios y rezó la plegaria que su madre le enseñó de niño.


EL RENCO SOLIS

Una mañana, desde el nivel cuatro, sacaron a Joaquín Solís con una pierna herida y el pie casi desprendido. Se produjo el accidente al romperse parte del chiquero de una de las chimeneas que abastecía el desbanco donde Solís con otros compañeros trabajaba de barretero. Su cuerpo quedó sepultado entre rocas, tierra y lodo.
Las chimeneas se construían en dos secciones rectangulares con maderos redondos sobrepuestos. Por una de ellas se descargaba el mineral extraído de las fuegueadas en los desbancos, mientras que por la otra chimenea de ventilación subían y bajaban los mineros con las máquinas y los barrenos. Al ascender gritaban: “¡Guarda arriba!” y al descender: “¡Guarda abajo!” En esa forma evitaban que alguna piedra rompiera sus cabezas.
Había algunos desbancos tan calientes que los mineros, a falta de guantes para coger las máquinas o los barrenos, se envolvían las manos en trapos o en sus propias camisetas. El sudor de sus cuerpos les empapaba los zapatos y en el suelo se iba formando un charco.
Esa mañana con José Rodríguez, el tenedor de libros, me correspondió atender a la salida del Pozo General a Joaquín Solís que se quejaba lastimosamente. Entre los dos le limpiamos la pierna y el pie y le pusimos yodo, la única medicina con que contábamos. Después le aplicamos vendas bien apretadas par detener la hemorragia. Un minero le trajo medio vaso de chirrite que es el mejor anestésico para estos casos. Lo pusimos en la silla del andarivel y lo enviamos al hospital de La Sierra acompañado de dos mineros.
Lo atendió el Dr. Montealegre, médico y cirujano de la Compañía. Tuvo que amputarle el pie que tenía desecho.
Con otros amigos fui a verlo al hospital. Nos dijo:
-Y ahora, sin mi pie, ¿cómo bailaré?
Dos meses después del accidente volvió a Tres Hermanos Joaquín Solís y, desde el día de su llegada, le llamaron los mineros Renco Solís.
Llegó con su muñón sano y apoyado en una muleta. Me buscó en el taller mecánico y me dijo:
-¿Qué le parece Gamboa? Estoy bueno gracias a Dios; pero ahora ¿cómo trabajo y cómo bailo?
Los mineros, después de la lucha diaria, buscan sus distracciones. Les gusta la música y sobre todo el baile. Siempre hay entre ellos un marinero, tocadores de mandolina y guitarra, y cantadores.
En ese tiempo el marimbero era Francisco Solórzano. Cada mes, cuando menos, había un baile en la casa de pensión de Angélica Azofeifa o en la de Juana Bolívar.
Al ver el triste estado de Solís con un pie menos me vino la idea y le dije a Reca Moreira: -¿Por qué no tratamos de hacerle un pie de madera con articulación, como si fuese un pie verdadero?
Solís no lo creyó posible; pero al día siguiente vino a mi oficina y le saqué en cartón el molde de su pie bueno. Ese mismo día comencé a labrar un pie de madera de cedro semejante a una horma de zapato. Le puse, de lámina de acero, una plantilla atornillada; le hice una ranura cerca de los dedos para dejar articulación en ese punto. Debajo del lugar donde descansaría el muñón del pie puse un pin del que estaba sostenida una especie de polaina de lámina delgada de acero forrada en baqueta de cuero. En esa forma lograba la articulación del tobillo.
Reca, que ya se destacaba por su gran habilidad mecánica, me ayudó a moldear, a la pierna de Solís, el pie articulado.
A los pocos días, y después de muchos ajustes, estuvo listo el pie del Renco Solís. Por contribución de los trabajadores del taller le compramos unos zapatos amarillos.
Coloqué algodón en el nido donde se acomodaría el muñón y le puse a Solís el pie, ajustándole la polaina con las correas de cuero.
Solís, con zapatos nuevos, se paró derecho en sus dos pies. Se quedó mirando sus zapatos, dio dos pasos y, de pronto, sin apoyo de nadie comenzó a caminar. Parecía un milagro.
El renco se volvió a nosotros con los ojos llenos de lágrimas, sin poder hablar por la emoción. Un momento después me dijo:
-Algún día, Dios se lo pagará … Chepe Gamboa. …
A pesar de que al andar le dolía el muñón todavía tierno, botó las muletas. Un mes después bailaba en casa de Juana Bolívar.
Muchos años más tarde, el Renco Solís, a quien había olvidado, me pagó con creces ese pie de madera que todavía usaba.
Recordé entonces las palabras que me dijo emocionado: “¡Algún día, Dios se lo pagará…”



SACRA FAMILIA

Mr. Gordon dejó Tres Hermanos y lo repuso don Antonio Bontempo quien anteriormente había trabajado en las minas de manganeso de Playa Real.
De jefe del comisariato estaba don Manuel de La Cruz y de las bodegas de materiales en La Sierra, don Ignacio su hermano. Con los dos me unía una buena amistad.
Don Manuel y su señora Carmen Martínez de La Cruz, apadrinaron a Carmen mi primera hija.
El señor Bontempo me trató con especial deferencia. Lo acompañé en sus inspecciones por las diferentes explotaciones mineras. Una vez recorrimos el taladro del nivel cuatro de Tres Hermanos hasta la boca de la mina de Babilonia.
Ese taladro de cuatro kilómetros de longitud fue construido para descargar las aguas del pozo general.
Mr. Gordon, me ofreció, un año después de dejar la administración de Tres Hermanos, trabajo en la vieja mina de Sacra Familia que él comenzaba a explotar en sociedad con Mr. Sinclair.
La mina se encontraba en las serranías del monte de El Aguacate.
A pesar de que el señor Bontempo no quería que dejara Tres Hermanos, acepté el ofrecimiento de Mr.Gordon con la esperanza de mejorar en posición.
Me trasladé a Sacra Familia. Para alojar a mi señora y a mi pequeña hija alquilé una casa en El Desmonte.
Muy pronto nos hizo compañía Recaredo Moreira.
Con Reca me correspondió afilar los barrenos en una pequeña fragua.
Mr. Sinclair me enseñó a hacer análisis del mineral.
Construimos juntos un horno con ladrillo refractario donde fundimos las muestras de mineral molido mezclado con litargirio, atíncar y otros fundentes.
En adelante me correspondió el trabajo de la química.
Mr. Sinclair me ordenó construir una rastra. En la construcción de ésta me ayudó Reca Moreira.
Todas las mañanas tardaba media hora de El Desmonte a la mina. Era conveniente vivir más cerca.
Resolví hacer una cabaña en la montaña, al borde del taladro.
Entre Moreira y yo hicimos a pico y pala el plantel sobre el que levantamos una casa rústica forrada con astillones de madera y con tres habitaciones espaciosas: dormitorio, comedor y cocina. Al dormitorio le pusimos piso de tablas.
Traje a mi familia a la nueva casas que habíamos construido entre montañas pobladas de bosques. No teníamos más vecino que el león que oíamos llorar entre los matorrales y a veces debajo del dormitorio. Algunas noches, Reca con una pistola y yo con una guápil, velábamos tratando de encandilarlo, pero solamente sentíamos en la cara el revoloteo de una ave que los campesinos llaman la guía del león.
En cañas de bambú montadas en horquetas llevé hasta mi casa agua potable. Nos evitamos el salir por las mañanas a bañarnos con guacal en la quebrada.
En la entrada del túnel instalamos un abanico para conducir aire hasta el fondo de la veta y sacar el humo de las fuegueadas.
Dos meses después instalé una rueda rudimentaria para mover el abanico que hice funcionar con el agua de la quebrada. Como consecuencia, los cuatro peones encargados de ese trabajo quedaron cesantes.
Para producir la corriente de un bombillo conecté un magneto a la misma rueda.
Por primera vez se alumbraban aquellas montañas. La luz ahuyentó al león breñero que asustaba a mi señora, la cual esperaba nuestro segundo hijo. Los trabajadores le habían dicho que el león perseguía a las mujeres encinta.
Todos los domingos viajaba a caballo hasta Atenas para comprar los víveres de la semana. Un domingo, cuando regresaba arreando el caballo cargado de mercaderías, me salieron al encuentro los cuatro hombres que habían perdido el trabajo en Sacra Familia.
Me inculparon por la pérdida de su empleo. Traté de explicarles que lo hecho era parte de mi trabajo, pero me interrumpieron:
-Es que aquí lo vamos a arreglar, baboso de …
Me amparé al caballo y esperé.
En el momento en que se lanzaron a agredirme gritaron en el alto del camino dos hombres. Venían a caballo. La llegada oportuna de estos amigos, contratistas de madera de la mina, hizo correr a los atacantes.
Para atender a Edelmira en el nacimiento del niño busqué en el Desmonte una partera campesina. Lo primero que hizo fue darle un bebedizo de hojas de guarumo. Recordé a mi abuela paterna que tenía una botica en el jardín para toda dolencia.
Nació un niño sano y hermoso. Lo llamamos Jorge.
Mr. Gordon me mandó con tres trabajadores a desarmar la batería de diez mazos de la mina El Porvenir. Tardamos tres semanas para desarmar y despachar la maquinaria a Sacra Familia.
De regreso me encontré con una carta del señor Bontempo llamándome a trabajar en el cargo de jefe mecánico que había tenido anteriormente.
Acepté el ofrecimiento y poco tiempo después me trasladaba de nuevo a Tres Hermanos.


LA MUERTE DEL MINERO

El doctor Emilio Echeverría, médico de las minas de Abangares, era un viejo amable y bonachón.
Atendía a los enfermos, la mayoría de los cuales padecían de afecciones bronquiales-pulmonares. Adquirían esa enfermedad por respirar el polvo de las máquinas de barrenar que se acumulaba en sus pulmones; por el calor sofocante de los desbancos de aire enrarecido que los hacía sudar hasta dejarles los cuerpos enjutos, y por los gases sulfurosos.
Recuerdo al doctor cuando subía la pendiente hasta los campamentos y loas casas de los empleados apoyado en un bordón rústico. Decía él que el bordón era para espantar a los perros, pues no quería que pensaran que había perdido la agilidad.
Sin posibilidad de curar a los enfermos, los aliviaba con inyecciones de aceite alcanforado con eucalipto o gaircine. Como el doctor tenía excesivo trabajo le ayudé a poner inyecciones intramusculares. Mi casa se convirtió en una enfermería. Todas las tardes tenía pacientes para inyectar.
A un minero joven que estaba muy grave lo inyectaba todas las noches. Lo encontraba en su cuarto acostado en un camastro de tablas sobre un viejo petate y siempre acompañado de su mujer.
El último día me dijo: “Creo que me pondré bien”.
Mientras le ponía la inyección en un brazo, noté que su respiración era lenta y angustiosa; se quedó muy quieto, pálido y con los ojos transparentes: había descansado de este mundo.
Me impresionó mucho su muerte. Olvidé el nombre de ese amigo en quien veía a todos aquellos esforzados trabajadores que iban desapareciendo por la tisis del minero, unos más prontos y otros más tarde, mineros que conocen el riesgo y siguen, mientras viven, tras la veta amarilla que los atrae y los seduce.


DECADENCIA DE LA MINA
DE ABANGARES


La Compañía profundizó en el pozo general hasta el nivel ocho y encontró que la veta había perdido su valor. Lo mismo ocurría en los otros niveles y en la mina de Gongolona. Largos desbancos quedaron sin explotar debido al bajo valor del mineral.
Empezó la decadencia de la mina de Abangares. Desde hacía tiempo preveía un paro en la mina lo que me hizo pensar en la conveniencia de montar en Heredia un taller mecánico. Adquirí de la Compañía un torno en desuso, el mismo en que hice mi aprendizaje de mecánica. Compré en Las Juntas, al viejo Capitán Pique, una fragua, terrajas y otras herramientas. Estaba listo para trasladarme a Heredia en el momento oportuno.
El nuevo capitán de la mina era un hombre rudo y de poca capacidad para dirigir. Resolví retirarme de la empresa.
El superintendente me pagó un mes de salario como regalía por mis veinte años de trabajo. En esa época no se vislumbraba la más remota posibilidad de leyes de protección a los asalariados.
Salí de la mina llevándome como única fortuna la experiencia adquirida en veinte años de trabajo; una esposa, cinco hijos y una pequeña economía.
Un año más tarde la Abangares Gold Field paralizaba definitivamente la gran empresa que por más de treinta años fue emporio de riqueza y trabajo, dejando cesantes a miles de trabajadores, hecho que afectó profundamente la economía del cantón de Abangares.



EN HEREDIA

Me asocié con Recadero Moreira para montar un pequeño taller mecánico en Heredia. Lo instalamos frente al Plaza Flores en el galerón de una vieja casa que había sido propiedad de don Pablo Lápiz.
Al principio nos llegó poco trabajo; pero fue suficiente para permitirnos sostener modestamente a nuestras familias.
Conocí a varias personas que me dieron apoyo. El trabajo de mi taller aumentó.
Me decía don Lilo Chavarri:
-Gamboa, en Heredia, el empresario que aguanta un año se queda aquí toda su vida.
El vaticinio de aquel viejo amigo se cumplió.
Desde entonces vivo en Heredia y espero terminar mis días en esta ciudad.
Poco tiempo después formé una sociedad con don Fabio Sáenz, e instalamos un taller mecánico y una bomba de gasolina en una construcción hecha para ese efecto, frente al Teatro Jara y cincuenta varas al oeste del Parque Central.
Trabajé varios años con mi amigo Fabio Sáenz en reparación de camiones, en trabajos de torno y en mecánica general. Algunas veces se prolongaban las horas de labor hasta media noche. Recibíamos diez colones de salario por día. Las utilidades las dividíamos al finalizar el año y éstas nos alcanzaban apenas para los gastos de Nochebuena.
Don Ramón Solera era nuestro cliente. Personalmente le hice varios trabajos en su beneficio de café en Echeverría.
Una vez me dijo:
-Gamboa, como usted no tiene casa propia, quiero ayudarle para que compre una. Yo le presto el dinero y usted me lo paga poco a poco. Agradecido acepté su generoso ofrecimiento.
El mismo consiguió una casa que quedaba frente al taller mecánico donde yo trabajaba y a la par del Teatro Jara.
Quince días más tarde vivía en casa propia, realizando así uno de mis sueños gracias a la generosidad y desprendimiento de don Ramón.
Me separé de mi amigo Fabio Sáenz y establecí el pequeño taller mecánico en un local de don Ernesto González Flores, frente al Parque Central. En el mismo taller instalé una planta de radio de onda larga con una potencia de cincuenta watts. Como locutor trabajó don Saturnino Meléndez. Asumió él, además, el papel del campesino don José de La Luz, personaje de su propia creación. Oculto a las miradas de los visitantes criticaba con gracia y picardía a las autoridades locales desde el Comandante de Plaza hasta el último policía.
Entre otras cosas don José de La Luz decía:
-Los comandantes y policías deben ser por lo menos bachilleres de los que hay tantos sin trabajo, como yo mismo.
Por supuesto, no se quedaba herediano de la ciudad y de los pueblos cercanos que no hiciera comentarios sobre las divertidas y punzantes charlas de don José de La Luz.
Las críticas maltrataban a las autoridades locales quienes, enteradas de que don José de La Luz era don Saturnino Meléndez, lo llamaron a la comandancia y trataron de intimidarlo con amenazas.
En el programa del día siguiente por la noche, dijo don José de La Luz:
-A mi nadie me avasalla. Aunque descalzo, fui a la escuela y saqué título de bachiller. Otros, ni eso; pero si tienen gracia para amenazar. Se friegan porque, aunque campesino y de pie en el suelo, aquí sigo defendiendo la democracia.
También colaboraban en la estación músicos locales acompañando con sus guitarras a las hermanas Bolaños, Hilda y Beatriz, las alondras del aire, como las llamaban los radio-escuchas. Cuando cantaban eran continuas las llamadas telefónicas para felicitarlas y solicitar nuevas canciones.
Entre otros colaboradores tuvimos al tenor don Tulio Ramírez, al pianista don Walter Vargas Morales y al acordeonista don Moisés Flores.
Por medio de micrófonos instalados en el púlpito de la parroquia se transmitieron los rosarios y las retretas del Parque Central. A la hora del rosario se oía con claridad el repique de campanas y la voz de Monseñor Benavides.
Don Nino Meléndez y los otros colaboradores participaban con entusiasmo y desinterés. El dinero que se recogía por anuncios era gastado en una cena mensual, a la que todos ellos eran invitados.


DE NUEVO A LAS MINAS
DE ABANGARES

Mr. Gordon contrató con la Compañía Abangares Gold Field la explotación de los restos de mineral que aún quedaban en las minas.
Una mañana llegó al taller mecánico a pedirme que fuera a Tres Hermanos a achicar el pozo ahogado en la veta de Palo Negro. Contraté el trabajo en mil colones. A la mañana siguiente cerré el taller y me trasladé a Tres Hermanos.
Monté las bombas y las tuberías. Usé el aire de los antiguos compresores. Empecé el trabajo de bombeo. A los ocho días la mina estaba seca. Por primera vez ganaba mil colones en una semana.
Mr. Gordon me dijo:
-Quiero que usted vaya al plantel de mazos de la Sierra a hacer un tanque de mil galones de capacidad para la solución de cianuro.
Esta vez contraté el trabajo en mil quinientos colones.
Terminado el tanque me llamó Mr. Gordon para decirme:
-Gamboa, ¿tomaría usted un contrato para la explotación de las viejas lamas de los mazos con el cincuenta por ciento de las utilidades?
Acepté el contrato.
Estas lamas se habían acumulado por años al pie de los mazos, en una planicie de la margen derecha del río Abangares.
Con una broca larga de pulgada y media, perforé las lamas con la ayuda de mi padre y saqué muestras de los sitios donde había la mayor riqueza concentrada.
Por el valor de las muestras se demostró en el laboratorio químico que las lamas eran explotables.
Monté dos concentradores de la Compañía y se construyeron bodegas grandes, un andarivel de mil pies de longitud y una casa de habitación.
Comencé la labor de explotación con veinte peones.
Las lamas mezcladas con agua se transportaban a una gran tolva que alimentaba las concentradoras donde se separaban las materias más pesadas que contenían oro. Cuando las concentradoras trabajaban veíamos descender por el borde el hilo de oro puro.
Las lamas concentradas se acumulaban en una gran bodega de donde se transportaban por medio del andarivel hasta un embono construido para ese propósito en lo alto del edificio de los mazos.
Cuando el embono se llenó con cuatrocientas toneladas de lama empezamos la primera molida.
Con Mr. Gordon, observaba la fundición del oro en los crisoles y el chorreo posterior en moldes de barra de cincuenta libras.
La explotación produjo cuarenta mil colones de utilidades de los que me correspondieron veinte mil o sea la mitad.
Compré una casa a don Hernán Flores en Heredia, situada cincuenta varas al oeste de la esquina noroeste del Parque Central, la cual pagué con parte de esas utilidades.
Durante el tiempo de la explotación venía mi familia a pasar vacaciones en Las Lamas. Construí entonces una represa en el río Abangares para formar una gran poza de agua cristalina donde todos los días nos bañábamos entre los chapaleos y los alegres gritos de los niños.


EL RENCO SOLIS ME PAGA
EL PIE DE MADERA

Una mañana cuando bajaba en mi mula por el camino de la Sierra a Las Lamas, me encontré con el Renco Solís, aquel minero que sufrió un accidente en la mina y a quien le fabriqué un pie de madera.
Solís me saludó:
-¡Hola! ¿Cómo está, Chepe? ¿Cómo le va en Las Lamas?
-Bien, y usted Solís, ¿qué hace aquí en el plantel de los filtros?
-Estoy, con permiso de Mr. Gordon, rebuscando pedacitos de oro para ir comiendo. Chepe, como usted me hizo este pie voy a revelarle un secreto. En este plantel hay una riqueza que nadie conoce. Esos cinco tanques que se ven ahí están llenos de lama vieja que fue tratada con cianuro. En el fondo deben contener una gran concentración de oro.
Al día siguiente, saqué con una broca muestras de todos los tanques a diferentes alturas. Dos días después los análisis de las muestras del fondo de los tanques demostraron que el valor del oro por tonelada era de diez mil dólares.
En carretas se transportó el contenido de los tanques hasta la bodega de Las Lamas.
El concentrado, que no era gran cantidad, produjo veinte mil colones de utilidades.
En esa forma me pagó el Renco Solís el pie de madera.


EN GONGOLONA

Cuando terminó el trabajo de Las Lamas, acepté un contrato que me ofreció Mr. Gordon para la explotación de la mina de Gongolona. Me correspondería el cuarenta por ciento de las utilidades.
A la semana siguiente me dirigí a Gongolona que estaba en manos de cincuenta coligalleros. Había conocido a la mayoría de ellos en Tres Hermanos. Conversé amistosamente con los mineros. Les ofrecí empleo en los nuevos trabajos y el pago de los gastos hechos por ellos en la mina.
Aceptaron complacidos el ofrecimiento que, a la vez de darles seguridad de trabajo, los libraba de ser expulsados de Gongolona por explotar la mina sin permiso.
Vivían los mineros en un pequeño pueblo de viejas casitas de madera agrupadas alrededor de la boca del túnel. En el pueblo tenía una pulpería don Eliseo Trejos y había un comisariato perteneciente a mi amigos César Salazar quien, además de proveer a los mineros de comestibles, les compraba el oro.
Los coligalleros habían limpiado el túnel y arreglado la línea para sacar los rellenos en carritos. Estos rellenos se mezclaban con agua y tratados con mercurio, se agitaban en cayucos o bateas a los cuales se imprimía un movimiento de vaivén. Así se producía una amalgama que era exprimida en una tela y sometida luego a un proceso de calentamiento para evaporar el mercurio y separar el metal precioso. El resultado era una pella de oro. Tal procedimiento era lento y primitivo.
En el río Abangares que corría la lado del pueblo, los hijos pequeños de los coligalleros encontraban mineral con oro. Ellos mismos lo trituraban, lo molían en molinetes y lo trataban con mercurio. Con la venta del oro obtenían pequeñas ganancias.
Antes de iniciar los trabajos en la mina construimos una casa grande. Una parte de ella sirvió de habitación y en la otra se instaló la maquinaria.
Gabriel Gamboa, hermano de mi padre, se trasladó a Gongolona con su familia. Se hospedaron en mi casa. Gabriel era excelente carpintero. Con su ayuda construí una rueda hidráulica para mover las máquinas y una canoa de madera de doscientos metros de longitud para transportar el agua desde una represa hecha en la parte alta del río Abangares.
Para extraer el oro seguí el siguiente procedimiento. En la parte superior de la instalación monté una criba o cilindro de varillas largas de hierro forrado en cedazo grueso a fin de separar las piedras de la tierra fina con oro. En la parte inferior coloqué una mesa grande cubierta con una plancha de cobre azogada a la que di una pequeña inclinación y un movimiento de vaivén. Todo el mecanismo era movido por la rueda de agua. En esta forma mecánica apliqué el sistema manual que usaban los mineros en sus rústicos cayucos.
Empecé la explotación de la mina. Todos los días extraíamos de los viejos desbancos de cincuenta a cien carros de rellenos, que se trasladaban a las máquinas para procesarlos. Al pasar los rellenos mezclados con agua por la plancha de cobre, el oro se amalgamaba con el mercurio. Por una canoa los residuos se arrojaban al río Abangares.
El primer día de explotación se obtuvo una pelota de amalgama del tamaño de una bola de billar. Después de una rehogada, pesó un kilogramo y alcanzó un valor de siete mil colones.
A caballo, con la carguita de oro producido durante la primera semana, llegué a las oficinas de La Sierra.
Los socios de la Compañía, Mr. Gordon y Mr. Donhan, se admiraron del rendimiento. En vista de los resultados, me autorizaron para instalar una línea eléctrica de La Sierra a Gongolona en una extensión de diez kilómetros.
Dos meses después, el pueblo de Gongolona tuvo luz eléctrica.
Mi familia disfrutaba ahí del campo. Algunas noches llegaban los mineros a la casa. Con acompañamiento de guitarra entonaban sus canciones. Mi hermana Emma les hizo unos versos sobre la vida del minero que ellos cantaban con la música de un corrido mejicano.


UN DIA DE PAGO

En un día de pago los mineros se emborrachaban con guaro de contrabando que, en calabazos, les traían de lugares vecinos.
Alegres con el licor, cantaban, gritaban y bailaban.
En el salón frente a la plazoleta del pueblo, organizaban el baile con una marimba y varias guitarras. Los mineros con sus mujeres bailaban al compás de la música. Todo empezaba bien, pero llegaba un momento en que aquellos hombres perdían la cabeza.
Recuerdo el día de pago en que Martín sacó el puñal y lo lanzó al pecho de Pollón con quien estaba disgustado. Este escapó el tiro. El puñal pegó en la pared y se despuntó.
Martín y Pollón lucharon largo rato en el suelo hasta el momento en que Martín, enfurecido, metió a su enemigo siete puñaladas en la espalda. Como el puñal estaba despuntado, las heridas no fueron profundas.
Don Alberto Bolaños, que llevaba sus libros y hacía los pagos, se encargó de su curación.
Pica Hueso era un hombre bueno y honrado. Con unos tragos entre pecho y espalda se volvía loco. En las borracheras decía:
-Yo soy borracho, peleador, mujeriego, pero muy honrado.
El sabía que su mujer tenía amores con Bobo, un joven de dieciocho años.
Un día de pago, Pica Hueso pasado de licor, se le fue encima a Bobo a navajazos sin poder cortarlo porque el joven escapaba los tiros. Fue tanta la insistencia de Pica Hueso que Bobo, que no quería pelear, sacó la navaja y se la pasó a Pica Hueso por el cuello. Por la herida se le veía la raíz de la lengua.
Don Alberto Bolaños le hizo las primeras curas. Ese mismo día enviamos el herido al hospital de Las Juntas.
Regresó quince días más tarde y de nuevo se integró al trabajo.
En una borrachera, Eliseo Trejos sacó la cruceta y empezó a pelear contra los alambres descubiertos del alumbrado eléctrico. En cada filazo producía en los alambras un chispero. Cada golpe eléctrico que recibía lo arrojaba al suelo. Se levantaba y repetía lo mismo.
Por temor a una desgracia lo desarmó un grupo de mineros.


EL HILO DE ORO

Cuando los rellenos comenzaron a agotarse hubo pérdidas en la explotación.
Varios mineros que habían trabajado antes en la mina de Gongolona recordaron que en la chimenea nueve, a mil pies de la entrada, existía una bolsa rica que, al paralizar los trabajos, la Compañía dejó sin explotar.
Para sacar ese mineral decidí hacer un túnel en la montaña hasta la chimenea nueve. En las viejas oficinas de la Compañía encontré el plano completo de la mina Gongolona. Con ese plano y un teodolito que me prestó Mr. Gordon, saqué los niveles y los rumbos por la ladera del río. Localicé exactamente el punto y la altura donde debía emboquillar el túnel que tendría cuatrocientos pies de longitud.
Con autorización de Mr. Gordon inicié los trabajos. Después de dos meses de barrenar día y noche llegamos a la veta.
Cateamos el mineral y encontramos que no tenía valor.
Antes de salir Mr. Gordon para San José donde permanecería quince días, me ordenó paralizar los trabajos. Con la esperanza de encontrar oro no atendía el mandato y seguí el consejo de Sérvulo Corrales y de Pica Hueso.
Aproveché una caja de dinamita sobrante para dar varias fregadas a la veta. A los dos días aparecieron en los cateos pequeñas cantidades de oro.
Temprano por la mañana, cuando me desayunaba, oí la voz de Pica Hueso que me gritaba desde el río:
-¡Chepe! ¡Chepe! ¡Venga vea qué maravilla!
Cuando me acerqué lo vi meterla mano en el fondo de la pana y sacar un puñado de colochitos de oro. La muestra era de un hilo que había aparecido en la veta.
Inmediatamente me dirigí al túnel con mi hijo Jorge y don Alberto Bolaños.
En el tope dejado por la última barrenada al borde de la veta, vimos una vena de oro de una pulgada de ancho, por todo lo alto del tope.
Nada igual había visto en mis veinte y más años de trabajar con la Compañía.
Los análisis químicos arrojaron un valor de treinta mil colones por tonelada.
A ver la veta llegaron a Gongolona Mr. Gordon y Mr. Donhan con unos amigos. La riqueza de la bolsa de oro los dejó sorprendidos.
Con una fiesta celebramos el acontecimiento.
La veta era blanca y arcillosa. El oro del hilo rico se podía sacar con la mano. Comenzamos a extraerlo mezclado con el mineral de la veta. En carretas, protegidas por guardias, enviábamos a la planta de mazos de la Compañía en La Sierra.
Con el fin de dar aire a los trabajadores y sacar el humo de las fuegueadas coloqué en la entrada del túnel un abanico grande con una tubería de hierro galvanizado que llegaba hasta la veta. Como no encontrábamos la chimenea, Mr. Gordon mandó al ingeniero Mr. News a rectificar las medidas. Cuando éste terminó los cálculos me comunicó que la chimenea se encontraba cincuenta pies más al sur del rumbo que yo había tomado.
El mandador me dijo:
-No es posible que no hayamos tocado la chimenea.
Era lo mismo que yo pensaba.
Tomé entonces la piqueta y, al golpear la roca, respondió un sonido hueco. Ordené una fuegueada. La chimenea quedó descubierta y se estableció en el mismo instante una fuerte corriente de aire fresco. Desde ese momento no fue necesario usar el abanico.
Cuando de nuevo llegó Mr. Gordon a la mina encontró la chimenea abierta en el punto exacto calculado por mi. Entonces me dijo:
-Gamboa, usted mejor ingeniero que Mr. News!
Sacamos la bolsa rica que se extendía hacia arriba y hacia abajo del túnel. Era muy valiosa pero no excesivamente grande. Produjo alrededor de cuatrocientos mil colones.
Dejamos la explotación de los resto de mineral a los trabajadores.
Cuando comuniqué a Mr. Gordon mi decisión de regresar a Heredia me dijo:
-Gamboa, usted tener mucha suerte, coja otra mina por contrato.
Le contesté:
-Gracias, Mr. Gordon, no deseo seguir de minero. Es muy cierto el decir popular: “Todo minero muere con el fondillo roto”.
En efecto, los mineros viven de la esperanza. En cada búsqueda pierden lo antes ganado; pero la obsesión del oro los mantiene apegados a la idea de un milagroso hallazgo.


VIAJE A NUEVA YORK

Con el propósito de comprar maquinaria para el taller mecánico que pensaba instalar en la ciudad de Heredia, realicé un viaje a Estados Unidos con mi hermana Evangelina.
A principios de junio del año 1939, nos embarcamos en el puerto de Limón rumbo a Nueva York en uno de los barcos de La Flota Blanca que poseía entonces la United Fruit Company.
El barco se detuvo en el puerto de La Habana. Visitamos la ciudad atendiendo la invitación de amigos radio-aficionados con quienes pasamos un agradable rato.
En el muelle de Nueva York nos esperaba nuestra hermana Emma y nuestra permanente amiga Marina Rodríguez. Permanecimos tres días en aquella ciudad y luego nos dirigimos a Columbus, Ohio, donde Emma realizaba estudios universitarios. Ahí disfrutamos de una vacación amable, especialmente por la hospitalidad del profesor costarricense Santiago Gutiérrez y de su simpática esposa Angélica. Quizá por el cambio de clima sufrí entonces una infección cutánea de la cual me curó el Dr. Wade D. Bower. Como el mundo da tan curiosas vueltas sucedió que, al cabo del tiempo, el Dr. Coger llegó a ser mi hermano.
De Columbus me dirigí a Absecon en Atlantic City, invitado por James Hayward, un amigo, adquirido por los caminos del aire. En casa de Jim y en compañía de sus padres pasé noches inolvidables. Por las noches nos entreteníamos oyendo excelente música que Jim tocaba en un órgano eléctrico.
Jim trabajaba como jefe de linieros en Atlantic City y dirigía, además, el coro de una de las iglesias de la ciudad. Actualmente es Presidente de la Compañía Eléctrica de Filadelfia.
De Absecon, regresé a Nueva York. Ahí me encontré con Francisco Meléndez quien me ayudó a conseguir la maquinaria para mi proyecto de taller. Obtuve implementos usados en excelentes condiciones; entre ellos un torno, un cepillo, una fresadora y un taladro.


LA FAENA MAYOR

Apenas regresé a Costa Rica, dirigí la construcción de un edificio para el taller mecánico. Se levantó en un lote de quinientos metros cuadrados contiguo a mi casa de habitación.
La empresa empezó reparando automóviles y realizando trabajos diversos de mecánica. El carpintero don Jerónimo Benavides, un excelente operario, se especializó muy pronto en la pintura de carros.
Enseguida me di cuenta de la necesidad de usar inventiva para emprender una faena mayor, y aproveché circunstancias especiales de aquellos días.
En el año 1939 estalló la segunda guerra mundial. Una de las consecuencias en Costa Rica fue la escasez de algunos artículos que se habían venido importando de Europa y de los Estados Unidos.
En las farmacias hicieron falta cajitas de viruta. Por iniciativa de Raúl Zamora y, en sociedad con él, decidí elaborarlas.
Con la ayuda de don Jerónimo Benavides construí las maquinas que necesitábamos.
En el amplio local del taller mecánico establecimos la pequeña fábrica. Comenzamos a producir cajitas que colocábamos en las boticas y que, más tarde, vendimos al Ministerio de Salubridad Pública.
Fabricamos tantas que saturamos el mercado. Pensé entonces en la posibilidad de fabricar fósforos.
Propuse a Raúl aportar diez mil colones para establecer una fábrica en sociedad. No estuvo de acuerdo porque no contaba con esa cantidad de dinero y porque no tuvo fe en el éxito del proyecto.
Hice la misma proposición al doctor Bernini y a los hermanos Sánchez Cortés con resultado negativo.
Las dificultades no detuvieron mi entusiasmo. Conseguí los diez mil colones hipotecando mi casa al Banco Nacional de Costa Rica.
Comencé por inventar y construir máquinas manuales para la fabricación de las cajitas y de los palitos. Después de numerosos ensayos encontré una fórmula de fósforos aceptable.
Con las máquinas instaladas y provisto de la materia prima necesaria, inicié la producción.
Al principio hicimos entre dos mil y tres mil cajitas diarias.
Mi amigo Saturnino Meléndez fue el primer distribuidor de los fósforos. Al hacer demostraciones para ofrecer el producto, muchas veces sufrió pequeñas quemaduras en las manos. Al principio, los fósforos producían chispas porque en las cabezas se había empelado una fórmula de hacer pólvora. La aceptación de los consumidores y la mejora del producto ayudaron a la prosperidad de la industria.
Cuando se produjeron veinte mil cajitas diarias, tomó la distribución, con el nombre de Fósforos Águila, la Limón Trading Company.
Poco tiempo después llegamos a fabricar cuarenta mil cajitas al día.
Durante la administración del Dr. Rafael Angel Calderón Guardia, el Ministro de Hacienda don Carlos Manuel Escalante me informó que pondrían a los fósforos un impuesto de consumo de medio céntimo por cada cajita de cuarenta unidades.
Como se grabaron los fósforos con aquel impuesto, fabricaba cerillos don Manuel De Mendiola. Había importado la maquinaria de Méjico. El producto tuvo poca aceptación porque el costarricense, acostumbrado a los fósforos suecos, prefería los de madera.
Don Manuel De Mendiola y don Elías Bendeck, representante el segundo de los señores Asfura, fabricantes de fósforos en Honduras, me hicieron la proposición de asociarse conmigo para fabricar fósforos con máquinas automáticas. Don Manuel ofrecía aportar la maquinaria de cerillos; los señores Asfura, máquinas automáticas para hacer cajitas, un torno para laminar madera, una secadora y una rotativa para encabezar palitos. A mi me correspondería aportar el equipo de mi fábrica y continuar con la Gerencia. Tendría con don Manuel de Mendiola la distribución de los fósforos.
Se legalizó la sociedad con el nombre de FOSFORERA COSTA RICA S.A.
Durante un años trabajamos con el equipo aportado por mi.
De Honduras llegaron las máquinas automáticas, y las otras se construyeron en los Talleres Carazo en San José. Un año después comenzamos a trabajar en el mismo local con el nuevo equipo.
La producción siguió aumentando a pesar de que en el país había, además de la nuestra, dos fábricas pequeñas.


EMPRESA PRIVADA
CON BENEFICIO NACIONAL


La Fosforera trabajaba con la corriente de la planta eléctrica, propiedad de la Municipalidad de Heredia. Por razón de sobrecargo, la planta había bajado el voltaje.
El problema que afectaba el trabajo de la fábrica y el de otras industrias de la ciudad comenzó a preocuparnos.
Autorizado por don Manuel Benavides, Gobernador de la Provincia de Heredia, acompañé al ingeniero don Ernesto Venegas del Servicio Nacional de Electricidad, a mediar la caída de agua de la Catarata de La Paz. Encontramos que solamente daba energía para una planta de trescientos kilovatios.
Más tarde, acompañados de Lic. Juan Rafael Arias, de un grupo de munícipes, y de don Bolívar Carmona, empleado de la planta eléctrica, nos dirigimos a medir la caída de agua de Río Segundo.
Las medidas del ingeniero Venegas demostraron que existía capacidad para una planta de mil kilovatios, cantidad insuficiente para cubrir el consumo constante de energía eléctrica.
Esto ocurrió durante una campana política. Don Teodoro Picado era el candidato del Partido Calderonista. En una reunión nos dio don Teodoro a un grupo de sus partidarios, que si él obtenía el triunfo tendríamos la planta eléctrica de Heredia.
Don Teodoro resultó victorioso.
Dos semanas después varias personas visitamos al señor Presidente electo. De aquel grupo recuerdo al Lic. don Bernando Benavides y al munícipe Lic. don Alfredo Vargas.
Conversamos con don Teodoro sobre su ofrecimiento de una planta eléctrica.
Nos contestó él que para realizar la obra se podría hacer una emisión de bonos por dos millones y medio de colones, siempre que encontráramos un impuesto que les diera garantía.
Después de discutir varias proposiciones, don Bernardo Benavides dijo a don Teodoro:
-Chepe Gamboa tiene un plan: garantizar los bonos aumentando el impuesto a los fósforos a céntimo y medio por cajita de cuarenta unidades.
Don Teodoro agregó:
-El plan del señor Gamboa es muy conveniente. Hagan el proyecto y mándenlo a la Cámara Legislativa.
El diputado Lic. don Manuel Mora y el munícipe don Arnoldo Ferrero se encargaron de la redacción del proyecto.
Pocos días después me dijo don Arnoldo Ferrero:
-De acuerdo con lo cálculos del Banco, el impuesto de céntimo y medio no es suficiente. Se necesita aumentarlo a dos céntimos y medio.
Le contesté al señor Ferrero que ese impuesto, sin aumentar el precio a los fósforos, sería inaceptable porque los productores recibirían muy pocas utilidades.
A pesar de la protesta de los fabricantes, la Cámara Legislativa grabó los fósforos con el impuesto de dos céntimos y medio.
Don Manuel de Mendiola, a quien no hice consulta al particular, o sea mi participación en el asunto de la planta eléctrica, me dijo:
-Chepe, ese impuesto nos va a arruinar.
Con el nuevo impuesto bajaron nuestras utilidades. Mejoramos las máquinas y disminuimos los gastos de producción. En el siguiente año obtuvimos un ligero aumento en las ganancias.
Alrededor del año de 1947 se iniciaron los trabajos de la nueva planta eléctrica en Carrillos de Poás que produciría dos mil kilovatios.
El jefe de las obras, fue el ingeniero don Jorge Manuel Dengo.
Los dos millones y medio de la emisión de bonos no fueron suficientes para la terminación de la planta. Faltaban otros dos millones y medio de colones.
Con don Edgar Cabezas, Gobernador entonces de la provincia de Heredia, presenté al Jefe de la Segunda República, don José Figueres Ferrer, el problema de la terminación de la planta eléctrica. Lo calculado no había sido suficiente y faltaban dos millones y medio de colones.
Expuse a don José Figueres un plan que podría dar la solución: aumentar a quince céntimos el precio de la venta de fósforos y el impuesto a cinco céntimos y medio.
Don José Figueres replicó:
-Estoy de acuerdo con la proposición de don José Gamboa; pero el impuesto pasará a formar el primer fondo del Instituto Nacional de Electricidad y este Instituto prestará a la Municipalidad de Heredia el dinero que falte para terminar la planta eléctrica.
Don José Figueres Ferrer, Jefe de la Segunda República creó el impuesto de cinco céntimos y medio por caja de fósforos y fijó su precio de venta en quince céntimos.
Con el nuevo impuesto quedó financiada la planta eléctrica de Carrillos de Poás, donde muchos ingenieros que trabajan hoy en el Instituto Nacional de Electricidad hicieron sus primeras prácticas.
Aquella cooperación entre industriales y el Gobierno consolidó una empresa privada y aseguró amplio beneficio para el Estado y la comunidad.


LA MANCHA BRAVA

Combinaba el trabajo en la mina y más tarde en Heredia con mis aficiones y la expansión amistosa. En la casa de Las Lamas monté por vez primera una planta de radio-aficionado. Empecé a transmitir en la banda de cuarenta metros. Establecí comunicación diaria con el jefe de la planta eléctrica de Heredia, don Vicente Fernández y más tarde, en charlas amenas, me comunicaba con don Lilo Rohrmoser, don Gonzalo Calderón y con algunos aficionados de otros países latinoamericanos.
Por la noche nos divertíamos con cuentos de nuestra propia invención.
En una de las charlas nos dijo el Coronel Aranda:
-Fui con un amigo a un baile, se acercó él a una guapa muchacha y le dijo: “Habiendo tanta potranca nada más por ti relincho”.
Ya saben ustedes que de todas maneras era caballista el amigo.
La muchacha le concedió la pieza y bailaron aquel vals que estaba de moda “Cuando el amor muere… Ensueño fue nuestro amor, que tan sólo fue quimera…”
A los acordes del vals le dijo mi amigo a la muchacha: “Desde el instante en que tuve la dicha de conocerte, mi corazón fue un volcán, que incendió la luz de tus ojos”.
Claro, la muchacha se turbó y perdió el paso: mi amigo le dio un pizotón y a ella se le empezó a subir el color desde el discreto escote hasta el nacimiento del pelo, y las manos le empezaron a temblar.
Éxito completo. Entonces tuvo que habla. “Espera mi próxima serenata en que voy a cantar a tu reja aquello de
Asómate a la ventana
para que mi alma no pene.
Asómate que ya viene
la luz de fresca mañana”.

Claro, la noche de la serenata, la muchacho salió a la ventana y, para que no penara su alma, con dos deditos de su mano de lirio le aventó un ósculo.
-¡ay! ¡Qué romántico! ¡Qué cuate estoy!
Una noche contó el Dr. Polak:
-Había un curita muy pobre en un pequeño pueblo de los Estados Unidos. Sus feligreses contribuyeron para ofrecerle un viaje de descanso a Nueva York. Lo despidieron en la estación después de recomendar al conductor que lo atendiera especialmente por ser aquel su primer viaje a la gran ciudad.
Cuando el curita llegó a Nueva York, tomó un taxi y le dijo al chofer: “Llévame a un lugar tranquilo que no sea muy caro”.
El taxista, que no entendió bien lo que quería el curita, lo llevó a una casa grande de ladrillos rojos y llamó a la puerta. Salió una “madame” muy pintarrajeada que invitó a entrar al padrecito.
En la sala de recibo, la “madame” le mostró varias fotografías de mujeres semidesnudas.
El curita le dijo: “Señora, usted está equivocada. Yo no vengo en busca de mujeres”.
Entonces la “madame” dio unas palmaditas diciendo: “¡Oscar!”
Otra noche:
-¡Hola, Pepe!, ¿no ha aparecido el minero sufrido y abnegado?
-No,Lilo, pero no olvide que, además, ese minero desgraciado es protector de viudas y desamparadas en Heredia.
-Dejen de hablar a mis espaldas. Lilo, no olvide la enredadera y usted Pepe, recuerde que lo echaron de Bilazar del Alt, de aquel minúsculo pueblo al Norte de Barcelona ubicado en el fondo de la Ría, y que lo mandaron a Costa Rica con todo y su bastón de alcande.
-Aquí un viejo amor que los saluda. ¿Cómo están Lilo, Chepe, Pepe,y Roberto que debe estar curullando?
Bien venido, doctor –dijo Lilo-. Doctor, ¿quiere buscar en el mapa de España el puedo de Pepe. Bilazar del Alt, un poquito al norte de Barcelona cerca de la Costa Brava?
-Sabe, Lilo, que ya encontré a Bilazar de Alt; es un punto en el mapa como una manchita de mosca.
-Tengo que aclararles –dijo Pepe-, Bilazar del Alt es una ciudad populosa con autopistas hasta Barcelona, edificios de diez pisos y aeropuertos para aviones trimotores.
-Vea doctor –dijo Lilo- no hay tal, ahí no hay ni teléfono y todo el pueblo es un sompopero, y los huecos de las sompopas los usas los vecinos para hablar entre ellos. ¡Qué barbaridad! ¡Qué horror!
Habla Armando.
-¡Hola Chepe! ¿Qué tal están Pepe, Beto, Gonzalo, Lilo? ¡cuál es la historia del pirata?
-No saben la gran noticia. El minero desciende del pirata Gamboa que ahorcaron en Miami y que le dejó una fortuna en puras morrocotas de oro.
-Los cuentos son puros infundios; no pueden dejar a un minero tranquilo. Yo también tengo una noticia. Nuestro amigo Armando le ha mandado a Gonzalo una llama del Perú y ya la tiene en los jardines de su mansión. Ahí es la admiración de los chiquillos.
-Si, si –dijo Lilo-. Ahí en los jardines está la llama pero escupe al que se le arrime a la reja. Gonzalo mandó a hacer una montura especial y todas las mañanas hace un recorrido alrededor de La Sabana montado en la llama con las piernas encogidas para no arrastrar los pies por el suelo. Si quieren ver a Gonzalo como un don Quijote encogido, vayan a las siete de la mañana a La Sabana.
-¡Qué barbaridad! ¡Qué horror!
Gonzalo agrega:
-No hay tal llama, creo que Lilo la tiene escondida. Yo no soy mas que un humilde nativo de San Andrés y Providencia, donde vivo trabajando en el transporte de cocos con mi bote de remos.
A la siguiente noche.
-¡Hola Pepe! ¿Ya vio la llama? ¿Qué le parece? Anoche me llamó el teniente coronel Rodríguez de México, quien ha estado oyendo a la Mancha Brava, y nos anuncia que un amigo suyo aficionado de Arabia Saudita, al enterarse de que Gonzalo tiene una flamante llama le mandó a Lilo una jirafa para que acompañe a su amigo en sus recorridos diarios por La Sabana. La jirafa está llegando a San José-
-La jirafa ya está en la capital. Llegó de Limón en un carro plataforma. Lilo fue a recibirla a la estación del Atlántico y de ahí, con el hermoso animal, desfiló por la avenida central. Una doble fila de motocicletas encabezaba el desfile. Al pasar los semáforos, un viejo con un garabato le jalaba el pescuezo a la jirafa.
-Oiga Lilo: Habla Armando: ¡Qué regalo más hermoso le han mandado! Mis felicitaciones. Hágale una montura para que acompañe a Gonzalo. No se le ocurra montarla en pelo porque se lastima las sentaderas.
-¡Qué horror! ¡Qué barbaridad!
-¡Qué pescuezo de jirafa!
A la noche siguiente:
Habla Armando:
-¡Hola Chepe! ¿Qué le parece? Anoche, la jirafa se saltó la reja de la casa de Gonzalo y anda suelta. Hoy la vieron por Curridabat y se cree que está en los cafetales de Pichurico. ¿Qué pasará?
-Voy a llamarlo por teléfono. Me contesta una voz de mujer:
“¿En qué le puedo servir?”
“¿Está don Federico?”
“No, se fue al cine con la señora.”

“Cuando llegue su patrón dígale que le avisaron de la Mancha Brava que la jirafa de Lilo anda suelta y que la vieron en los cafetales de esa finca.
“¿Qué es una jirafa?”
“Vea, niña; es un animal grande con un pescuezo de seis varas. No muerde, pero patea”.
“¡Santo Dios! Vamos a cerrar la casa y apagar las luces.
-¡Qué barbaridad! –dijo Lilo-. Esas pobres muchachas estarán ahora rezando el rosario. No tardará en llegar Federico. Son las once.
-¡Hola, Mancha Brava! ¿Qué es, bandidos, el cuento de la jirafa?
Encontré la casa a oscuras y a las muchachas asustadas.
-¡Hola Pichurico! –le dice Pepe-. Lo de la jirafa es cierto. Debe estar por ese lado, de seguro en el cafetal comiéndose los guineos. Búsquela mañana; parece que va a tener una jirafita. Lilo está preocupado porque puede perder la cría que viene cruzada con llama, porque la llama de Gonzalo resultó un llamo.


AMIGOS SIN FRONTERAS

Las comunicaciones por el aire favorecen la amistad entre los radio-aficionados. Nuestros amigos se encuentran en diferentes países del mundo. Los conocemos a través de nuestras charlas amistosas y con ellos compartimos nuestras alegrías y nuestras penas. A veces en nuestros viajes nos conocemos personalmente y sentimos más honda la emoción de nuestra amistad.
En 1947 viajé a México con dos de mis hijos. Llegamos al aeropuerto a las once de la noche. Nos encontramos con el doctor Polar que llegó a recibirnos con la música y los cantos de una orquesta de mariachis.
El Dr. Polar era ingeniero químico y dueño de una gran empresa. Su vastísima cultura impresionaba; pero lo que más ganaba admiración eran su fineza y su generosidad de corazón.
Don José Farrel me invitó a una comida en la que me encontré con varios de mis amigos radio-aficionados y, entre ellos con el Teniente Coronel Aranda. Recuerdo bien al Teniente Coronel. Nos reíamos mucho con sus cuentos y con sus chistes. Ninguno tan alegre y simpático como él. Su alegría me parecía imposible y me emocionaba. Un rato antes lo había visto en entrar en brazos de sus amigos. No tenía piernas. Las había perdido en la explosión de una pieza de artillería.
En marzo del año de 1948 el Dr. Polar vino a Costa Rica con su señora y su pequeño hijo. Fueron huéspedes en mi casa.
Pocos días después de su llegada a Costa Rica estalló la revolución contra el Gobierno de don Teodoro Picado, dirigida por don José Figueres.
El gobierno desmanteló las estaciones de radio-aficionados. Nos dedicamos entonces a oír las transmisiones clandestinas de los revolucionarios. Además del Dr. Polar otros extranjeros se alojaron en mi casa durante aquellos días.
Mi hijo José había conocido a un matrimonio norteamericano en Guanacaste, Joe Krenmayer y su señora Jenice. Venían recorriendo el continente desde Seattle e iban con destino a la Republica Argentina. Viajaban en un yipón del ejército acondicionado para ese propósito.
La revolución contra Picado les impidió continuar el recorrido. Como estaban en dificultades mi hijo los trajo a mi casa. Complacidos recibimos a los nuevos huéspedes.
Cuando terminó la revolución, el Dr. Polar regresó a México con su familia y, poco tiempo después, la pareja de norteamericanos continuaba su recorrido por el Continente.
Durante sus viajes, Joe y Jenice Krenmayer escribieron crónicas para un periódico en Seattle, crónicas sobre Costa Rica y otros países visitados en su recorrido por América.
Todo parece tener compensación a lo largo del tiempo. Mi casa fue hogar temporal de amigos extranjeros y, años después, algunos de mis hijos recibieron hospitalidad en hogares de familias norteamericanas.
MEDITACION

Me detengo en la cumbre de mis setenta y seis años y miro la senda recorrida.
Un hilo de oro encontré entre las rocas y otro, más valioso y más cierto, en las lecciones de la vida. Ese hilo, nunca roto, se originó en el amor de mi madre y su ejemplo de abnegación y rectitud. A lo largo de mi juventud se fortaleció en el aprender tenaz, a la par de hombres trabajadores y buenos, maestros algunos, y humildes muchos de ellos como los más humildes de la tierra.
Hoy percibo esa riqueza de corazón en el calor de la familia, rodeado de hijos, nietos y bisnietos. Y la aprecio en otra gran familia –la que forman los obreros y obreras que han trabajado a mi lado por más de treinta años en el desarrollo de una industria que nos favorece a todos y que ayuda a Costa Rica.
Termino estas memoria sencillas con la fe de que mis hijos y los hijos suyos, encuentren por si mismos el verdadero hilo de oro de la vida.




GLOSARIO

Agua cananga …….. ……. ……. ……. Agua que se usa para perfumar los cabellos

Agua dulce ……. …….. ……… ………. Agua endulzada con azúcar moreno

Alunado …… …… …..… …… ……. Caballo alunado se dice del caballo que tiene mataduras o peladuras en el lomo

Bushing …… …… …….. ……. ……… Tubo de metal

Cadejos …… …….. …….. ……… ……. Animal fantástico que la gente supersticiosa representa como un inmenso perro
negro de ojos encendidos, que en las altas horas de la noche sale a buscar los
transeúntes y a espantar a las caballerías

Cajeta …… ……. ….. ……….. ………. Especie de turrón en forma de disco, que se hace principalmente de azúcar, coco,
Leche, piña o corteza de naranja

Caldo de olla ……. …….. …….. …… Agua en que se ha cocinado carne y verduras

Calicanto … ….. ……….. ……… ……. Cal y canto

Calle ronda ………. ……… ……. ……. Calle que se encuentra en el límite del cuadrante de la ciudad

Carreta sin bueyes …….. …….. ….. Carreta sin bueyes que de acuerdo con la tradición popular rueda por los caminos
y asusta de noche a los transeúntes

Cerco……. …….. …….. ……… …….. .. Propiedad rústica pequeña

Cola de la poza … …….. ……… ……. Extremos de un remanso de un río

Coligalleros ……. ……. …….. ……… .. Coligalleros son los mineros que roban de las minas pequeñas cantidades de mineral
rico. El nombre recuerda la forma de cola de caballo del oro de un cateo.

Coto ………. ………. ………. ……….. …. Manco

Coupling ……… …….. ……. …….. …… Acoplador

Cuecha …. ……. ……. …… ……. …. … Un pedazo de tabaco negro que los campesinos suelen rumiar cuando están
ocupados

Curré ……. …….. …….. ……….. …… Tucán. Ave notable por su pico descomunal

Charral …. …….. ……. …….. …….. .. Matorral

Chillar …….. ….. ……. …… …….. …. Sonrojar, ruborizarse

Chinga ……. ……. ……. …….. …… Desnuda

Chirraca …….. …….. ……. ……… … Nombre en Costa Rica del árbol bálsamo del Perú

Chirrite ……. …….. …….. ………. … Aguardiante

Check ….. …….. …….. …….. ……… Manguito portaherramientas

Dar cuerda ….. …….. ……… …….. Flirtear

Desbanco ….. ……. …….. ……. …… Galería de donde se saca el oro

Empinar el codo ….. ……. ……… … Tomar licor

Embono …….. …………… …….. … Bodega

Esquiva de sombreros ……. …… .. Columna de sombreros formado al acomodarlos de modo que cada uno se ajuste al
anterior

Galerón ……. ……… …….. …….. … Cobertizo

Guápil ……. …….. ……. …….. …….. Escopeta de dos cañones

Hincarse …. …… …… …….. ……. … Arrodillarse

Jodido ….. ……. ……. …….. …….. .. Persona que se complace en molestar

Lana …. …. ……. …….. ….. …… ….. Musgo

Macho …. ……. …… ……. ……. ……. En Costa Rica se llama machos a los norteamericanos e ingleses y en general a
los extranjeros o nativos que tienen cabellos rubios y ojos azules

Moneda de un cuatro ……. ….. ……. Moneda de cuatro reales, equivalente a cincuenta céntimos o medio colón

Morrocotas. ……. ……… …….. …….. Monedas antiguas de oro

Pan de rosa ….. …… ……. ……. ……. Pequeños cubos esponjosos hechos con azúcar y clara de huevo

Paso ….. …… …….. …….. ……… …… Conjunto de figurillas de madera o de barro que en los portales (nacimientos)
representan la Sagrada Familia con el buey y la mula

Puros iztepeque … …… . . ……. ….. Cigarros gruesos hechos con tabaco importado de El Salvador

Quebrada ……. …….. ……. ………. … Arroyo o riachuelo

Refogar …… …. ….. ….. ……… …… Extraer el mercurio de la amalgama de oro por medio del calor

Repela …. ….. ……… ……. ….. ……… Recolección de los escasos granos de café que quedan en las matas después
de practicada la cosecha

Rosquetes ….. …. …… …… ……. ….. Panes hechos con harina y huevo

Soasar ……. ……. …… ……. …….. …. Suavizar las hojas de plátano poniéndolas por breves instantes sobre las llamas

Solaquear …. ….. …. …… ….. ….. …. Asegurar con barro la dinamita entre los intersticios de las rocas

Suspiro …. …… …….. ……… …… ….. Golosina hecha de azúcar y clara de huevo

Switch ….. …….. ……. …….. ….. Conectador de la corriente eléctrica

Tapa de dulce …. …… ….. …….. Azúcar moreno sin refinar en forma de cono truncado de uno o dos decímetros
de alto que se vende en atados formados por dos piloncillos o tapas

Tijereta … ….. ……. ……. ……. Cama de tijera

Timekeeper ………. …….. …….. Persona que anota las horas de trabajo de los obreros

Tinamastes …. …… ……. …….. Tres piedras en medio de las cuales se enciende el fuego. Sobre ellas se colocan
las ollas

Tinta de café …. …… ……. …… Esencia de café, café fuerte

Veta de jabonadas …….. …….. Veta de mineral arcilloso

Winche …….. ……. …….. ………. Montacargas

Winchero ………. ……… ……… … La persona que maneja el winche

Yurrito ….. …….. …….. ……….. Arroyo




Se terminó de imprimir
en los Talleres Gráficos de
T R E J O S H E R M A N O S
en el mes de junio
de mil novecientos setenta y uno.

Se hizo un tiraje de 2.000 ejemplares
en papel Bond de 24 lbs.

5 comentarios:

sansalvadorman dijo...

Saludos desde el Salvador,

soy del camino y como vos estoy tiernito de estar en comunidades.

que que tiene que ver eso con "El abuelo José "Chepe" Gamboa y sus dos libros", pues nada, pero igual queria saludarte

att. Roberth

Luis Rodolfo dijo...

El abuelo Chepe escribió 2 libros, primero "Memorias" y luego "Hilo de Oro". Me atrevo a creer que posiblemente por espacio se eliminaron partes del primer libro que se usó como base para el segundo. No sé si podré encontrar el primer libro, pero el segundo si lo tenemos en familia. Lo buscaré y luego publico mis hallazgos.
Luis Rodolfo Murillo Gamboa, trasmitiendo desde Heredia, Costa Rica

Marco Fco. Soto Ramírez dijo...

HOLA, FLOR. Muchas gracias por perpetuar la memoria de nuestros Ancestros.

Mi Madre, ELENA RAMÍREZ VARGAS -bisnieta de ADELINA GAMBOA RODRÍGUEZ y EPIFANIO VILLALOBOS MÉNDEZ- y yo hemos disfrutado grandemente leyendo los relatos de nuestro pariente "CHEPE" GAMBOA; en especial el que lleva por título "HISTORIAS EXTRAORDINARIAS", donde se cita a mis tatarabuelos.

Difundiré entre mis Familiares inmediatos estas iniciativas suyas de la Red.

Un saludo cordial y fraterno desde la -más que- cuatricentenaria Ciudad primada del Espíritu Santo de Esparza.

Atte. Marco Fco.·. Soto Ramírez -Ñor Antenor- (Folclorista Esparzano)

P.D. Le invito a leer mis Blogs "ESPARZA MÍA..." (www.marcosoto34.wordpress.com)

y "ECHANDO PA'LANTE CON ÑOR ANTENOR" (www.puntarenas.com/antenor)

webcrc dijo...

Yo tengo una copia del primer libro de Don Chepe Gamboa "Memorias" con dedicatoria a mi abuelo quien fue primo hermano suyo.

dr.ariasg dijo...

Yo también tengo una copia d Memorias, soy su bisnieto.
Marcello Arias Gamboa.